Vall d’Hebron realiza con éxito el primer trasplante de cara del mundo a partir de una donante que recibió la eutanasia

Carme, primera paciente en el mundo que ha recibido un trasplante de cara con tejido procedente de una donante que recibió la eutanasia.

Una infección bacteriana desfiguró el rostro de Carme. El microbio se expandió por el tejido facial y le provocó una gravísima necrosis que le destrozó la cara. “No podía comer porque mi boca no se abría, me faltaba medio trozo de nariz y no respiraba bien; físicamente era bastante desagradable y no podía hacer vida normal par nada”, cuenta. Su vida se paró, todo se oscureció. Dejó, incluso, de salir de casa. Pero hace cuatro meses, apareció “un rayo de luz”, relata: fue el complejísimo e insólito trasplante de cara que le practicaron en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona para devolverle esa funcionalidad facial perdida. En el mundo, apenas se han realizado medio centenar de intervenciones de este tipo (seis en España), pero el de Carme, que pide figurar sin apellido, es especialmente inaudito: es el primer trasplante de cara que se hace en el globo a partir de una donante que recibió la eutanasia.

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Carme (en el centro), que recibió un trasplante de cara, charla con el equipo médico del Hospital Vall d'Hebron donde se realizó la intervención.Carme, que se ha sometido a un trasplante de cara, habla con uno de los médicos que la ha atendido en el hospital Vall d'Hebron de Barcelona. Un centenar de profesionales del hospital barcelonés participan en la intervención para restaurar el rostro a una mujer que sufrió una necrosis  

Una infección bacteriana desfiguró el rostro de Carme. El microbio se expandió por el tejido facial y le provocó una gravísima necrosis que le destrozó la cara. “No podía comer porque mi boca no se abría, me faltaba medio trozo de nariz y no respiraba bien; físicamente era bastante desagradable y no podía hacer vida normal par nada”, cuenta. Su rostro dejó de ser funcional y dejó, incluso, de salir de casa. Su vida se paró, todo se oscureció. Pero hace cuatro meses, apareció “un rayo de luz”, relata: fue el complejísimo e insólito trasplante de cara que le practicaron en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona para devolverle esa funcionalidad facial perdida. En el mundo, apenas se han realizado medio centenar de intervenciones de este tipo (seis en España), pero el de Carme es especialmente inaudito: es el primer trasplante de cara que se hace en el globo a partir de una donante que recibió la eutanasia.

Han pasado 20 años desde aquel primer trasplante de cara que recibió Isabelle Dinoire en el Hospital de Amiens (Francia). El suyo fue parcial, pero marcó el punto de partida de una carrera científica para perfeccionar una complejísima intervención que, más allá de restituir la funcionalidad del rostro, atraviesa las entrañas de la identidad individual: la cara concentra la apariencia de uno y ayuda a construir la representación personal. Cinco años después de esa primera vez, Vall d’Hebron entró también en la historia de la medicina al realizar el primer trasplante total de cara —en España ya se habían hecho dos parciales en Valencia y Sevilla en 2009—.

El hospital catalán ha seguido en la avanzadilla en este campo, marcando otros hitos, como la primera intervención de este tipo procedente de un donante en asistolia controlada o el caso de Carme, que es un trasplante parcial, pero por primera vez, con tejido facial donado por una persona que había solicitado la prestación de ayuda para morir. Tres de los seis trasplantes de cara que se han realizado en España se han practicado en Vall d’Hebron. En el mundo, en total, se han realizado 54.

Según ha explicado el equipo médico del hospital barcelonés este lunes, la donante, que tenía concedida la eutanasia, no solo había decidido dar sus órganos y tejidos, sino que había ofrecido también donar su cara. “La donante quería saber si su cara era válida y podía donar. Fue la expresión máxima de amor y generosidad hacia los demás”, ha reflexionado Joan-Pere Barret, jefe de Cirugía Plástica y Quemados de Vall d’Hebron.

Al otro lado, buscando una nueva vida, estaba Carme, que necesitaba un trasplante de la parte central del rostro, destrozada a causa de una infección bacteriana que le había generado una grave necrosis de los tejidos faciales. “A causa de la necrosis le era muy difícil nutrirse, hablar correctamente”, ha explicado Barret.

Este nuevo caso vuelve a poner el foco en una intervención llena de particularidades y en la que esta participan un centenar de profesionales de diversas disciplinas médicas, desde la cirugía plástica hasta la inmunología o la psiquiatría. Se trasplanta piel, tejido adiposo, nervios periféricos, músculos faciales y huesos de la cara. Todo, a través de técnicas de microcirugía vasculonerviosa —nervios y vasos sanguíneos tienen que estar bien reconectados— para garantizar la máxima funcionalidad del rostro, pero también para dar a esa cara expresividad y sensibilidad.

Se trata, en definitiva, de que un nuevo rostro vuelva a cobrar vida. Que sea funcional y que pueda desarrollar las funciones vitales más básicas, desde respirar y ver hasta comer o reír. “El trasplante de cara no se trata solo de colocar tejidos blandos para dar una apariencia normal. Se realiza para dar función y sensibilidad. Un trasplante de cara que no se sienta y no se mueva no es más que una máscara. Son estructuras tridimensionales con músculos, tejidos que se deben conectar con diamétros de menos de un milímetro”, expone Barret.

Pero en este tipo de operaciones es clave también la gestión de las expectativas. La cara está muy ligada a la identidad personal y el receptor tiene que estar preparado para una intervención de estas características. Por eso se evalúa minuciosamente su perfil antes de dar el visto bueno a la operación: “Se evalúa si el candidato a un trasplante de cara cumple los criterios para la intervención más allá de los puramente médicos. Por ejemplo, se valora su capacidad de adaptación, afrontamiento, expectativas y adherencia al tratamiento”, cuenta Sara Guila, del equipo de psiquiatría y psicología del hospital. También se tienen en cuenta antecedentes psiquiátricos, apoyo sociofamiliar y el estado cognitivo del potencial receptor.

Todo cuenta. Donante y receptor tienen que compartir sexo y grupo sanguíneo; también tener medidas antropométricas de la cabeza más o menos similares; pero la parte psicosocial del receptor no es menor y cada caso ha de estudiarse de forma minuciosa e individualizada.

En este caso tan excepcional, el equipo médico ha destacado que, al tratarse de una donante en eutanasia, se pudo desarrollar guías personalizadas con planificación en 3D de la receptora y de la donante. “Pudimos sentarnos con los ingenieros y, con modelos de software, pudimos planificar las mejores opciones reconstructivas de las estructuras de hueso para conseguir la mejor función posible”, ha indicado Barret.

Carme ha vuelto a vivir “con normalidad”, explica. “Con el trasplante todo ha ido muy bien, pero aún estoy recuperándome. Pero mi vida empieza ser mejor: puedo hablar, estoy empezando a comer, tengo sensibilidad en la zona del trasplante, puedo beber, tomarme un café. No me importa salir a la calle y puedo hacer vida normal. En un año creo que estaré completamente bien, fantástica”, asegura.

Paciente y receptora no se han conocido, como estipula la ley. No está permitido el contacto entre donantes y receptores. Carme da las gracias una y otra vez a la donante, pero considera que “hubiese sido difícil conocerle”: “Involucrarse de forma íntima significaría cogerle un cariño especial que, a la larga, no sería bueno”.

Resultados controvertidos

El caso de Carme ha sido, en palabras de sus médicos, un éxito. Y para ella también: “Me han devuelto una calidad de vida que no pensaba volver a tener”.

Pero los trasplantes faciales no han estado exentos de polémicas sobre sus resultados a largo plazo: un estudio publicado en 2024 en la revista Jama Surgery a partir del análisis de los primeros 50 trasplantes realizados en el mundo concluyó que la supervivencia era “alentadora”, pero en la letra pequeña hay matices: en el tiempo de seguimiento (de media, algo más de ocho años), fallaron seis trasplantes y dos pacientes tuvieron que ser retrasplantados.

Según el estudio, una decena de pacientes han fallecido (dos de ellos habían perdido el trasplante). La supervivencia a cinco años es del 85% y una década después de la intervención, es del 74%. Lo que no se menciona en los estudios tampoco es el impacto psicológico de la intervención y de vivir con un nuevo rostro.

Otro estudio de 2024 sobre los retos de este tipo de intervenciones sí advertía de que “la necesidad de inmunosupresión de por vida y el riesgo de rechazo crónico” son desafíos a tener en cuenta. “El éxito de los resultados depende de factores como la selección del paciente, la colaboración multidisciplinaria, la evaluación psiquiátrica y la atención postoperatoria”, señalaban.

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