Sin cadáver, sí hay crimen

«Aún se dice que ‘sin cuerpo, no hay delito’, y es una falacia», constata el sargento Pere Sànchez , jefe de la Unidad Central de Personas Desaparecidas (UCPD) de los Mossos d’Esquadra. Una unidad, adscrita a la División de Investigación Criminal (DIC), que, en 2014, consiguió un hito en España: la primera condena por un homicidio sin cadáver , ni restos biológicos, escena del crimen, o testigos, tras una minuciosa investigación, la que se saldó con una sentencia de 30 años de prisión para Ramón Laso . Un «psicópata de manual», que ya había estado entre rejas por simular el suicidio de su mujer en 1988 y, unos meses más tarde, matar también a su hijo, fingiendo un accidente de coche, por el que además se embolsó tres millones de pesetas. El historial criminal de Laso continuó una vez salió de la cárcel, pese a que trató de hacerlo pasar por dos desapariciones: la de su entonces pareja y su cuñado. «Todos tenían claro que había sido el autor de los hechos, pero no había manera de probarlo», explica ahora a ABC el sargento, que fue quien consiguió llevarlo de nuevo al banquillo y, finalmente, su condena, tras exponer ante el jurado los indicios recabados contra Laso, pese a que, a día de hoy, aún no se han encontrado los restos de las víctimas. El investigador tiene tan integrada la pedagogía que debe desplegar ante un tribunal popular que, durante la entrevista con este diario, acaba planteando él mismo muchas de las incógnitas sobre su trabajo, para luego resolverlas. Quizá, por deformación profesional, acostumbrado a que las defensas lo interrumpan cuando detalla la concatenación de indicios, ante la ausencia de prueba directa. Y es es que, tal y como establece la jurisprudencia del Supremo, de forma aislada estos serían insuficientes, mientras que analizados en su conjunto cobran sentido y permiten realizar inferencias. En este caso: probar un homicidio sin cadáver. El caso de Laso marcó un precedente porque, a diferencia de otros execrables crímenes sin cadáver (¿acaso alguno no lo es?), carecía, efectivamente, de cualquier prueba directa. En el de la joven sevillana Marta del Castillo hubo confesión por parte de Miguel Carcaño. En el de José Bretón, finalmente se localizaron restos de sus dos hijos en la finca de Las Quemadillas (Córdoba). Pero de   Julia y Maurici, pareja y cuñado de Ramón, no. ¿Cuál fue la clave entonces para llevarlo a juicio? Los Mossos de esta unidad especializada no la encontraron hasta que entendieron cómo funcionaba la mente del sospechoso, confiesa Sànchez.«Había un paralelismo absoluto entre los hechos de los 80, cuando mató a su mujer y a su hijo de 6 años, y los del 2009». Un patrón. El de un psicópata funcional. «No de un depredador que actúa por impulso, sino de alguien que tiene un interés y si tú le molestas, te cosifica, y te ve como a un objeto. A su hijo lo mató porque quería mantener una relación con una señora sin responsabilidad paterna. El niño le sobraba. Hasta que no entiendes que puede hacer eso, no entiendes cómo actúa». El mismo ‘razonamiento’ aplicó Laso con sus siguientes víctimas. «Estaba con Julia y empezó otra relación con la hermana de ella. Le propuso fugarse juntos, pero esta le dijo que no iba a separarse de su marido. ¿Quién le sobraba? Su pareja y su cuñado», ataja Sànchez. Y así lo consideró probado el fallo que lo condenó. RAMÓN LASO Había matado anteriormente a su mujer y a su hijo de 6 años, porque «le sobraba». Es un «psicópata de manual» Ramón Laso, en imagen de EfeLaso reacciona ante ‘inputs’ sexuales y económicos . «Cuando aparezca este impulso, si tiene que matar, lo hará», vaticina Sànchez. La triangulación de su teléfono y la posición de su coche -tras poder ‘cruzar’ ambos indicios, con el balizado del vehículo, algo entonces alegal, hasta la modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal en 2015-, se tradujeron en una sentencia pionera en España, a la que la unidad que comanda el sargento ha sumado otras dos. La de Mohamed Tahiri por el crimen de su expareja, Piedad Moya; y, esta semana, la de Luis Bonet por matar a su socio Diego Vargas. Pero, antes de pedir a Pere Sànchez que detalle los entresijos de ambos casos, ¿cómo se investigan este tipo de crímenes? ¿Qué los distingue de un homicidio al uso? «Todo empieza con una denuncia por desaparición sin causa aparente. Inicialmente, la trabaja la unidad de investigación de la comisaría donde se interpone pero, si aflora una posible participación delictiva, puede haber mil elementos que nos hagan levantar la liebre. Desde la declaración de un testigo hasta contradicciones entre estos». No tienen que ser indicios de criminalidad propiamente dichos, pero sí sospechas que trasladen las pesquisas hasta la unidad especializada. «En base a la experiencia, valoramos si esos factores nos llevan a asumir la investigación». Violencia de géneroDel total de desapariciones, el porcentaje que esconde un homicidio es «ínfimo», pero «haberlas, haylas», explica el investigador. Desde 2010, cuando se creó la UCPD, han sido 28. De estas, más del 70%, por violencia de género. Y, en todos los casos, el autor formaba parte del entorno de la víctima. «¿Por qué [lo hacen]? Instinto de supervivencia. Cuando uno comete un crimen de ese nivel, toda la energía se dirige a separarse lo más rápido y lejos posible de ese escenario. Ahora, cuando alguien gasta energía, no sólo en frenar ese instinto, sino en trasladar el cadáver, aumentando las posibilidades de que lo cojan, es porque no tiene otra opción si lo que pretende es salir indemne. Llevar un cuerpo en un coche para deshacerse de él es jugársela a cara o cruz de que te paren en algún control», ilustra Sànchez. «Son cosas muy lógicas», apostilla, restándose importancia. Lo cierto es que aunque el sargento apunta que su tarea obedece, básicamente, a cuestiones de «perogrullo», sus investigaciones van unos cuantos pasos más allá de lo que estableció Edmond Locard, pionero de la Criminalística –a quien él mismo parafrasea para recordar que «tiempo que pasa, verdad que huye»– y que sentó las bases de lo que ahora conocemos como Policía Científica. Locard acuñó el principio de transferencia, según el cual «todo contacto deja su rastro», pero… ¿qué hay que hacer cuando no hay ningún rastro? «Si tú has conseguido ocultar un cadáver y eliminar los indicios que se han derivado del hecho criminal…si no se abre una investigación hasta transcurridos varios años, tienes muchos números de fracasar», asume el sargento. A evitar ese fracaso se dedica su unidad. Hasta el momento, con notable éxito. «Había limpiado todo el domicilio»Con Mohamed Tahiri, «sin cadáver, ningún testimonio, ni indicio biológico o escenario –aunque teníamos claro que era el domicilio, pero lo había limpiado todo–, desmontamos su coartada». Y para ello hay que remontarse a las bases de esta unidad. Lo primero que deben acreditar es la ausencia de actividad vital de las víctimas. «Necesitamos demostrar que la persona desaparecida no está viva. Es la primera fase de la metodología de trabajo. Y es preliminar, dado que no hay cuerpo, ni evidencias físicas de acción violenta contra nadie». Los investigadores deben demostrar que esa persona no se ha ido voluntariamente, dejando de dar señales de vida por decisión propia. También que no se ha quitado la vida o sufrido un accidente o muerte súbita. «Si no ha tocado su patrimonio, su teléfono, contactado con la familia con la que ya has comprobado que mantiene una excelsa relación… es cuando se constata que la víctima ha muerto», precisa.MOHAMED TAHIRI Pese a la condena, nunca ha confesado haber matado a su expareja, Piedad Moya, cuyo cuerpo sigue sin localizarse Imagen de Piedad MoyaFallecido, sí, pero eso no quiere decir que estemos hablando de un crimen, frena el sargento. «A partir de aquí –y con las correspondientes autorizaciones judiciales–, hay que determinar la posible causa de la muerte. Entonces, ¿qué hacemos? No tiene misterio. Hoy en día, raro sería que una persona no tuviese móvil. Si alguien se ha perdido, se rastrea la zona donde ha sufrido esa falta de actividad vital. Aquí lo que hace falta es buscar, no investigar. ¿Dónde? En base a la cobertura del teléfono y el último repetidor al que se ha conectado. Ahí se enfocarán todos los recursos».Si no se trata de una muerte criminal y, efectivamente, se han destinado todos los recursos a esa búsqueda, el cuerpo debería aparecer. «Ahí está la suma de elementos para poder empezar a poner sobre la mesa la participación de terceros en la ocultación de cadáver [aún sin plantear el plausible homicidio]. Son pasos e investigaciones largas».Exterior de la nave donde Luis Bonet mató a Diego Vargas Inés BaucellsEn el caso de Tahiri, demostraron que mató a Piedad Moya con indicios «abrumadores» –corroboró el Supremo–. Entre otros, su permanencia durante toda la noche en el terreno que tenía la ya expareja, y al que, en meses anteriores habían acudido en contadas ocasiones. En el de Bonet, tal y como detalló este diario, las imágenes de una cámara de seguridad permitieron desmontar su coartada. Aseguró que la víctima, Diego Vargas, había abandonado la nave de Sant Andreu (Barcelona), donde ambos estuvieron solos, el mediodía del 11 de mayo de 2020. Vargas nunca salió de allí y nadie volvió a verlo. El que sí abandonó la nave a esa hora, con su furgoneta Iveco blanca, como luego corroboraron los Mossos gracias a una llamada perdida que realizó la mujer de la víctima, fue Luis. Con él se llevó el teléfono de Diego. Pretendía dar verosimilitud a su versión exculpatoria, «paseando el móvil», como se dice en argot policial, pero no tuvo éxito.LUIS BONET Una cámara lo captó saliendo de la nave donde mató a Diego Vargas, y ese fue el indicio clave para desmontar su coartada Cartel de la desaparición de Diego VargasLaso, Tahiri y Bonet han sido condenados a 15 años de cárcel por cada homicidio. Ninguno de ellos ha confesado y los cuerpos de sus víctimas no han podido ser localizados. Tampoco el de Cristina Bergua, la joven de 16 años que desapareció el 9 de marzo de 1997 en Cornellá. Por eso, cada 9 de marzo se conmemora el día de los desaparecidos sin causa aparente. Gracias a sus padres, Luisa y Juan, que aún siguen esperando respuestas, nació Inter-SOS, primera asociación de España para impulsar sus búsquedas. Un empeño que, junto al de muchas otras familias, se tradujo, no sólo en avances en las investigaciones, sino también en la creación del Centro Nacional de Desaparecidos (CNDES) . «Aún se dice que ‘sin cuerpo, no hay delito’, y es una falacia», constata el sargento Pere Sànchez , jefe de la Unidad Central de Personas Desaparecidas (UCPD) de los Mossos d’Esquadra. Una unidad, adscrita a la División de Investigación Criminal (DIC), que, en 2014, consiguió un hito en España: la primera condena por un homicidio sin cadáver , ni restos biológicos, escena del crimen, o testigos, tras una minuciosa investigación, la que se saldó con una sentencia de 30 años de prisión para Ramón Laso . Un «psicópata de manual», que ya había estado entre rejas por simular el suicidio de su mujer en 1988 y, unos meses más tarde, matar también a su hijo, fingiendo un accidente de coche, por el que además se embolsó tres millones de pesetas. El historial criminal de Laso continuó una vez salió de la cárcel, pese a que trató de hacerlo pasar por dos desapariciones: la de su entonces pareja y su cuñado. «Todos tenían claro que había sido el autor de los hechos, pero no había manera de probarlo», explica ahora a ABC el sargento, que fue quien consiguió llevarlo de nuevo al banquillo y, finalmente, su condena, tras exponer ante el jurado los indicios recabados contra Laso, pese a que, a día de hoy, aún no se han encontrado los restos de las víctimas. El investigador tiene tan integrada la pedagogía que debe desplegar ante un tribunal popular que, durante la entrevista con este diario, acaba planteando él mismo muchas de las incógnitas sobre su trabajo, para luego resolverlas. Quizá, por deformación profesional, acostumbrado a que las defensas lo interrumpan cuando detalla la concatenación de indicios, ante la ausencia de prueba directa. Y es es que, tal y como establece la jurisprudencia del Supremo, de forma aislada estos serían insuficientes, mientras que analizados en su conjunto cobran sentido y permiten realizar inferencias. En este caso: probar un homicidio sin cadáver. El caso de Laso marcó un precedente porque, a diferencia de otros execrables crímenes sin cadáver (¿acaso alguno no lo es?), carecía, efectivamente, de cualquier prueba directa. En el de la joven sevillana Marta del Castillo hubo confesión por parte de Miguel Carcaño. En el de José Bretón, finalmente se localizaron restos de sus dos hijos en la finca de Las Quemadillas (Córdoba). Pero de   Julia y Maurici, pareja y cuñado de Ramón, no. ¿Cuál fue la clave entonces para llevarlo a juicio? Los Mossos de esta unidad especializada no la encontraron hasta que entendieron cómo funcionaba la mente del sospechoso, confiesa Sànchez.«Había un paralelismo absoluto entre los hechos de los 80, cuando mató a su mujer y a su hijo de 6 años, y los del 2009». Un patrón. El de un psicópata funcional. «No de un depredador que actúa por impulso, sino de alguien que tiene un interés y si tú le molestas, te cosifica, y te ve como a un objeto. A su hijo lo mató porque quería mantener una relación con una señora sin responsabilidad paterna. El niño le sobraba. Hasta que no entiendes que puede hacer eso, no entiendes cómo actúa». El mismo ‘razonamiento’ aplicó Laso con sus siguientes víctimas. «Estaba con Julia y empezó otra relación con la hermana de ella. Le propuso fugarse juntos, pero esta le dijo que no iba a separarse de su marido. ¿Quién le sobraba? Su pareja y su cuñado», ataja Sànchez. Y así lo consideró probado el fallo que lo condenó. RAMÓN LASO Había matado anteriormente a su mujer y a su hijo de 6 años, porque «le sobraba». Es un «psicópata de manual» Ramón Laso, en imagen de EfeLaso reacciona ante ‘inputs’ sexuales y económicos . «Cuando aparezca este impulso, si tiene que matar, lo hará», vaticina Sànchez. La triangulación de su teléfono y la posición de su coche -tras poder ‘cruzar’ ambos indicios, con el balizado del vehículo, algo entonces alegal, hasta la modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal en 2015-, se tradujeron en una sentencia pionera en España, a la que la unidad que comanda el sargento ha sumado otras dos. La de Mohamed Tahiri por el crimen de su expareja, Piedad Moya; y, esta semana, la de Luis Bonet por matar a su socio Diego Vargas. Pero, antes de pedir a Pere Sànchez que detalle los entresijos de ambos casos, ¿cómo se investigan este tipo de crímenes? ¿Qué los distingue de un homicidio al uso? «Todo empieza con una denuncia por desaparición sin causa aparente. Inicialmente, la trabaja la unidad de investigación de la comisaría donde se interpone pero, si aflora una posible participación delictiva, puede haber mil elementos que nos hagan levantar la liebre. Desde la declaración de un testigo hasta contradicciones entre estos». No tienen que ser indicios de criminalidad propiamente dichos, pero sí sospechas que trasladen las pesquisas hasta la unidad especializada. «En base a la experiencia, valoramos si esos factores nos llevan a asumir la investigación». Violencia de géneroDel total de desapariciones, el porcentaje que esconde un homicidio es «ínfimo», pero «haberlas, haylas», explica el investigador. Desde 2010, cuando se creó la UCPD, han sido 28. De estas, más del 70%, por violencia de género. Y, en todos los casos, el autor formaba parte del entorno de la víctima. «¿Por qué [lo hacen]? Instinto de supervivencia. Cuando uno comete un crimen de ese nivel, toda la energía se dirige a separarse lo más rápido y lejos posible de ese escenario. Ahora, cuando alguien gasta energía, no sólo en frenar ese instinto, sino en trasladar el cadáver, aumentando las posibilidades de que lo cojan, es porque no tiene otra opción si lo que pretende es salir indemne. Llevar un cuerpo en un coche para deshacerse de él es jugársela a cara o cruz de que te paren en algún control», ilustra Sànchez. «Son cosas muy lógicas», apostilla, restándose importancia. Lo cierto es que aunque el sargento apunta que su tarea obedece, básicamente, a cuestiones de «perogrullo», sus investigaciones van unos cuantos pasos más allá de lo que estableció Edmond Locard, pionero de la Criminalística –a quien él mismo parafrasea para recordar que «tiempo que pasa, verdad que huye»– y que sentó las bases de lo que ahora conocemos como Policía Científica. Locard acuñó el principio de transferencia, según el cual «todo contacto deja su rastro», pero… ¿qué hay que hacer cuando no hay ningún rastro? «Si tú has conseguido ocultar un cadáver y eliminar los indicios que se han derivado del hecho criminal…si no se abre una investigación hasta transcurridos varios años, tienes muchos números de fracasar», asume el sargento. A evitar ese fracaso se dedica su unidad. Hasta el momento, con notable éxito. «Había limpiado todo el domicilio»Con Mohamed Tahiri, «sin cadáver, ningún testimonio, ni indicio biológico o escenario –aunque teníamos claro que era el domicilio, pero lo había limpiado todo–, desmontamos su coartada». Y para ello hay que remontarse a las bases de esta unidad. Lo primero que deben acreditar es la ausencia de actividad vital de las víctimas. «Necesitamos demostrar que la persona desaparecida no está viva. Es la primera fase de la metodología de trabajo. Y es preliminar, dado que no hay cuerpo, ni evidencias físicas de acción violenta contra nadie». Los investigadores deben demostrar que esa persona no se ha ido voluntariamente, dejando de dar señales de vida por decisión propia. También que no se ha quitado la vida o sufrido un accidente o muerte súbita. «Si no ha tocado su patrimonio, su teléfono, contactado con la familia con la que ya has comprobado que mantiene una excelsa relación… es cuando se constata que la víctima ha muerto», precisa.MOHAMED TAHIRI Pese a la condena, nunca ha confesado haber matado a su expareja, Piedad Moya, cuyo cuerpo sigue sin localizarse Imagen de Piedad MoyaFallecido, sí, pero eso no quiere decir que estemos hablando de un crimen, frena el sargento. «A partir de aquí –y con las correspondientes autorizaciones judiciales–, hay que determinar la posible causa de la muerte. Entonces, ¿qué hacemos? No tiene misterio. Hoy en día, raro sería que una persona no tuviese móvil. Si alguien se ha perdido, se rastrea la zona donde ha sufrido esa falta de actividad vital. Aquí lo que hace falta es buscar, no investigar. ¿Dónde? En base a la cobertura del teléfono y el último repetidor al que se ha conectado. Ahí se enfocarán todos los recursos».Si no se trata de una muerte criminal y, efectivamente, se han destinado todos los recursos a esa búsqueda, el cuerpo debería aparecer. «Ahí está la suma de elementos para poder empezar a poner sobre la mesa la participación de terceros en la ocultación de cadáver [aún sin plantear el plausible homicidio]. Son pasos e investigaciones largas».Exterior de la nave donde Luis Bonet mató a Diego Vargas Inés BaucellsEn el caso de Tahiri, demostraron que mató a Piedad Moya con indicios «abrumadores» –corroboró el Supremo–. Entre otros, su permanencia durante toda la noche en el terreno que tenía la ya expareja, y al que, en meses anteriores habían acudido en contadas ocasiones. En el de Bonet, tal y como detalló este diario, las imágenes de una cámara de seguridad permitieron desmontar su coartada. Aseguró que la víctima, Diego Vargas, había abandonado la nave de Sant Andreu (Barcelona), donde ambos estuvieron solos, el mediodía del 11 de mayo de 2020. Vargas nunca salió de allí y nadie volvió a verlo. El que sí abandonó la nave a esa hora, con su furgoneta Iveco blanca, como luego corroboraron los Mossos gracias a una llamada perdida que realizó la mujer de la víctima, fue Luis. Con él se llevó el teléfono de Diego. Pretendía dar verosimilitud a su versión exculpatoria, «paseando el móvil», como se dice en argot policial, pero no tuvo éxito.LUIS BONET Una cámara lo captó saliendo de la nave donde mató a Diego Vargas, y ese fue el indicio clave para desmontar su coartada Cartel de la desaparición de Diego VargasLaso, Tahiri y Bonet han sido condenados a 15 años de cárcel por cada homicidio. Ninguno de ellos ha confesado y los cuerpos de sus víctimas no han podido ser localizados. Tampoco el de Cristina Bergua, la joven de 16 años que desapareció el 9 de marzo de 1997 en Cornellá. Por eso, cada 9 de marzo se conmemora el día de los desaparecidos sin causa aparente. Gracias a sus padres, Luisa y Juan, que aún siguen esperando respuestas, nació Inter-SOS, primera asociación de España para impulsar sus búsquedas. Un empeño que, junto al de muchas otras familias, se tradujo, no sólo en avances en las investigaciones, sino también en la creación del Centro Nacional de Desaparecidos (CNDES) .  

«Aún se dice que ‘sin cuerpo, no hay delito’, y es una falacia», constata el sargento Pere Sànchez, jefe de la Unidad Central de Personas Desaparecidas (UCPD) de los Mossos d’Esquadra. Una unidad, adscrita a la División de Investigación Criminal (DIC), que, … en 2014, consiguió un hito en España: la primera condena por un homicidio sin cadáver, ni restos biológicos, escena del crimen, o testigos, tras una minuciosa investigación, la que se saldó con una sentencia de 30 años de prisión para Ramón Laso. Un «psicópata de manual», que ya había estado entre rejas por simular el suicidio de su mujer en 1988 y, unos meses más tarde, matar también a su hijo, fingiendo un accidente de coche, por el que además se embolsó tres millones de pesetas.

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