Cuando Jordi Pujol, en los primeros años de Convergència Democràtica (CDC), hablaba de la socialdemocracia sueca como modelo para Cataluña, Josep Pla le recordó un pequeño inconveniente: en Cataluña no había suecos. La observación, tan socarrona como el escritor, ilustra las peculiaridades de una comunidad que suele declararse más de izquierdas de lo que sociológicamente es. Varias décadas después, poco ha cambiado. Mientras el discurso progresista sigue monopolizando la esfera pública y en la privada cuesta dar con quien se declara de derechas, el tuétano de Cataluña sigue estando formado en buena parte por comerciantes, empresarios, profesionales y familias para las que un piso es el ahorro de toda una vida. Pujol lo supo entender y Junts parece que se ha decidido a mirar de nuevo a la base electoral sobre la que construyó la sensacional máquina de ganar elecciones que fue CDC. El rechazo de los de Carles Puigdemont a los dos decretos de vivienda del Gobierno, defendido el viernes por Míriam Nogueras desde la tribuna del Congreso, tiene algo de regreso a casa, de retorno a CDC tras unos años, los del ‘procés’, en los que más que como partido Junts funcionó como un movimiento, un aglutinador solo definido por su independentismo pero amorfo en lo ideológico. Históricos militantes de la formación trasladaban a este diario su satisfacción tras verse de nuevo reconocidos en un partido que busca reorientarse en el ocaso del sanchismo.La escena del viernes lo resumía bien. Mientras Nogueras defendía su posición en Madrid, unos cincuenta manifestantes de la acampada de Barcelona protestaban ante la sede de Junts. Demonizados por la izquierda , vilipendiados en las redes, zarandeados desde la tribuna del Congreso por su némesis Rufián, en Junts han aguantado el tipo, asumiendo su rol en el mapa político catalán. De alguna manera, así se valora estos días en el partido, se recuperaba el orgullo con el que el exconsejero de Interior Felip Puig en los gobiernos con Artur Mas se dejaba fotografiar con un bate de béisbol, jaleado por las juventudes de su partido tras el contundente desalojo de los «indignados» de plaza Cataluña en 2011. El mismo orgullo con el que, antes de lanzarse por el precipicio del ‘procés’, Mas presumía de ser el más aplicado gestor europeo de los recortes.No es la primera vez que Junts recupera ese acento. En septiembre de 2024 se sumó a PP y Vox para frenar una proposición de ley sobre alquileres de temporada. En diciembre de aquel año coincidió con ellos en la supresión del gravamen energético. Y en septiembre de 2025 ayudó a tumbar el proyecto de reducción de la jornada laboral a 37,5 horas. Entonces, el presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez Llibre, agradeció especialmente a Junts que hubiera liderado la acción parlamentaria. Meses antes, Antoni Cañete, presidente de Pimec, había viajado a Waterloo para trasladar a Puigdemont su oposición a la propuesta. La relación con el empresariado ha vuelto a engrasarse después de los años en que el ‘procés’ lo subordinaba todo. Junts vuelve a presumir de ser una voz útil en el Congreso para la empresa, y la coincidencia con PP y Vox en determinadas votaciones responde a intereses económicos reconocibles. El voto del viernes en contra de los decretos «maricarmen» es otro guiño directo a su base electoral, en gran parte formada por propietarios. «Nadie hubiese entendido que votásemos con la izquierda», se señala en el seno de la formación, donde muchos aspiran a recuperar el marchamo de CDC que Junts arrasó.«Si con nuestros votos se llega a consumar el ataque a la propiedad privada que pretendía la izquierda, mejor irnos todos a casa y entregar las llaves a la Orriols», apunta un empresario históricamente vinculado al partido.En el nuevo movimiento que pergeñó Carles Puigdemont cabían antiguos convergentes, independientes y personas procedentes de la izquierda. El rupturismo y la fidelidad al 1-O permitían orillar cualquier diferencia. Casi una década después del nacimiento de Junts, la independencia no ha llegado y el «octubrismo» ya no ordena por sí solo la política catalana. El último CEO sitúa el apoyo a la secesión en el 45%, frente a un 51% contrario. Ha repuntado, pero ni es mayoritario ni devuelve a Junts el mando del independentismo.Ni mucho menos. El factor Aliança lo mueve todo, también el regreso de Junts a un perfil más conservador. El mismo barómetro de julio atribuye entre 23 y 25 escaños a Sílvia Orriols y entre 16 y 18 a Junts. Los números cantan, una advertencia lo bastante seria como para medir cada votación, incluida la del viernes. «Si con nuestros votos se llega a consumar el ataque a la propiedad privada que pretendía la izquierda, mejor irnos todos a casa y entregar las llaves a la Orriols», apunta un empresario históricamente vinculado al partido.Reconocerse en el partido Históricos militantes de la formación trasladaban a este diario su satisfacción tras verse de nuevo reconocidos en un partido que busca reorientarse en le ocaso del sanchismo.Superar el «octubrismo» Casi una década después del nacimiento de Junts, la independencia no ha llegado y el «octubrismo» ya no ordena por sí solo la política catalana.Actualizar el catalanismo Victòria Alsina, exconsejera de la Generalitat y concejal en Excargos de Junts presentan iniciativas como Paral·lel 41, con una agenda centrada en administración, infraestructuras, vivienda, inmigración y educación. La fundación se declara ajena a los partidos y busca actualizar el catalanismo.La competencia ya no se libra solo por quién promete más independencia, sino por quién responde a preocupaciones muy presentes en su bolsa de votantes: fiscalidad, seguridad, inmigración… y también vivienda, por supuesto.Junts sigue, con todo, demasiado atado al futuro personal de Puigdemont, al que algunos sectores le reprochan que mantiene secuestrado al partido. Las discrepancias se han cobrado salidas como la de Jaume Giró, exconsejero de Economía, que dejó la ejecutiva y el escaño en 2025 y abandonó la militancia este verano. Otros intentan abrir ventanas desde dentro. Victòria Alsina, exconsejera de la Generalitat y concejal en Barcelona, presentó hace pocas semanas la fundación Paral·lel 41, con una agenda centrada en administración, infraestructuras, vivienda, inmigración y educación. La fundación se declara ajena a los partidos y busca actualizar el catalanismo, con referencias tanto a Pujol como a Pasqual Maragall. No es una plataforma contra Puigdemont, pero sí otra señal de que hay vida más allá de Waterloo.Porque al volver, se supone que en pocas semanas, Puigdemont no regresará a la Cataluña de 2017. Su partido tampoco es el mismo: disminuido en cuanto a expectativas electorales, con un competidor por la derecha que le come el terreno y una base de apoyo a la que la épica del 1-0 ni le paga el alquiler ni le protege el piso. Sea cual sea su futuro, con la decisión adoptada el viernes, Puigdemont ha trasladado un mensaje claro, necesita un Junts centrado, un partido que, sin renunciar a hablar de independencia, se presente a los suyos con un perfil reconocible, del mismo modo que Pujol supo entender que aquella Cataluña que se decía de izquierdas también tenía propietarios. Cuando Jordi Pujol, en los primeros años de Convergència Democràtica (CDC), hablaba de la socialdemocracia sueca como modelo para Cataluña, Josep Pla le recordó un pequeño inconveniente: en Cataluña no había suecos. La observación, tan socarrona como el escritor, ilustra las peculiaridades de una comunidad que suele declararse más de izquierdas de lo que sociológicamente es. Varias décadas después, poco ha cambiado. Mientras el discurso progresista sigue monopolizando la esfera pública y en la privada cuesta dar con quien se declara de derechas, el tuétano de Cataluña sigue estando formado en buena parte por comerciantes, empresarios, profesionales y familias para las que un piso es el ahorro de toda una vida. Pujol lo supo entender y Junts parece que se ha decidido a mirar de nuevo a la base electoral sobre la que construyó la sensacional máquina de ganar elecciones que fue CDC. El rechazo de los de Carles Puigdemont a los dos decretos de vivienda del Gobierno, defendido el viernes por Míriam Nogueras desde la tribuna del Congreso, tiene algo de regreso a casa, de retorno a CDC tras unos años, los del ‘procés’, en los que más que como partido Junts funcionó como un movimiento, un aglutinador solo definido por su independentismo pero amorfo en lo ideológico. Históricos militantes de la formación trasladaban a este diario su satisfacción tras verse de nuevo reconocidos en un partido que busca reorientarse en el ocaso del sanchismo.La escena del viernes lo resumía bien. Mientras Nogueras defendía su posición en Madrid, unos cincuenta manifestantes de la acampada de Barcelona protestaban ante la sede de Junts. Demonizados por la izquierda , vilipendiados en las redes, zarandeados desde la tribuna del Congreso por su némesis Rufián, en Junts han aguantado el tipo, asumiendo su rol en el mapa político catalán. De alguna manera, así se valora estos días en el partido, se recuperaba el orgullo con el que el exconsejero de Interior Felip Puig en los gobiernos con Artur Mas se dejaba fotografiar con un bate de béisbol, jaleado por las juventudes de su partido tras el contundente desalojo de los «indignados» de plaza Cataluña en 2011. El mismo orgullo con el que, antes de lanzarse por el precipicio del ‘procés’, Mas presumía de ser el más aplicado gestor europeo de los recortes.No es la primera vez que Junts recupera ese acento. En septiembre de 2024 se sumó a PP y Vox para frenar una proposición de ley sobre alquileres de temporada. En diciembre de aquel año coincidió con ellos en la supresión del gravamen energético. Y en septiembre de 2025 ayudó a tumbar el proyecto de reducción de la jornada laboral a 37,5 horas. Entonces, el presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez Llibre, agradeció especialmente a Junts que hubiera liderado la acción parlamentaria. Meses antes, Antoni Cañete, presidente de Pimec, había viajado a Waterloo para trasladar a Puigdemont su oposición a la propuesta. La relación con el empresariado ha vuelto a engrasarse después de los años en que el ‘procés’ lo subordinaba todo. Junts vuelve a presumir de ser una voz útil en el Congreso para la empresa, y la coincidencia con PP y Vox en determinadas votaciones responde a intereses económicos reconocibles. El voto del viernes en contra de los decretos «maricarmen» es otro guiño directo a su base electoral, en gran parte formada por propietarios. «Nadie hubiese entendido que votásemos con la izquierda», se señala en el seno de la formación, donde muchos aspiran a recuperar el marchamo de CDC que Junts arrasó.«Si con nuestros votos se llega a consumar el ataque a la propiedad privada que pretendía la izquierda, mejor irnos todos a casa y entregar las llaves a la Orriols», apunta un empresario históricamente vinculado al partido.En el nuevo movimiento que pergeñó Carles Puigdemont cabían antiguos convergentes, independientes y personas procedentes de la izquierda. El rupturismo y la fidelidad al 1-O permitían orillar cualquier diferencia. Casi una década después del nacimiento de Junts, la independencia no ha llegado y el «octubrismo» ya no ordena por sí solo la política catalana. El último CEO sitúa el apoyo a la secesión en el 45%, frente a un 51% contrario. Ha repuntado, pero ni es mayoritario ni devuelve a Junts el mando del independentismo.Ni mucho menos. El factor Aliança lo mueve todo, también el regreso de Junts a un perfil más conservador. El mismo barómetro de julio atribuye entre 23 y 25 escaños a Sílvia Orriols y entre 16 y 18 a Junts. Los números cantan, una advertencia lo bastante seria como para medir cada votación, incluida la del viernes. «Si con nuestros votos se llega a consumar el ataque a la propiedad privada que pretendía la izquierda, mejor irnos todos a casa y entregar las llaves a la Orriols», apunta un empresario históricamente vinculado al partido.Reconocerse en el partido Históricos militantes de la formación trasladaban a este diario su satisfacción tras verse de nuevo reconocidos en un partido que busca reorientarse en le ocaso del sanchismo.Superar el «octubrismo» Casi una década después del nacimiento de Junts, la independencia no ha llegado y el «octubrismo» ya no ordena por sí solo la política catalana.Actualizar el catalanismo Victòria Alsina, exconsejera de la Generalitat y concejal en Excargos de Junts presentan iniciativas como Paral·lel 41, con una agenda centrada en administración, infraestructuras, vivienda, inmigración y educación. La fundación se declara ajena a los partidos y busca actualizar el catalanismo.La competencia ya no se libra solo por quién promete más independencia, sino por quién responde a preocupaciones muy presentes en su bolsa de votantes: fiscalidad, seguridad, inmigración… y también vivienda, por supuesto.Junts sigue, con todo, demasiado atado al futuro personal de Puigdemont, al que algunos sectores le reprochan que mantiene secuestrado al partido. Las discrepancias se han cobrado salidas como la de Jaume Giró, exconsejero de Economía, que dejó la ejecutiva y el escaño en 2025 y abandonó la militancia este verano. Otros intentan abrir ventanas desde dentro. Victòria Alsina, exconsejera de la Generalitat y concejal en Barcelona, presentó hace pocas semanas la fundación Paral·lel 41, con una agenda centrada en administración, infraestructuras, vivienda, inmigración y educación. La fundación se declara ajena a los partidos y busca actualizar el catalanismo, con referencias tanto a Pujol como a Pasqual Maragall. No es una plataforma contra Puigdemont, pero sí otra señal de que hay vida más allá de Waterloo.Porque al volver, se supone que en pocas semanas, Puigdemont no regresará a la Cataluña de 2017. Su partido tampoco es el mismo: disminuido en cuanto a expectativas electorales, con un competidor por la derecha que le come el terreno y una base de apoyo a la que la épica del 1-0 ni le paga el alquiler ni le protege el piso. Sea cual sea su futuro, con la decisión adoptada el viernes, Puigdemont ha trasladado un mensaje claro, necesita un Junts centrado, un partido que, sin renunciar a hablar de independencia, se presente a los suyos con un perfil reconocible, del mismo modo que Pujol supo entender que aquella Cataluña que se decía de izquierdas también tenía propietarios.
Cuando Jordi Pujol, en los primeros años de Convergència Democràtica (CDC), hablaba de la socialdemocracia sueca como modelo para Cataluña, Josep Pla le recordó un pequeño inconveniente: en Cataluña no había suecos. La observación, tan socarrona como el escritor, ilustra las peculiaridades de una comunidad … que suele declararse más de izquierdas de lo que sociológicamente es. Varias décadas después, poco ha cambiado. Mientras el discurso progresista sigue monopolizando la esfera pública y en la privada cuesta dar con quien se declara de derechas, el tuétano de Cataluña sigue estando formado en buena parte por comerciantes, empresarios, profesionales y familias para las que un piso es el ahorro de toda una vida. Pujol lo supo entender y Junts parece que se ha decidido a mirar de nuevo a la base electoral sobre la que construyó la sensacional máquina de ganar elecciones que fue CDC.
El rechazo de los de Carles Puigdemont a los dos decretos de vivienda del Gobierno, defendido el viernes por Míriam Nogueras desde la tribuna del Congreso, tiene algo de regreso a casa, de retorno a CDC tras unos años, los del ‘procés’, en los que más que como partido Junts funcionó como un movimiento, un aglutinador solo definido por su independentismo pero amorfo en lo ideológico. Históricos militantes de la formación trasladaban a este diario su satisfacción tras verse de nuevo reconocidos en un partido que busca reorientarse en el ocaso del sanchismo.
La escena del viernes lo resumía bien. Mientras Nogueras defendía su posición en Madrid, unos cincuenta manifestantes de la acampada de Barcelona protestaban ante la sede de Junts. Demonizados por la izquierda, vilipendiados en las redes, zarandeados desde la tribuna del Congreso por su némesis Rufián, en Junts han aguantado el tipo, asumiendo su rol en el mapa político catalán. De alguna manera, así se valora estos días en el partido, se recuperaba el orgullo con el que el exconsejero de Interior Felip Puig en los gobiernos con Artur Mas se dejaba fotografiar con un bate de béisbol, jaleado por las juventudes de su partido tras el contundente desalojo de los «indignados» de plaza Cataluña en 2011. El mismo orgullo con el que, antes de lanzarse por el precipicio del ‘procés’, Mas presumía de ser el más aplicado gestor europeo de los recortes.
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No es la primera vez que Junts recupera ese acento. En septiembre de 2024 se sumó a PP y Vox para frenar una proposición de ley sobre alquileres de temporada. En diciembre de aquel año coincidió con ellos en la supresión del gravamen energético. Y en septiembre de 2025 ayudó a tumbar el proyecto de reducción de la jornada laboral a 37,5 horas. Entonces, el presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez Llibre, agradeció especialmente a Junts que hubiera liderado la acción parlamentaria. Meses antes, Antoni Cañete, presidente de Pimec, había viajado a Waterloo para trasladar a Puigdemont su oposición a la propuesta.
La relación con el empresariado ha vuelto a engrasarse después de los años en que el ‘procés’ lo subordinaba todo. Junts vuelve a presumir de ser una voz útil en el Congreso para la empresa, y la coincidencia con PP y Vox en determinadas votaciones responde a intereses económicos reconocibles. El voto del viernes en contra de los decretos «maricarmen» es otro guiño directo a su base electoral, en gran parte formada por propietarios. «Nadie hubiese entendido que votásemos con la izquierda», se señala en el seno de la formación, donde muchos aspiran a recuperar el marchamo de CDC que Junts arrasó.
«Si con nuestros votos se llega a consumar el ataque a la propiedad privada que pretendía la izquierda, mejor irnos todos a casa y entregar las llaves a la Orriols», apunta un empresario históricamente vinculado al partido.
En el nuevo movimiento que pergeñó Carles Puigdemont cabían antiguos convergentes, independientes y personas procedentes de la izquierda. El rupturismo y la fidelidad al 1-O permitían orillar cualquier diferencia. Casi una década después del nacimiento de Junts, la independencia no ha llegado y el «octubrismo» ya no ordena por sí solo la política catalana. El último CEO sitúa el apoyo a la secesión en el 45%, frente a un 51% contrario. Ha repuntado, pero ni es mayoritario ni devuelve a Junts el mando del independentismo.
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Ni mucho menos. El factor Aliança lo mueve todo, también el regreso de Junts a un perfil más conservador. El mismo barómetro de julio atribuye entre 23 y 25 escaños a Sílvia Orriols y entre 16 y 18 a Junts. Los números cantan, una advertencia lo bastante seria como para medir cada votación, incluida la del viernes. «Si con nuestros votos se llega a consumar el ataque a la propiedad privada que pretendía la izquierda, mejor irnos todos a casa y entregar las llaves a la Orriols», apunta un empresario históricamente vinculado al partido.
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Reconocerse en el partido
Históricos militantes de la formación trasladaban a este diario su satisfacción tras verse de nuevo reconocidos en un partido que busca reorientarse en le ocaso del sanchismo.
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Superar el «octubrismo»
Casi una década después del nacimiento de Junts, la independencia no ha llegado y el «octubrismo» ya no ordena por sí solo la política catalana.
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Actualizar el catalanismo
Victòria Alsina, exconsejera de la Generalitat y concejal en Excargos de Junts presentan iniciativas como Paral·lel 41, con una agenda centrada en administración, infraestructuras, vivienda, inmigración y educación. La fundación se declara ajena a los partidos y busca actualizar el catalanismo.
La competencia ya no se libra solo por quién promete más independencia, sino por quién responde a preocupaciones muy presentes en su bolsa de votantes: fiscalidad, seguridad, inmigración… y también vivienda, por supuesto.
Junts sigue, con todo, demasiado atado al futuro personal de Puigdemont, al que algunos sectores le reprochan que mantiene secuestrado al partido. Las discrepancias se han cobrado salidas como la de Jaume Giró, exconsejero de Economía, que dejó la ejecutiva y el escaño en 2025 y abandonó la militancia este verano. Otros intentan abrir ventanas desde dentro. Victòria Alsina, exconsejera de la Generalitat y concejal en Barcelona, presentó hace pocas semanas la fundación Paral·lel 41, con una agenda centrada en administración, infraestructuras, vivienda, inmigración y educación. La fundación se declara ajena a los partidos y busca actualizar el catalanismo, con referencias tanto a Pujol como a Pasqual Maragall. No es una plataforma contra Puigdemont, pero sí otra señal de que hay vida más allá de Waterloo.
Porque al volver, se supone que en pocas semanas, Puigdemont no regresará a la Cataluña de 2017. Su partido tampoco es el mismo: disminuido en cuanto a expectativas electorales, con un competidor por la derecha que le come el terreno y una base de apoyo a la que la épica del 1-0 ni le paga el alquiler ni le protege el piso. Sea cual sea su futuro, con la decisión adoptada el viernes, Puigdemont ha trasladado un mensaje claro, necesita un Junts centrado, un partido que, sin renunciar a hablar de independencia, se presente a los suyos con un perfil reconocible, del mismo modo que Pujol supo entender que aquella Cataluña que se decía de izquierdas también tenía propietarios.
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