El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (Met) estrena la primavera con una muestra monumental, que ha supuesto más de siete años de trabajo y requerido los préstamos de más de sesenta museos y colecciones privadas de todo el mundo. Rafael: poesía sublime es la primera gran antológica dedicada al maestro italiano en EE UU; al niño prodigio, el Mozart del Renacimiento, que antes de los 25 años ya era pintor vaticano y a su muerte, el día que cumplía 37, dejó una obra inabarcable: pinturas, dibujos, excelsos grabados, tapices y artes decorativas; también diseños arquitectónicos o apuntes al natural de los monumentos de Roma.
Una gran retrospectiva sobre el artista, la primera en EE UU, reúne obras procedentes de museos y colecciones privadas de todo el mundo y zanja debates sobre la atribución de sus dibujos
El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (Met) estrena la primavera con una muestra monumental, que ha supuesto más de siete años de trabajo y requerido los préstamos de más de sesenta museos y colecciones privadas de todo el mundo. Rafael: poesía sublime es la primera gran antológica dedicada al maestro italiano en EE UU; al niño prodigio, el Mozart del Renacimiento, que antes de los 25 años ya era pintor vaticano y a su muerte, el día que cumplía 37, dejó una obra inabarcable: pinturas, dibujos, excelsos grabados, tapices y artes decorativas; también diseños arquitectónicos o apuntes al natural de los monumentos de Roma.
La exposición del Met representa “un gran esfuerzo de colaboración internacional bajo el que subyace el espíritu de colegialidad y amistad que une a numerosas instituciones, tanto de Europa como de Estados Unidos”, explica Max Hollein, director del museo. Obras magnas en poder del Museo del Prado o tres tapices monumentales de las Colecciones Reales, un encargo de Felipe II a artesanos flamencos según dibujos de Rafael, abandonan temporalmente Madrid para exhibirse en Nueva York hasta el 28 de junio. Pero también algunas de las obras más valiosas del Louvre, la galería Albertina de Viena, el Ashmolean de Oxford, la National Gallery de Washington, los Uffizi o, cómo no, los fondos propios del Met, entre otros muchos. Porque la exposición pretende “enseñar a Rafael no sólo de la manera más hermosa, sino también de la forma más exhaustiva posible”, añade Hollein.

Artista, arquitecto, arqueólogo; pintor del Vaticano y de la élite de su tiempo —también de la intelectual, valga como ejemplo el imponente retrato de Baltasar Castiglione, autor de El cortesano—; hombre enamorado que inmortalizó a su musa, la Fornarina, Rafael vivió deprisa y murió joven, “tal vez de sobrecarga de trabajo”, explica Carmen Bambach, comisaria de la muestra y curadora del departamento de Dibujos y Grabados del Met, aunque, sobre todo, una gran experta en Rafael. Bambach se declara emocionada porque siete años de trabajo, de contactos a uno y otro lado de todos los océanos posibles, se plasmen en una oportunidad única, “puede que única en generaciones”, subraya el director del Met. La mayoría de las obras expuestas nunca se ha visto en Estados Unidos.
Es la visión —el conocimiento— de Bambach de Rafael la que inspira la muestra y el voluminoso catálogo que la acompaña: una visión del artista, pero también de la recepción y percepción de su obra a lo largo de los cinco últimos siglos. La comisaria se corona en el Met tras sendas exposiciones sobre Leonardo y Miguel Ángel. El trabajo de más de 100 personas ha hecho posible el montaje, igual que el apoyo de una veintena de patrocinadores. “Es una exposición costosa”, apunta Hollein.

“Dado que las obras son extremadamente frágiles, el Met será la única sede de la muestra. La exposición reúne un total de 237 obras. Y del total, 175 son de Rafael —dibujos y pinturas—, seleccionadas de colecciones públicas y privadas de todo el mundo”, explica Bambach, de origen chileno.
Raffaello di Giovanni Santi, Rafael Sanzio o, sencillamente, Rafael, nació en 1483 en Urbino (Italia) y falleció en Roma en 1520. Pese a su prematura muerte, fue “una figura colosal en la historia del arte occidental”, explica la comisaria. “Fue, sin duda alguna, un niño prodigio; su inmensa facilidad creativa, sumada a la brevedad de su existencia, ha llevado a algunos a calificarle como el Mozart del arte occidental”.
El ascenso de Rafael como artista fue meteórico: desde sus modestos orígenes en las regiones de Las Marcas y Umbría, escaló hasta alcanzar las más altas esferas de la sociedad y del poder en la corte de los Papas en Roma, previo paso por Florencia. “Amasó una gran fortuna y, ya en vida, fue aclamado como el príncipe de los pintores”. Para reflejar ese intenso itinerario, la muestra está concebida en orden cronológico: desde sus inicios artísticos a finales de la década de 1490 hasta su fallecimiento. Algunas secciones se centran también en temas clave, como su iconografía de la Virgen con el Niño y sus retratos, cargados de alma, de hombres y mujeres de su época, incluyendo el delicado retrato de su amada, La Fornarina, la joven romana Margherita Luti, hija de un panadero (fornaio en italiano), y que se titula en realidad Retrato de una joven.

“A medida que se desarrollaba como artista, se convirtió en un pintor narrativo extraordinario; un cuentacuentos que sabía capturar al instante la trama de una historia o de una escena con su mayor dramatismo. Sus figuras adquieren una fuerza impactante, tanto por su tamaño como por su poder expresivo. Sus pinturas y dibujos de la etapa final parecen cobrar vida propia y adquieren una tridimensionalidad asombrosa”, explica Bambach.
Junto a la evolución intrínseca de su estilo, en Rafael destaca su productividad, de ahí lo fecundo de su corta carrera. “Destacó no solo como pintor y dibujante, sino también como arquitecto, diseñador de tapices y escenografías teatrales, topógrafo de la antigua Roma y sus monumentos y, en ocasiones, como poeta [compuso algunos sonetos]; además de ser un auténtico entusiasta de las fiestas y celebraciones”.
La hiperactividad de Rafael en los últimos 10 años de su carrera “es probable que sea la razón por la que falleció [tan pronto], a causa del exceso de trabajo más que por la pasión amorosa”, apunta la experta, aunque varias fuentes, incluido Vasari, hablan de un desenlace fatal por “agotamiento provocado por incesantes intereses románticos”. Otros aluden a una enfermedad infecciosa y a 15 días de cruel agonía.
Dibujos que zanjan dudas sobre las atribuciones
Una parte relevante de la muestra es el conjunto de 144 dibujos preparatorios, lo que permite ver su creación desde dentro al colocarlos junto a las pinturas y grabados que inspiran; así, queda de relieve la “continuidad técnica” que identifica al genio frente a su taller y se zanja toda duda acerca de una posible atribución de obras salidas de su pincel a ayudantes o aprendices.

“La genialidad de sus dibujos fue apreciada discretamente, solo por coleccionistas entendidos, a lo largo de cinco siglos, a pesar de que dichos dibujos constituían la columna vertebral de su creatividad. Sus pinturas fueron la envidia de los coleccionistas de todo el continente europeo”, explica la experta. Incluso fueron objeto de un expolio: un gran número de sus obras monumentales —como la Virgen del pez y el Éxtasis de Santa Cecilia— fueron expropiadas por Napoleón y trasladadas a París a finales de la década de 1790 para integrar su nuevo museo. “Estas pinturas solo fueron restituidas a Italia y España alrededor de 1815”.
“Me gusta considerar a Rafael como el mayor influencer de todos los tiempos, desde aproximadamente 1510 hasta finales del siglo XIX”, bromea Bambach. “Idolatrado como un artista supremo del Renacimiento italiano, por encima de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel”. Si, según las convenciones al uso, hoy se le situaría, “de manera insolente”, tras los dos, la comisaria le reivindica como un primus inter pares, “absolutamente a la misma altura que Leonardo y Miguel Ángel, solo que con una personalidad artística exquisita y muy diferente”. La pasión por su obra también ilustra los vaivenes en la historia del gusto y del coleccionismo, es decir, ese par de notas al pie de la historia del arte.

Bambach cita un célebre verso de la Ars Poetica de Horacio (Ut pictura poesis, tal como es la pintura, así es la poesía) para definir su obra, en la que hay algo más que trazos, color o volúmenes: hay poesía. “La fuerza dramática de sus imágenes recordaba a menudo a los espectadores cultos del Renacimiento aquel antiguo aforismo —muy invocado en la época— de que la pintura es una poesía muda y la poesía, una pintura ciega. Esta idea se basaba en el conocimiento general de un célebre verso de la Ars Poetica de Horacio: Tal como es la pintura, así es la poesía. En los elevados círculos intelectuales en los que Rafael desarrollaba su arte, la pintura y la poesía se entrelazaban de manera indisoluble”.
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