No pregunte “de qué va esa serie”, sino “cómo lo cuenta”

No soy partidario de las sinopsis porque inducen al peor equívoco: que las historias tratan de algo. “¿De qué va?” —expresión hermana de “no me hagas espóiler”— es la demanda de información más grosera que se puede hacer para valorar una narración. Ante la pregunta “de qué va Guerra y paz” solo cabe la respuesta de Woody Allen: “Va de Rusia”.

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 El derrumbe lento de la vida cotidiana puede ser el espectáculo más grandioso, pero la serie ‘Babies’ se convierte en un aburrimiento a partir del segundo episodio  

Columna

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El derrumbe lento de la vida cotidiana puede ser el espectáculo más grandioso, pero la serie ‘Babies’ se convierte en un aburrimiento a partir del segundo episodio

Una imagen de la serie ‘Babies’.
Sergio del Molino

No soy partidario de las sinopsis porque inducen al peor equívoco: que las historias tratan de algo. “¿De qué va?” —expresión hermana de “no me hagas espóiler”— es la demanda de información más grosera que se puede hacer para valorar una narración. Ante la pregunta “de qué va Guerra y paz” solo cabe la respuesta de Woody Allen: “Va de Rusia”.

No hay temas inadecuados o aburridos, sino historias mal contadas. Por eso, cuando vi anunciada Babies, la miniserie de moda de la BBC que ha comprado en España Filmin, celebré su aparente insipidez: sus seis episodios cuentan la vida cotidiana de una pareja joven —ni rica ni pobre, ni lista ni tonta, ni carismática ni abúlica; una pareja en la media de todas las estadísticas, que conduce un coche medio, come pizzas de calidad media y expresa su amor con convencionalismos románticos medios— que fracasa en su empeño de tener hijos, sufriendo una serie de abortos que erosionan su relación y los van desgarrando.

Los infiernos domésticos más inanes han dado obras maestras como Secretos de un matrimonio. No hacen falta revelaciones sensacionales, ni clímax, ni giros inesperados, ni tramas complejas: el derrumbe lento y sutil de la vida cotidiana puede ser el espectáculo más grandioso.

Babies tenía posibilidades de serlo: actores buenos, un diseño de producción soberbio que transmite muchísima verdad, sobriedad compositiva y una audacia al colocar y mover la cámara que nos induce un estado de voyerismo inquietante e incómodo. Pero a partir del segundo episodio, la cosa se derrumba. Y lo hace por dos razones fundamentales: los personajes no conversan (hablan, pero no conversan) y todo lo que les sucede está centrado en su trauma ginecológico. No parece existir nada fuera de eso, algo incompatible con la imitación de la vida, que está llena de distracciones y urgencias, y también de disimulos y frivolidades que aquí apenas asoman. Se regodean en su tragedia, se ensimisman hasta el narcisismo, y quizá eso refleje un rasgo generacional (o un cuadro clínico) que alguien cuarentón como yo no comprende del todo, pero fatiga muchísimo.

Peor es la ausencia de conversación. Los personajes son incapaces de charlar, ya sea de banalidades o del sentido de la vida. Hacen muchas cosas con sus cuerpos, se mueven, se ríen e intercambian frases descriptivas, pero nunca conversan, y la serie acaba pareciendo un ejercicio de fin de curso de una escuela de actores. Esto hace de Babies un aburrimiento soberano, y no el tema, que merece un mejor aedo.

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