Es sabido que en la calidad del resultado final de una serie de televisión intervienen numerosos factores, desde la producción, el guion o la selección de los intérpretes hasta el vestuario, la fotografía o las localizaciones. Pocas veces las localizaciones resultan tan condicionantes como en la serie británica Under Salt Marsh (bajo la marisma).
Pocas veces las localizaciones resultan tan condicionantes como en esta serie británica
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Pocas veces las localizaciones resultan tan condicionantes como en esta serie británica


Es sabido que en la calidad del resultado final de una serie de televisión intervienen numerosos factores, desde la producción, el guion o la selección de los intérpretes hasta el vestuario, la fotografía o las localizaciones. Pocas veces las localizaciones resultan tan condicionantes como en la serie británica Under Salt Marsh (bajo la marisma).
Los seis episodios creados por Claire Oakley y que exhibe SkyShowtime se desarrollan en varios lugares del noroeste de Gales, sobre todo el estuario de Mawddach, representando las ya citadas marismas.
Y si toda la serie tiene una atmósfera deprimente —al fin y al cabo se trata del asesinato de dos niños, con algunos años de distancia entre uno y otro, y de las pesquisas de una exdetective que ahora ejerce de profesora en la escuela del pueblo y de un detective en activo que tratan de resolver las dos muertes—, ese ambiente generalizado de tristeza resulta mucho más verosímil por esas omnipresentes marismas y la inminente llegada de una gran tormenta. El fenómeno meteorológico adquiere significación de gran maldición por la peculiaridad geográfica de la zona, el ficticio pueblo galés de Morfa Halen, condenado a ser inundado periódicamente.
A un paisaje que alienta la tristeza se une una relación compleja entre los dos personajes protagonistas, interpretados por los muy sobrios Kelly Reilly y Rafe Spall, que se culpabilizan mutuamente de no haber resuelto el primero de los dos asesinatos infantiles mencionados, y entre los que, al mismo tiempo, es evidente que existe una cierta atracción física. Dicho de otra manera, el espectador de la serie espera impaciente que llegue la tormenta para ver qué pasa y que los dos protagonistas alcancen “la más cabal y peligrosa encarnación de Satanás”, como calificaban al sexo los afortunadamente olvidados censores españoles, una referencia absolutamente incomprensible para quienes tienen menos de 70 años (es lo que tienen los columnistas de la tercera edad).

Claro que si el espectador prefiere cambiar de tema, paisaje y agobio, puede retomar la contemplación de High Country (AXN), la serie en la que los impresionantes bosques de los Alpes Victorianos en el sureste australiano sustituyen al inquietante mar galés. Una estupenda serie que, imaginamos, podrá llegar a irritar a los biempensantes, puesto que la pareja sentimental protagonista es del mismo sexo. Y para quienes las relaciones personales no dejan de ser una parte de la vida, tienen asegurado lo esencial: crímenes y resolución de los mismos.
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