La segunda temporada de la serie india Niebla de invierno, recién estrenada en Netflix, nos sitúa de nuevo en una pequeña localidad del Punjab rural en la que, por supuesto, se producen una serie de crímenes que la policía local tendrá que resolver.
¿Qué sería de una serie policíaca en la que el investigador al mando no tuviera que luchar contra sus propios demonios personales, desde el alcohol a la infidelidad o a diversos y personales desequilibrios mentales?
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¿Qué sería de una serie policíaca en la que el investigador al mando no tuviera que luchar contra sus propios demonios personales, desde el alcohol a la infidelidad o a diversos y personales desequilibrios mentales?


La segunda temporada de la serie india Niebla de invierno, recién estrenada en Netflix, nos sitúa de nuevo en una pequeña localidad del Punjab rural en la que, por supuesto, se producen una serie de crímenes que la policía local tendrá que resolver.
Nada nuevo bajo el sol salvo que siempre hay un punto novedoso y en este caso es el de que quien dirige la investigación es una mujer, la subinspectora Dhanwant Kaur, quien, naturalmente, también tiene problemas personales. ¿Qué sería de una serie policíaca en la que el investigador/a al mando no tuviera que luchar contra sus propios demonios personales, desde el alcohol a la infidelidad o a diversos y personales desequilibrios mentales?, pues sería tan anómalo como una serie policíaca en la que nunca se resolviera nada ni se detuviera a nadie: un desastre total. Al parecer, todos necesitamos problemas siempre que finalmente nos los resuelvan.
Nuestra estupenda y eficiente subinspectora está ayudada por Amarpal Garundi del que también se da por supuesto que tiene problemas domésticos, problemas que sin embargo no impedirán que resuelvan los correspondientes asesinatos con singular eficacia. Son las ventajas de una ficción irredenta.
Lo que resulta curioso, incluso sorprendente, es que en la gran parte de las series indias que se han podido ver por estos pagos, la brutalidad policial no se oculta en ningún momento, forma parte de la cotidianeidad, de donde se deduce que la mencionada brutalidad es asumida por la ciudadanía con naturalidad, sin reproches. Al parecer forma ya parte del paisaje urbano. El problema, o uno de ellos, es que esa aceptación de la violencia de la policía india puede tener repercusiones aquí, en España: en EL PAÍS se publicaron los audios que grabó una subordinada del inspector Emilio de la Calle, destinado entonces curiosamente en la embajada española en Nueva Delhi y destituido y suspendido en abril de 2025, audios que recogen las frases del citado comisario que mal que le pese nada tienen que ver con la Institución Libre de Enseñanza: “Me quedan ocho meses para putearte y eso se me da muy bien”, “yo soy muy retorcido. Mucho”, “no vuelvas a tocarme los cojones” o “te dejo como un trozo de carne, te reviento. Ten cuidado”, “sigues en tus trece de hacer lo que te sale de tu coño moreno”… en fin, es lo malo de la realidad: que imita a las series de ficción.
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