Después de ejecutar en la Diada un «ball de bastons» (coreografía catalana de la golpiza) entre los separatistas-palestinos de la CUP y la Alianza Antimoruna de Sílvia Orriols queda claro que la cuestión palpitante ya no son las banderas ‘esteladas’ contra España. Entre Sajonia y Ceuta, la autonomía catalana cuenta ya setecientos mil magrebíes, la cantidad de Madrid y Andalucía juntas. Del exceso de morería tiene la culpa la ingeniería social nacionalista: contrarrestar a una emigración latinoamericana reacia a hablar en catalán y seguir con la lengua de Cervantes. Con la inmersión se creyó que la integración musulmana advendría por la lengua… Hasta que el 17 de agosto de 2017, plena ebullición del proceso secesionista, los jóvenes asesinos de Ripoll pronunciaron en perfecto catalán proclamas yihadistas contra los ‘mossos d’esquadra’ y la tierra que acogió a sus familias: «Dios nos prometió el paraíso y a vosotros el infierno». «Esto va a explotar sobre las cabezas de vuestras mujeres y vuestros hijos». Los terroristas de las Ramblas culminaron con acento gerundense las siniestras consignas del imán Abdelbaki Es Satty. Aquel verano infernal puede explicar el nacimiento de Aliança Catalana. Una extrema derecha independentista, pero centrada en la cuestión palpitante: «Es el Califato, estúpidos».La estruendosa victoria de Alternativa por Alemania en el Estado de Sajonia-Anhalt y la invasión marroquí de Ceuta -tercera Marcha Verde después de las de 1975 y 2021- pilló a Orriols con quemaduras en las manos y la barbilla a causa de un accidente doméstico: «No es que vaya disfrazada de momia», advertía con expresión risueña tras los comicios germanos. Y es que ahora, más que nunca, Cataluña está situada entre Ceuta y Sajonia. Si se celebraran elecciones autonómicas, Aliança Catalana pasaría de dos a veinticinco escaños y si concurriera a las generales obtendría cuatro. Un crecimiento a costa de Junts que perdería la mitad de los votos, tanto en el parlamento regional como en el Congreso.En la antigua Convergència que destruyó Artur Mas, aprendiz de brujo de la independencia que convertiría Cataluña en una Dinamarca del Sur, todo es mohína. Y eso que el gobierno de coalición marroquí de Sánchez prepara el retorno de Puigdemont, así que le perdonen el delito de malversación que la ley de amnistía «ad hoc» no contemplaba. Diez años después de fugarse de la Justicia, a diferencia de Orriols, Puigdemont es la momia política de un partido abrasado. Su tuiteo resentido habla de ‘esteladas’, victimismo e hispanofobia: nada de la cuestión palpitante, la invasión sarracena. Ensimismado en su palacete belga, el Bifugado recuerda aquel PSOE «histórico» de Rodolfo Llopis que se diluyó ante el PSOE «renovado» de Felipe González. Como el actual PSOE sanchista, Junts necesita un congreso de Suresnes. Mientras Puigdemont coteja fechas para un retorno que presume triunfal, sus conmilitones siguen restando escaños en favor de Orriols y rumian como librarse del estorbo de Waterloo. Él subraya el 1 o el 27 de octubre para «celebrar» el referéndum «fake» con urnas chinas o la DUI de los ocho segundos. Pero a sus sesenta y cuatro años, ya derrotado en la autonómicas de 2024, debería aspirar a una jubilación dulcificada con los «xuxos» de la pastelería familiar de Amer. Macià volvió del exilio y ganó las elecciones que trajeron la República el 14 de abril de 1931. El golpista Companys se benefició de la amnistía del Frente Popular y paseó por Barcelona en loor de multitudes en marzo del 36. Tarradellas fue recibido el 11 de septiembre de 1977 por un millón de «ciudadanos de Cataluña». ¿Quién esperará al politicastro que, con su huida, internacionalizó el ridículo? Después de ejecutar en la Diada un «ball de bastons» (coreografía catalana de la golpiza) entre los separatistas-palestinos de la CUP y la Alianza Antimoruna de Sílvia Orriols queda claro que la cuestión palpitante ya no son las banderas ‘esteladas’ contra España. Entre Sajonia y Ceuta, la autonomía catalana cuenta ya setecientos mil magrebíes, la cantidad de Madrid y Andalucía juntas. Del exceso de morería tiene la culpa la ingeniería social nacionalista: contrarrestar a una emigración latinoamericana reacia a hablar en catalán y seguir con la lengua de Cervantes. Con la inmersión se creyó que la integración musulmana advendría por la lengua… Hasta que el 17 de agosto de 2017, plena ebullición del proceso secesionista, los jóvenes asesinos de Ripoll pronunciaron en perfecto catalán proclamas yihadistas contra los ‘mossos d’esquadra’ y la tierra que acogió a sus familias: «Dios nos prometió el paraíso y a vosotros el infierno». «Esto va a explotar sobre las cabezas de vuestras mujeres y vuestros hijos». Los terroristas de las Ramblas culminaron con acento gerundense las siniestras consignas del imán Abdelbaki Es Satty. Aquel verano infernal puede explicar el nacimiento de Aliança Catalana. Una extrema derecha independentista, pero centrada en la cuestión palpitante: «Es el Califato, estúpidos».La estruendosa victoria de Alternativa por Alemania en el Estado de Sajonia-Anhalt y la invasión marroquí de Ceuta -tercera Marcha Verde después de las de 1975 y 2021- pilló a Orriols con quemaduras en las manos y la barbilla a causa de un accidente doméstico: «No es que vaya disfrazada de momia», advertía con expresión risueña tras los comicios germanos. Y es que ahora, más que nunca, Cataluña está situada entre Ceuta y Sajonia. Si se celebraran elecciones autonómicas, Aliança Catalana pasaría de dos a veinticinco escaños y si concurriera a las generales obtendría cuatro. Un crecimiento a costa de Junts que perdería la mitad de los votos, tanto en el parlamento regional como en el Congreso.En la antigua Convergència que destruyó Artur Mas, aprendiz de brujo de la independencia que convertiría Cataluña en una Dinamarca del Sur, todo es mohína. Y eso que el gobierno de coalición marroquí de Sánchez prepara el retorno de Puigdemont, así que le perdonen el delito de malversación que la ley de amnistía «ad hoc» no contemplaba. Diez años después de fugarse de la Justicia, a diferencia de Orriols, Puigdemont es la momia política de un partido abrasado. Su tuiteo resentido habla de ‘esteladas’, victimismo e hispanofobia: nada de la cuestión palpitante, la invasión sarracena. Ensimismado en su palacete belga, el Bifugado recuerda aquel PSOE «histórico» de Rodolfo Llopis que se diluyó ante el PSOE «renovado» de Felipe González. Como el actual PSOE sanchista, Junts necesita un congreso de Suresnes. Mientras Puigdemont coteja fechas para un retorno que presume triunfal, sus conmilitones siguen restando escaños en favor de Orriols y rumian como librarse del estorbo de Waterloo. Él subraya el 1 o el 27 de octubre para «celebrar» el referéndum «fake» con urnas chinas o la DUI de los ocho segundos. Pero a sus sesenta y cuatro años, ya derrotado en la autonómicas de 2024, debería aspirar a una jubilación dulcificada con los «xuxos» de la pastelería familiar de Amer. Macià volvió del exilio y ganó las elecciones que trajeron la República el 14 de abril de 1931. El golpista Companys se benefició de la amnistía del Frente Popular y paseó por Barcelona en loor de multitudes en marzo del 36. Tarradellas fue recibido el 11 de septiembre de 1977 por un millón de «ciudadanos de Cataluña». ¿Quién esperará al politicastro que, con su huida, internacionalizó el ridículo?
Después de ejecutar en la Diada un «ball de bastons» (coreografía catalana de la golpiza) entre los separatistas-palestinos de la CUP y la Alianza Antimoruna de Sílvia Orriols queda claro que la cuestión palpitante ya no son las banderas ‘esteladas’ contra España. Entre Sajonia … y Ceuta, la autonomía catalana cuenta ya setecientos mil magrebíes, la cantidad de Madrid y Andalucía juntas. Del exceso de morería tiene la culpa la ingeniería social nacionalista: contrarrestar a una emigración latinoamericana reacia a hablar en catalán y seguir con la lengua de Cervantes. Con la inmersión se creyó que la integración musulmana advendría por la lengua… Hasta que el 17 de agosto de 2017, plena ebullición del proceso secesionista, los jóvenes asesinos de Ripoll pronunciaron en perfecto catalán proclamas yihadistas contra los ‘mossos d’esquadra’ y la tierra que acogió a sus familias: «Dios nos prometió el paraíso y a vosotros el infierno». «Esto va a explotar sobre las cabezas de vuestras mujeres y vuestros hijos». Los terroristas de las Ramblas culminaron con acento gerundense las siniestras consignas del imán Abdelbaki Es Satty. Aquel verano infernal puede explicar el nacimiento de Aliança Catalana. Una extrema derecha independentista, pero centrada en la cuestión palpitante: «Es el Califato, estúpidos».
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La estruendosa victoria de Alternativa por Alemania en el Estado de Sajonia-Anhalt y la invasión marroquí de Ceuta -tercera Marcha Verde después de las de 1975 y 2021- pilló a Orriols con quemaduras en las manos y la barbilla a causa de un accidente doméstico: «No es que vaya disfrazada de momia», advertía con expresión risueña tras los comicios germanos. Y es que ahora, más que nunca, Cataluña está situada entre Ceuta y Sajonia. Si se celebraran elecciones autonómicas, Aliança Catalana pasaría de dos a veinticinco escaños y si concurriera a las generales obtendría cuatro. Un crecimiento a costa de Junts que perdería la mitad de los votos, tanto en el parlamento regional como en el Congreso.
En la antigua Convergència que destruyó Artur Mas, aprendiz de brujo de la independencia que convertiría Cataluña en una Dinamarca del Sur, todo es mohína. Y eso que el gobierno de coalición marroquí de Sánchez prepara el retorno de Puigdemont, así que le perdonen el delito de malversación que la ley de amnistía «ad hoc» no contemplaba. Diez años después de fugarse de la Justicia, a diferencia de Orriols, Puigdemont es la momia política de un partido abrasado. Su tuiteo resentido habla de ‘esteladas’, victimismo e hispanofobia: nada de la cuestión palpitante, la invasión sarracena. Ensimismado en su palacete belga, el Bifugado recuerda aquel PSOE «histórico» de Rodolfo Llopis que se diluyó ante el PSOE «renovado» de Felipe González. Como el actual PSOE sanchista, Junts necesita un congreso de Suresnes.
Mientras Puigdemont coteja fechas para un retorno que presume triunfal, sus conmilitones siguen restando escaños en favor de Orriols y rumian como librarse del estorbo de Waterloo. Él subraya el 1 o el 27 de octubre para «celebrar» el referéndum «fake» con urnas chinas o la DUI de los ocho segundos. Pero a sus sesenta y cuatro años, ya derrotado en la autonómicas de 2024, debería aspirar a una jubilación dulcificada con los «xuxos» de la pastelería familiar de Amer.
Macià volvió del exilio y ganó las elecciones que trajeron la República el 14 de abril de 1931. El golpista Companys se benefició de la amnistía del Frente Popular y paseó por Barcelona en loor de multitudes en marzo del 36. Tarradellas fue recibido el 11 de septiembre de 1977 por un millón de «ciudadanos de Cataluña». ¿Quién esperará al politicastro que, con su huida, internacionalizó el ridículo?
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