Catalina es un restaurante en Gavá regentado y concebido por Óscar Manresa. Óscar es un tipo alegre, noble, que siempre hace cosas bonitas, caras y de buena calidad. No tiene aspiraciones de alta cocina y por lo tanto no se las podemos exigir. Pero todo lo que te da tiene sentido, y es un sentido reconocible, el que tú esperabas.Catalina está en Gavá, cerca de la playa, pero su paisaje son los pinos. Es un restaurante con zona interior pero su atractivo es el porche y la terraza. Son las mesas más bonitas, frente al bosquecito tan mediterráneo. La carta es muy simple, pero es que además no hace falta complicarse. Ostras y jamón de primero, y de segundo una carne, un arroz o un pescado. Si no te gustan las ostras es una lástima pero hay alternativas. Pero oye, es una lástima que no te gusten las ostras, de verdad te lo digo. En cualquier caso: come poco o come menos, yo el arroz me lo ahorraría: pide, además de las ostras y el jamón, el carpaccio de tomate y el aguacate. Poco y ligero. Y con esto estás. No tiene sentido comer mucho más, por lo menos en Catalina. Primero, porque no hay ninguna necesidad, y segundo porque tampoco ganarás nada. Catalina no es un restaurante en el que comer sea lo importante. Lo importante es estar, y cuando tengas demasiado calor pides que te abran las vallas de la playa y te vas a dar un baño; y vuelves con las ganas renovadas de tomar otra copa. Ésta es la función de Catalina, estar y si puede ser con una mujer que te guste mucho.Noticia relacionada opinion No No Shambhala Contra las propinas Salvador SostresEn el capítulo de los reproches, la refrigeración de la zona está mal resuelta, el aire no da para más. Y no porque las puertas estén abiertas, que lo están, sino porque no hay una inversión decente en aire acondicionado. A mí me parece muy bien que Catalina ponga los precios que le parezca, pero tiene que corresponder con unas instalaciones que estén a la altura y no sean esta falta de respeto. Igualmente, el sistema de ventiladores en la terraza es pobre, y entre que no hay los suficientes y alguno o algunos no funcionan, la sensación es que te regatean a la hora de ofrecer y no se cortan un pelo a la hora de cobrarte. Queremos mucho a Catalina y queremos mucho a Óscar Manresa, pero en estos detalles no nos sentimos queridos de vuelta. Y como lo de las ostras, es una lástima.La cocina está bien pero siguiendo siempre la ley del mínimo esfuerzo: cuando estaba el cocinero del Tickets había imaginación y talento, ahora los platos son correctos sin más: ese 6,5 que no te da derecho a quejarte pero tampoco motivo para celebrar, y de ahí que haga más ilusión estar que comer. Podría no ser así, y no sería tan difícil, porque Óscar tiene el instinto necesario para crear una carta súper sexy. Pero una vez más da la impresión que quiere hacer lo justo, lo justísimo para poder cobrar el precio que tenía pensado. Dejemos esto claro: todo o casi todo flota por encima de lo aceptable, pero luego hay motivos para el desánimo. La casa tiene por ejemplo esa manía, tan de cocinero pobre, de decorar con cebollino los platos. Es la fiesta del cebollino por encima de cualquier cosa que te traigan. No entiendo cómo no se dan cuenta del terrible mensaje que mandan.La parte más agradable es la de beber. Los camareros son todos muy amables y no sólo eso, sino que se esfuerzan por servir rápido y bien. Ponen buena cara, y buena fe, y se nota que no es comedia. Se preocupan porque estés bien. Están atentos a lo que les pides y luego cuando lo traen ves que no se han equivocado. Es remarcable encontrar un servicio tan profesional y entregado en un sitio de playa, de vocación más industrial que artesanal, y con el calor que hace, sobre todo dentro, por causa de que nadie ha querido gastar en una refrigeración que no constituya un desprecio a los clientes y a los trabajadores.Ir a tomar un baño entre gintónic y gintónic es muy agradable. Hay que ir a Catalina vestido en bañador y camisa (o vestido) de lino, para poder bañarse con sólo quitarse lo de encima; hay una ducha en la misma playa para quitarse la sal. No hace falta toalla, el sol te seca y es agradable ponerte el lino sobre la piel mojada. Es importante que el calzado se pueda mojar porque sinó con la arena es un lío. Catalina no quiere ser un chiringuito pero yo tampoco quería ser calvo. Y con el calor que hace ‘indoor’, los escasos y estropeados ventiladores del exterior, y la comida de sí y no, como mejor provecho le sacas a la casa, como más responde a algo identificable, es como chiringuito de gama altita y con el mar de fondo. Cuando Óscar Manresa lo descubra, ganará más dinero y seremos todos más felices. No es que ahora no lo seamos, pero lo seremos todavía más, porque centraremos el disparo.Hay aparcamiento pero en Catalina se bebe mucho y se come poco (si sabes hacer lo inteligente) y hay controles policiales en el camino de regreso, con una policía especialmente quisquillosa en estos tramos. Nada que decir: hacen su trabajo; pero créanme, lo hacen. Ir en taxi no es carísimo, de hecho es mucho más barato de lo que cuesta un arroz con gambas decoradas con cebollino. ¡Cebollino sobre gambas a 84 euros! Qué tiempos aquellos en que cuando entraba en la cocina de la finca de mi abuela y veía cebollino por encima de un plato, o que olía a ajo o a cebolla, sabía que era la comida del chófer. Cualquier vestimenta que no sea la de bañador y lino (en hombres y mujeres) condenará a los comensales a un calor africano y a sudores incompatibles con el bienestar y con estar presentable delante de una chica a la que pretendas agradar, o por lo menos no ofender.No tienen tónica cero, no tienen tónica Schweppes, las margaritas son correctas y los negroni son buenos, pero como cuando te dicen que el Barça ha ganado la Champions y resulta que es el femenino.Queremos mucho a Catalina. Queremos mucho a Óscar Manresa y apreciamos tener a un tipo que siempre hace cosas bonitas e interesantes para Barcelona. Pero queremos que Catalina y Óscar nos quieran un poco más, y que mientras tanto, como en Jondal, tengan una manera pensada, segura y cómoda de darnos acceso a la playa. Catalina es un restaurante en Gavá regentado y concebido por Óscar Manresa. Óscar es un tipo alegre, noble, que siempre hace cosas bonitas, caras y de buena calidad. No tiene aspiraciones de alta cocina y por lo tanto no se las podemos exigir. Pero todo lo que te da tiene sentido, y es un sentido reconocible, el que tú esperabas.Catalina está en Gavá, cerca de la playa, pero su paisaje son los pinos. Es un restaurante con zona interior pero su atractivo es el porche y la terraza. Son las mesas más bonitas, frente al bosquecito tan mediterráneo. La carta es muy simple, pero es que además no hace falta complicarse. Ostras y jamón de primero, y de segundo una carne, un arroz o un pescado. Si no te gustan las ostras es una lástima pero hay alternativas. Pero oye, es una lástima que no te gusten las ostras, de verdad te lo digo. En cualquier caso: come poco o come menos, yo el arroz me lo ahorraría: pide, además de las ostras y el jamón, el carpaccio de tomate y el aguacate. Poco y ligero. Y con esto estás. No tiene sentido comer mucho más, por lo menos en Catalina. Primero, porque no hay ninguna necesidad, y segundo porque tampoco ganarás nada. Catalina no es un restaurante en el que comer sea lo importante. Lo importante es estar, y cuando tengas demasiado calor pides que te abran las vallas de la playa y te vas a dar un baño; y vuelves con las ganas renovadas de tomar otra copa. Ésta es la función de Catalina, estar y si puede ser con una mujer que te guste mucho.Noticia relacionada opinion No No Shambhala Contra las propinas Salvador SostresEn el capítulo de los reproches, la refrigeración de la zona está mal resuelta, el aire no da para más. Y no porque las puertas estén abiertas, que lo están, sino porque no hay una inversión decente en aire acondicionado. A mí me parece muy bien que Catalina ponga los precios que le parezca, pero tiene que corresponder con unas instalaciones que estén a la altura y no sean esta falta de respeto. Igualmente, el sistema de ventiladores en la terraza es pobre, y entre que no hay los suficientes y alguno o algunos no funcionan, la sensación es que te regatean a la hora de ofrecer y no se cortan un pelo a la hora de cobrarte. Queremos mucho a Catalina y queremos mucho a Óscar Manresa, pero en estos detalles no nos sentimos queridos de vuelta. Y como lo de las ostras, es una lástima.La cocina está bien pero siguiendo siempre la ley del mínimo esfuerzo: cuando estaba el cocinero del Tickets había imaginación y talento, ahora los platos son correctos sin más: ese 6,5 que no te da derecho a quejarte pero tampoco motivo para celebrar, y de ahí que haga más ilusión estar que comer. Podría no ser así, y no sería tan difícil, porque Óscar tiene el instinto necesario para crear una carta súper sexy. Pero una vez más da la impresión que quiere hacer lo justo, lo justísimo para poder cobrar el precio que tenía pensado. Dejemos esto claro: todo o casi todo flota por encima de lo aceptable, pero luego hay motivos para el desánimo. La casa tiene por ejemplo esa manía, tan de cocinero pobre, de decorar con cebollino los platos. Es la fiesta del cebollino por encima de cualquier cosa que te traigan. No entiendo cómo no se dan cuenta del terrible mensaje que mandan.La parte más agradable es la de beber. Los camareros son todos muy amables y no sólo eso, sino que se esfuerzan por servir rápido y bien. Ponen buena cara, y buena fe, y se nota que no es comedia. Se preocupan porque estés bien. Están atentos a lo que les pides y luego cuando lo traen ves que no se han equivocado. Es remarcable encontrar un servicio tan profesional y entregado en un sitio de playa, de vocación más industrial que artesanal, y con el calor que hace, sobre todo dentro, por causa de que nadie ha querido gastar en una refrigeración que no constituya un desprecio a los clientes y a los trabajadores.Ir a tomar un baño entre gintónic y gintónic es muy agradable. Hay que ir a Catalina vestido en bañador y camisa (o vestido) de lino, para poder bañarse con sólo quitarse lo de encima; hay una ducha en la misma playa para quitarse la sal. No hace falta toalla, el sol te seca y es agradable ponerte el lino sobre la piel mojada. Es importante que el calzado se pueda mojar porque sinó con la arena es un lío. Catalina no quiere ser un chiringuito pero yo tampoco quería ser calvo. Y con el calor que hace ‘indoor’, los escasos y estropeados ventiladores del exterior, y la comida de sí y no, como mejor provecho le sacas a la casa, como más responde a algo identificable, es como chiringuito de gama altita y con el mar de fondo. Cuando Óscar Manresa lo descubra, ganará más dinero y seremos todos más felices. No es que ahora no lo seamos, pero lo seremos todavía más, porque centraremos el disparo.Hay aparcamiento pero en Catalina se bebe mucho y se come poco (si sabes hacer lo inteligente) y hay controles policiales en el camino de regreso, con una policía especialmente quisquillosa en estos tramos. Nada que decir: hacen su trabajo; pero créanme, lo hacen. Ir en taxi no es carísimo, de hecho es mucho más barato de lo que cuesta un arroz con gambas decoradas con cebollino. ¡Cebollino sobre gambas a 84 euros! Qué tiempos aquellos en que cuando entraba en la cocina de la finca de mi abuela y veía cebollino por encima de un plato, o que olía a ajo o a cebolla, sabía que era la comida del chófer. Cualquier vestimenta que no sea la de bañador y lino (en hombres y mujeres) condenará a los comensales a un calor africano y a sudores incompatibles con el bienestar y con estar presentable delante de una chica a la que pretendas agradar, o por lo menos no ofender.No tienen tónica cero, no tienen tónica Schweppes, las margaritas son correctas y los negroni son buenos, pero como cuando te dicen que el Barça ha ganado la Champions y resulta que es el femenino.Queremos mucho a Catalina. Queremos mucho a Óscar Manresa y apreciamos tener a un tipo que siempre hace cosas bonitas e interesantes para Barcelona. Pero queremos que Catalina y Óscar nos quieran un poco más, y que mientras tanto, como en Jondal, tengan una manera pensada, segura y cómoda de darnos acceso a la playa.
Catalina es un restaurante en Gavá regentado y concebido por Óscar Manresa. Óscar es un tipo alegre, noble, que siempre hace cosas bonitas, caras y de buena calidad. No tiene aspiraciones de alta cocina y por lo tanto no se las podemos exigir. Pero todo … lo que te da tiene sentido, y es un sentido reconocible, el que tú esperabas.
Catalina está en Gavá, cerca de la playa, pero su paisaje son los pinos. Es un restaurante con zona interior pero su atractivo es el porche y la terraza. Son las mesas más bonitas, frente al bosquecito tan mediterráneo. La carta es muy simple, pero es que además no hace falta complicarse. Ostras y jamón de primero, y de segundo una carne, un arroz o un pescado. Si no te gustan las ostras es una lástima pero hay alternativas. Pero oye, es una lástima que no te gusten las ostras, de verdad te lo digo. En cualquier caso: come poco o come menos, yo el arroz me lo ahorraría: pide, además de las ostras y el jamón, el carpaccio de tomate y el aguacate. Poco y ligero.
Y con esto estás. No tiene sentido comer mucho más, por lo menos en Catalina. Primero, porque no hay ninguna necesidad, y segundo porque tampoco ganarás nada. Catalina no es un restaurante en el que comer sea lo importante. Lo importante es estar, y cuando tengas demasiado calor pides que te abran las vallas de la playa y te vas a dar un baño; y vuelves con las ganas renovadas de tomar otra copa. Ésta es la función de Catalina, estar y si puede ser con una mujer que te guste mucho.
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En el capítulo de los reproches, la refrigeración de la zona está mal resuelta, el aire no da para más. Y no porque las puertas estén abiertas, que lo están, sino porque no hay una inversión decente en aire acondicionado. A mí me parece muy bien que Catalina ponga los precios que le parezca, pero tiene que corresponder con unas instalaciones que estén a la altura y no sean esta falta de respeto. Igualmente, el sistema de ventiladores en la terraza es pobre, y entre que no hay los suficientes y alguno o algunos no funcionan, la sensación es que te regatean a la hora de ofrecer y no se cortan un pelo a la hora de cobrarte. Queremos mucho a Catalina y queremos mucho a Óscar Manresa, pero en estos detalles no nos sentimos queridos de vuelta. Y como lo de las ostras, es una lástima.
La cocina está bien pero siguiendo siempre la ley del mínimo esfuerzo: cuando estaba el cocinero del Tickets había imaginación y talento, ahora los platos son correctos sin más: ese 6,5 que no te da derecho a quejarte pero tampoco motivo para celebrar, y de ahí que haga más ilusión estar que comer. Podría no ser así, y no sería tan difícil, porque Óscar tiene el instinto necesario para crear una carta súper sexy. Pero una vez más da la impresión que quiere hacer lo justo, lo justísimo para poder cobrar el precio que tenía pensado. Dejemos esto claro: todo o casi todo flota por encima de lo aceptable, pero luego hay motivos para el desánimo. La casa tiene por ejemplo esa manía, tan de cocinero pobre, de decorar con cebollino los platos. Es la fiesta del cebollino por encima de cualquier cosa que te traigan. No entiendo cómo no se dan cuenta del terrible mensaje que mandan.
La parte más agradable es la de beber. Los camareros son todos muy amables y no sólo eso, sino que se esfuerzan por servir rápido y bien. Ponen buena cara, y buena fe, y se nota que no es comedia. Se preocupan porque estés bien. Están atentos a lo que les pides y luego cuando lo traen ves que no se han equivocado. Es remarcable encontrar un servicio tan profesional y entregado en un sitio de playa, de vocación más industrial que artesanal, y con el calor que hace, sobre todo dentro, por causa de que nadie ha querido gastar en una refrigeración que no constituya un desprecio a los clientes y a los trabajadores.
Ir a tomar un baño entre gintónic y gintónic es muy agradable. Hay que ir a Catalina vestido en bañador y camisa (o vestido) de lino, para poder bañarse con sólo quitarse lo de encima; hay una ducha en la misma playa para quitarse la sal. No hace falta toalla, el sol te seca y es agradable ponerte el lino sobre la piel mojada. Es importante que el calzado se pueda mojar porque sinó con la arena es un lío.
Catalina no quiere ser un chiringuito pero yo tampoco quería ser calvo. Y con el calor que hace ‘indoor’, los escasos y estropeados ventiladores del exterior, y la comida de sí y no, como mejor provecho le sacas a la casa, como más responde a algo identificable, es como chiringuito de gama altita y con el mar de fondo. Cuando Óscar Manresa lo descubra, ganará más dinero y seremos todos más felices. No es que ahora no lo seamos, pero lo seremos todavía más, porque centraremos el disparo.
Hay aparcamiento pero en Catalina se bebe mucho y se come poco (si sabes hacer lo inteligente) y hay controles policiales en el camino de regreso, con una policía especialmente quisquillosa en estos tramos. Nada que decir: hacen su trabajo; pero créanme, lo hacen. Ir en taxi no es carísimo, de hecho es mucho más barato de lo que cuesta un arroz con gambas decoradas con cebollino. ¡Cebollino sobre gambas a 84 euros! Qué tiempos aquellos en que cuando entraba en la cocina de la finca de mi abuela y veía cebollino por encima de un plato, o que olía a ajo o a cebolla, sabía que era la comida del chófer.
Cualquier vestimenta que no sea la de bañador y lino (en hombres y mujeres) condenará a los comensales a un calor africano y a sudores incompatibles con el bienestar y con estar presentable delante de una chica a la que pretendas agradar, o por lo menos no ofender.
No tienen tónica cero, no tienen tónica Schweppes, las margaritas son correctas y los negroni son buenos, pero como cuando te dicen que el Barça ha ganado la Champions y resulta que es el femenino.
Queremos mucho a Catalina. Queremos mucho a Óscar Manresa y apreciamos tener a un tipo que siempre hace cosas bonitas e interesantes para Barcelona. Pero queremos que Catalina y Óscar nos quieran un poco más, y que mientras tanto, como en Jondal, tengan una manera pensada, segura y cómoda de darnos acceso a la playa.
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