Sánchez, entre la «cremá» y la «mascletá»

A un mes de las Fallas, el Museo Príncipe Felipe de la Ciudad de las Artes y las Ciencias valenciana presenta la Exposición del Ninot: setecientas sesenta y seis figuras de las que dos se librarán de las llamas para engrosar la colección de «ninots indultats». Para «cremá», la del PSOE. El cesarismo de Sánchez no deja crecer la hierba. Recuerda a Convergència. En las tres décadas de poder omnisciente Pujol no dejó que nadie le hiciera sombra. La sentencia nipona -«clavo que sobresale, martillazo»- enviaba a la quema a los alumnos más aventajados. La inmolación consistía en ponerlos de cabeza de lista en las municipales barcelonesas frente al socialismo «olímpico» de Maragall y Clos. Ahí se quemaron Ramón Trias Fargas, Josep Maria Cullell, Miquel Roca Junyent y Joaquim Molins. Cullell, el «guaperas» convergente, acabó en el ostracismo por un tráfico de influencias urbanístico en Torelló. Roca retornó a la abogacía. Molins buscó acomodo en la sociedad civil. Artur Mas acabó también en la hoguera municipal, pero fue «indultado». Debería guardar el sillón de la Generalitat hasta que Oriol, el delfín del Patriarca, estuviera preparado para una sucesión política que abortó el escándalo de las ITV. Cuando en 2014 Pujol confesó que era un evasor de capitales Convergència estaba hecha unos zorros. La corrupción del 3 por ciento y el embargo de la sede del partido obligaron al cambio de nombre en PDECat. Y de ahí a Puigdemont. El Bifugado quiso ser a Junts lo que Pujol fue a Convergència pero en diapasón separatista. Le salió una secta. Pese a su menguante cuota electoral, la precariedad parlamentaria socialista les ha brindado respiración asistida. Sánchez reproduce la estrategia pujolista. En Extremadura remató a un Gallardo que era un cadáver político por culpa de su musical hermano. En Aragón acaba de inmolarse la ministra y portavoz Pilar Alegría; la histriónica María Jesús Montero ya está en capilla camino de Andalucía. Para Castilla León tiene a Carlos Martínez Mínguez, otro peón rumbo al sacrificio en este PSOE donde rige la obediencia ciega.Y como no hay «cremá» sin «mascletá» Sánchez compensa los fracasos electorales con numeritos de política internacional. Pretende distraer al personal de la catástrofe ferroviaria, la falta de Presupuestos, la regularización masiva, la suelta de etarras o los pagos a unos socios que erosionan la dignidad nacional, le mantienen en la Moncloa y cabrean a un electorado que acaba votando a Vox. Si hace un par de meses el menú populista del sanchismo era el «genocidio» en Gaza, ahora es ponerse chulo con los que llama «tecnooligarcas». El inquiokupa finge el noble propósito de proteger a los menores de dieciséis años. Dos operaciones de propaganda, con más ruido que nueces. Si la primera campaña fue un descarado peloteo a la izquierda antisemita, con la segunda podríamos coincidir si no estuviera fuera de las competencias de un gobierno nacional. Lo han advertido desde una Unión Europea que también pone en cuestión la regularización unilateral de inmigrantes. Sánchez quiere prohibir las redes sociales a los mismos menores a los que se permite cambiar de sexo ninguneando a padres o psicólogos. Todo muy coherente: denunciar a X y Tik Tok…, desde X y Tik Tok.El 15 de marzo montarán las fallas para la «cremá» del 19. Después de Ábalos, Cerdán, Koldo, Gallardo y Alegría, otro «ninot» de Sánchez -pobre Martínez- arderá en Castilla León. La política española huele a tierra quemada. La socialdemocracia que arrumbó el populismo sanchista para captar a la ultraizquierda. El PP descentrado por una extrema derecha que gana sin bajar del autobús. Es la «mascletá» de Sánchez. La confrontación permanente. A un mes de las Fallas, el Museo Príncipe Felipe de la Ciudad de las Artes y las Ciencias valenciana presenta la Exposición del Ninot: setecientas sesenta y seis figuras de las que dos se librarán de las llamas para engrosar la colección de «ninots indultats». Para «cremá», la del PSOE. El cesarismo de Sánchez no deja crecer la hierba. Recuerda a Convergència. En las tres décadas de poder omnisciente Pujol no dejó que nadie le hiciera sombra. La sentencia nipona -«clavo que sobresale, martillazo»- enviaba a la quema a los alumnos más aventajados. La inmolación consistía en ponerlos de cabeza de lista en las municipales barcelonesas frente al socialismo «olímpico» de Maragall y Clos. Ahí se quemaron Ramón Trias Fargas, Josep Maria Cullell, Miquel Roca Junyent y Joaquim Molins. Cullell, el «guaperas» convergente, acabó en el ostracismo por un tráfico de influencias urbanístico en Torelló. Roca retornó a la abogacía. Molins buscó acomodo en la sociedad civil. Artur Mas acabó también en la hoguera municipal, pero fue «indultado». Debería guardar el sillón de la Generalitat hasta que Oriol, el delfín del Patriarca, estuviera preparado para una sucesión política que abortó el escándalo de las ITV. Cuando en 2014 Pujol confesó que era un evasor de capitales Convergència estaba hecha unos zorros. La corrupción del 3 por ciento y el embargo de la sede del partido obligaron al cambio de nombre en PDECat. Y de ahí a Puigdemont. El Bifugado quiso ser a Junts lo que Pujol fue a Convergència pero en diapasón separatista. Le salió una secta. Pese a su menguante cuota electoral, la precariedad parlamentaria socialista les ha brindado respiración asistida. Sánchez reproduce la estrategia pujolista. En Extremadura remató a un Gallardo que era un cadáver político por culpa de su musical hermano. En Aragón acaba de inmolarse la ministra y portavoz Pilar Alegría; la histriónica María Jesús Montero ya está en capilla camino de Andalucía. Para Castilla León tiene a Carlos Martínez Mínguez, otro peón rumbo al sacrificio en este PSOE donde rige la obediencia ciega.Y como no hay «cremá» sin «mascletá» Sánchez compensa los fracasos electorales con numeritos de política internacional. Pretende distraer al personal de la catástrofe ferroviaria, la falta de Presupuestos, la regularización masiva, la suelta de etarras o los pagos a unos socios que erosionan la dignidad nacional, le mantienen en la Moncloa y cabrean a un electorado que acaba votando a Vox. Si hace un par de meses el menú populista del sanchismo era el «genocidio» en Gaza, ahora es ponerse chulo con los que llama «tecnooligarcas». El inquiokupa finge el noble propósito de proteger a los menores de dieciséis años. Dos operaciones de propaganda, con más ruido que nueces. Si la primera campaña fue un descarado peloteo a la izquierda antisemita, con la segunda podríamos coincidir si no estuviera fuera de las competencias de un gobierno nacional. Lo han advertido desde una Unión Europea que también pone en cuestión la regularización unilateral de inmigrantes. Sánchez quiere prohibir las redes sociales a los mismos menores a los que se permite cambiar de sexo ninguneando a padres o psicólogos. Todo muy coherente: denunciar a X y Tik Tok…, desde X y Tik Tok.El 15 de marzo montarán las fallas para la «cremá» del 19. Después de Ábalos, Cerdán, Koldo, Gallardo y Alegría, otro «ninot» de Sánchez -pobre Martínez- arderá en Castilla León. La política española huele a tierra quemada. La socialdemocracia que arrumbó el populismo sanchista para captar a la ultraizquierda. El PP descentrado por una extrema derecha que gana sin bajar del autobús. Es la «mascletá» de Sánchez. La confrontación permanente.  

Spectator in Barcino

Reproduce la estrategia pujolista. En Extremadura remató a Gallardo. En Aragón acaba de inmolarse Alegría; Montero ya está en capilla camino de Andalucía. Para Castilla León, Carlos Martínez Mínguez, rumbo al sacrificio

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno Jaime García

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