El fenómeno Péter Magyar ha revolucionado Hungría. Es un caso paradójico. Su figura no genera especial simpatía, en muchos produce rechazo y a la vez, ha movilizado e ilusionado a un movimiento social capaz de lograr lo que parecía imposible: agrietar el búnker del poder construido por el primer ministro ultraconservador Viktor Orbán. El dirigente más veterano de la UE se enfrenta este domingo a la posibilidad de perder unas elecciones. El rival que puede conseguirlo es un abogado de 45 años forjado en su partido, Fidesz.
El estancamiento económico y el descontento social impulsan al líder de Tisza, una figura con claroscuros que adelanta al primer ministro ultraconservador en las encuestas
El fenómeno Péter Magyar ha revolucionado Hungría. Es un caso paradójico. Su figura no genera especial simpatía, en muchos produce rechazo y a la vez, ha movilizado e ilusionado a un movimiento social capaz de lograr lo que parecía imposible: agrietar el búnker del poder construido por el primer ministro ultraconservador Viktor Orbán. El dirigente más veterano de la UE se enfrenta este domingo a la posibilidad de perder unas elecciones. El rival que puede conseguirlo es un abogado de 45 años forjado en su partido, Fidesz.
Orbán nunca se ha visto tan amenazado en 16 años. El dirigente nacionalpopulista ha esculpido un sistema electoral que parecía inexpugnable. Cuenta además con una maquinaria mediática que difunde su propaganda y hostiga sistemáticamente a sus adversarios. Los comicios son libres, pero no justos, dicen los observadores electorales.
Magyar nació en la élite húngara, en una familia de juristas, entre ellos el expresidente Ferenc Mádl. Forjó su vida personal y su carrera dentro del sistema creado por Orbán. Su madre ocupó altos cargos en el Supremo. La exministra de Justicia, Judit Varga, fue su esposa y es la madre de sus tres hijos. Él mismo trabajó en organismos estatales.
En 2024 un escándalo sobre el encubrimiento de un pederasta generó una crisis que Fidesz zanjó forzando la dimisión de la entonces presidenta, Katalin Novák, y de Varga. Magyar, hasta entonces un desconocido para el gran público, emergió con furia y cargó contra Orbán, al que acusó de “esconderse tras las faldas de mujeres”.
El abogado empezó a revelar detalles sobre la corrupción del entorno del primer ministro. Difundió una grabación secreta de una conversación con Varga, cuando ella todavía era ministra. Ella le acusó de violencia machista durante su relación. Él lo negó, pero un informe policial corroboró un episodio violento.
Pese a las denuncias de malos tratos, la grabación sin conocimiento de su antigua esposa, y la reacción paternalista cuando ya no eran pareja, el abogado cayó como un mesías en una sociedad sumida en la apatía política. Lo que denunciaba resonaba en un país cansado de una corrupción sistémica, con una economía estancada y la inflación desbocada.

Magyar empezó a convocar manifestaciones que reunían multitudes. Solo cuatro meses después, en las elecciones europeas de junio de 2024, cosechó casi el 30% de los votos.
En Sülysáp, un pueblo a 40 kilómetros de Budapest, le esperaba entusiasmada a las 9.30 de la mañana de este jueves Eva, que prefería no dar su apellido. Jubilada de 72 años y votante habitual de Fidesz, contaba que todos en su familia iban a votar a Tisza. “Queremos un cambio, la situación está muy mal, la economía está fatal”.
Magyar ha recorrido todo el país, con hasta seis mítines al día. Incluso cuando convoca a las siete de la mañana, llena las plazas. La coreografía de los actos está ensayada al milímetro. El equipo pide al público levantar los carteles de Tisza cuando llegue Magyar y corear “el Tisza [el segundo río más grande del país] se está desbordando”. Sobre el escenario —una pick-up con una lona donde se lee “ahora o nunca”—, pronuncia un monólogo que se sabe de memoria. Acusa al Gobierno de Orbán, un “régimen mafioso, vil y corrupto”, de haber “robado al país y a la gente”.
El candidato promete recuperar los aproximadamente 20.000 millones de euros bloqueados por la UE por los abusos al Estado de derecho, para invertirlos en sanidad y en educación. Y defiende “una Hungría libre, democrática y europea” frente a un “Estado títere de Rusia”.
El mitin dura unos 40 minutos, antes de la siguiente parada. Termina evocando la Revolución Húngara de 1848, cuando el país se levantó frente al imperio de los Habsburgo. La multitud recita un himno que habla de luchar por la libertad frente a la esclavitud. Se cogen de la mano.
Lazslo Szènàsi, ingeniero de 56 años, es voluntario en una “isla Tisza”, una agrupación local del partido en la zona de Sülysáp. Detesta a Fidesz y está volcado en el proyecto que puede derrotarle. Sobre Magyar, dice con franqueza: “Es demasiado para mí. Tiene un liderazgo muy fuerte, como un general del ejército. Tiene demasiada energía y quiere controlarlo todo”. El activista añade, sin embargo: “Hace falta una personalidad así para ganar estas elecciones”.
Una base diversa con un líder conservador
La ideología de los votantes y militantes de Tisza es diversa. Un estudio del instituto Republikon apunta que el 11% de sus seguidores se define como conservador, frente a un 43% liberal y casi un tercio que se identifica con posiciones de izquierda o verdes. Los partidos de la oposición —excepto la extrema derecha de Mi Hazánk(Nuestra Patria), el partido socialdemócrata DK y un partido satírico— se han retirado de la contienda electoral para allanarle el camino.
Márton Tompos, expresidente de la formación liberal Momentum, explica en un café a orillas del Danubio que tomaron la decisión porque así lo quería el 75% de sus militantes. “Tisza es una herramienta para deshacernos de la mafia. Y Péter Magyar tiene las habilidades necesarias: agresividad y obstinación, lo cual respeto”, dice. “A veces solo se puede combatir el fuego con fuego”.
Si se confirman las encuestas, Magyar puede hacer historia el 12 de abril en este país centroeuropeo de 9,5 millones de habitantes que ha puesto contra las cuerdas al conjunto de la UE. Los sondeos le han dado de forma consistente una ventaja de entre seis y 10 puntos porcentuales. El último de la demoscópica Médian, bastante respetada, eleva la diferencia hasta 18 puntos, con un 48% para Tisza frente a un 30% para Fidesz. Con ese resultado lograría una mayoría suficiente para hacer las reformas que ha prometido. Magyar pide no confiarse. Uno de cada cinco húngaros aún no ha decidido el voto y hay 30 o 40 distritos donde las diferencias son de menos de 1.000 votos, advierte.
La estrategia de Tisza es no caer en las “trampas” y provocaciones que le planta Fidesz, definirse lo mínimo posible en temas que generan división y adelantarse a las emboscadas. Frente a la prohibición de la marcha del Orgullo LGTBI el año pasado, por ejemplo, solo reivindicó el derecho de reunión. Cuando supo que la propaganda del Gobierno iba a difundir un vídeo sexual suyo en esta campaña que incluía consumo de estupefacientes, salió a denunciar la estratagema.
Ante la duda que puede generar su silencio en temas como los derechos LGTBI, András Bíró-Nagy, director del centro de análisis Policy Solutions, aclara: “No es progresista ni liberal, es de centro-derecha. Pero conoce exactamente los puntos débiles de Viktor Orbán y qué quieren sus votantes”.

Aunque su programa económico tiene elementos redistributivos, en otros asuntos no habrá un giro radical respecto a Fidesz, pero sí matices, señala Bíró-Nagy. Magyar es partidario de la política migratoria dura, pero si gana deberá resolver la multa que la justicia europea impuso al país en 2024: un millón de euros diarios por incumplimiento reiterado de la legislación sobre asilo y migración.
Con él Hungría dejaría de ser el socio problemático permanente del Consejo Europeo, pero no renunciaría al derecho de veto. “La tarea de un primer ministro húngaro en cualquier momento es representar los intereses de Hungría y, si es necesario, hacerlo con firmeza”, dijo en una entrevista con AP esta semana, la única que ha dado a la prensa extranjera.
No es partidario de cortar relaciones con Rusia, de quien dependen energéticamente, pero aboga por un enfoque “pragmático” y sin injerencias. Sobre Ucrania también es ambivalente, sin la animosidad de Orbán. Magyar tiene en cuenta que el 64% de los húngaros es contrario a la adhesión del país a la UE, según Policy Solutions, y sometería la cuestión a referéndum.
Hay quien ve al líder y a Tisza como un Orbán o Fidesz 2.0 por sus reacciones airadas ante la mínima crítica de medios de comunicación o analistas independientes, y por concentrar en una persona todo el poder y la imagen del partido. Algunos se han marchado de la formación. Pero frente a la resignación y el miedo en el que estaba sumido buena parte del país en los últimos 15 años, está consiguiendo que los húngaros empiecen a alzar la voz. No solo en la calle: miembros de los cuerpos y seguridad del Estado están hablando abiertamente de abusos de poder, una señal de fisuras en el sistema.
El ambiente de cambio inspira confianza. Le ocurrió a Bence Balogh. Este economista de 45 años trabajaba en Századvég, uno de los centros de análisis de cabecera de Fidesz, donde siempre escondió que era liberal. Hace dos semanas dejó su trabajo después de que le pidieran escribir un análisis sobre un supuesto programa electoral de Tisza que era falso, hecho con Inteligencia Artificial. “La era Orbán se está terminando”, dice en el café Zsivago de Budapest.
El movimiento en Hungría es perceptible. A finales de marzo, el politólogo Bíró-Nagy era cauto y subrayaba por teléfono que todo estaba abierto. Con la campaña en la recta final, esta semana sostenía en su despacho en Budapest que le sorprendería que Orbán revalidase su poder. Solo queda un día para saber si Tisza agrietará el dique de Fidesz.
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