El “régimen narcoterrorista debe rendirse”, proclamaba Santiago Abascal, presidente de Vox, tras el ataque de EE UU contra Venezuela que descabezó al régimen chavista el 3 de enero. Dos días después, en TVE, le preguntaron a Jorge Buxadé, una voz decisiva del partido para fijar posiciones internacionales, cómo valoraba “el papel que va a tener Delcy Rodríguez”. Tras una digresión sobre Santos Cerdán, la aerolínea Plus Ultra y José Luis Rodríguez Zapatero, Buxadé acabó diciendo: “Delcy Rodríguez tiene que decidir si va a continuar con el sufrimiento del pueblo venezolano o va a ayudar a esa restauración de la democracia”.
Las posiciones de Abascal sobre la crisis en Venezuela son otro ejemplo de un seguidismo sin límites que de momento no le pasa factura
El “régimen narcoterrorista debe rendirse”, proclamaba Santiago Abascal, presidente de Vox, tras el ataque de EE UU contra Venezuela que descabezó al régimen chavista el 3 de enero. Dos días después, en TVE, le preguntaron a Jorge Buxadé, una voz decisiva del partido para fijar posiciones internacionales, cómo valoraba “el papel que va a tener Delcy Rodríguez”. Tras una digresión sobre Santos Cerdán, la aerolínea Plus Ultra y José Luis Rodríguez Zapatero, Buxadé acabó diciendo: “Delcy Rodríguez tiene que decidir si va a continuar con el sufrimiento del pueblo venezolano o va a ayudar a esa restauración de la democracia”.
Así que a Delcy Rodríguez, a la que Vox ha presentado como epítome de la corrupción del “régimen narcoterrorista”, le atribuye ahora Vox responsabilidad en la “restauración de la democracia”. ¿Qué había mediado entre el llamamiento a la “rendición” del chavismo y el beneficio de la duda para su nueva líder? Que había hablado el jefe.
En vez de apoyar a María Corina Machado, la opositora favorita —o eso parecía— de Vox en Venezuela, Donald Trump ha avalado a Rodríguez como presidenta bajo su control. Corina, no; Delcy, sí, sentenció. Y, como dice el viejo proverbio, que ha valido tanto para subrayar la autoridad de césares como de papas, Roma locuta, causa finita. Se pronunció el patrón, caso cerrado. Es la regla de oro de Vox: sí a todo a Trump a costa de todo, en este caso de Machado.
A diferencia del PP, que tras desdeñar Trump bruscamente a Machado horas después de la intervención en Caracas rebajó su euforia inicial y siguió reivindicando a la líder opositora, Abascal y los suyos han orillado a la que era su heroína. EL PAÍS preguntó a Vox este viernes si había habido alguna declaración del partido sobre ella, o tenido lugar algún contacto discreto. No hubo respuesta. Tampoco aclaró nada el partido sobre su aval a la continuidad del chavismo a través de Rodríguez.
El historiador Steven Forti, autor de Democracias en extinción (Akal, 2024), especialista en extrema derecha europea y por tanto acostumbrado a sus contradicciones, no reprime su asombro ante un caso flagrante incluso en comparación con los usuales “bretes” en los que Trump mete a sus aliados: “¡Después de tanto jalear a Machado! ¿Qué le va a decir Abascal ahora? El único análisis político posible es que es un vasallo del trumpismo”, afirma.
No es el único silencio a la medida de Trump que Vox guarda estos días. El partido también ha elegido soslayar la amenaza estadounidense de anexionarse Groenlandia, un territorio perteneciente a Dinamarca, un país de la OTAN, socio de España, miembro de la misma UE que paga el salario de los eurodiputados de Vox, ese partido que dice defender a toda costa la soberanía de los Estados-nación. Este periódico también preguntó a Vox si tenía alguna posición sobre este foco de tensión mundial. Otra vez, silencio.
Abascal no es Le Pen
Hay extremas derechas que, cuando lo ven necesario, le tosen a Trump. Destaca la francesa. Jordan Bardella, presidente de Reagrupamiento Nacional, canceló su discurso en una cumbre estadounidense el año pasado después de que Steve Bannon hiciera el saludo nazi. Y ahora Marine Le Pen, la auténtica jefa del partido, se ha convertido en la mayor opositora en Francia al ataque de Trump a Venezuela. Algo impensable en Vox.
Desde EE UU, Connor Mulhern, responsable del proyecto de investigación Reactionary International, se detiene en las diferencias entre Le Pen y Abascal ante Trump. A la primera, que ve cerca El Elíseo, le inquieta la impopularidad de una hipotética intervención en Groenlandia y marca distancias preventivas, mientras que Abascal —dice— “parece dispuesto a absorber” el coste de su alineamiento, dado que considera que tiene un “suelo incondicional” que le garantiza un fuerte crecimiento a corto plazo. Si Le Pen invoca la doctrina gaullista para oponerse al ataque a la soberanía de Venezuela, la extrema derecha española está “cómoda con el uso de la intervención externa para promover objetivos políticos internos”, una posición que —opina Mulhern— parece proyectar sus deseos en relación con Pedro Sánchez.
Aranceles y Ucrania
Cuando Trump empezó a amagar con aranceles, Vox se las apañó para fijar una posición que no rozase al líder supremo. No estaban a favor de los aranceles, decían. Pero en realidad —insistían— todo era culpa de la UE y el pacto verde. En abril, después de que declarase la guerra comercial al mundo, incluida España, donde castigaba entre otros al sector agroalimentario, Vox distribuyó un argumentario entre los suyos explicando cómo lidiar con el tema cargando contra la Agenda 2030. Y por supuesto sin criticar a Trump.
A diferencia de lo que ocurre ahora con Delcy, la posición oficial sobre los aranceles sí levantó ampollas en Vox. El respaldo a Trump, dijo Javier Ortega Smith, “no significa” que “tengamos que comprar” todas sus políticas. “Nosotros no somos americanos”, recordó el entonces dirigente, que ya no lo es, para pedir autonomía en temas como los aranceles y Ucrania, donde el presidente de EE UU ya había evidenciado que prefiere a Vladimir Putin que a Volodimir Zelensky.
Sobre Ucrania habló el líder de Vox el año pasado en una cumbre conservadora de Washington. En tierra de Trump, que acababa de llamar “dictador” a Zelensky, Abascal olvidó las cautelas con las que suele hablar del tema en España para no ser tachado de connivente con Putin. Ante su audiencia yanqui, el dedo acusador no apuntaba a Moscú, sino a Bruselas. Y a Madrid. “Las bombas que lanza Rusia las paga Sánchez”, dijo tras acusar a “los burócratas de Bruselas” de “dar a Rusia la posibilidad de invadir Ucrania”. El premio le llegó de voz del propio Trump en el mismo foro —ese en el que Bannon hizo el saludo nazi— cuando le dedicó desde la tribuna un breve comentario elogioso —“buen trabajo”— aunque dijo mal su nombre, “Santiago Obiscal”. Abascal lo agradeció levantándose de la silla y con la mano en el pecho, en honor agradecido.
Un “líder neoimperial”
Lejos quedan los tiempos en que Iván Espinosa de los Monteros, entonces responsable internacional de Vox, viajaba a Washington, Nueva York y Miami para presentar a un partido que aún no estaba en el Congreso y se anotaba como mayor logro reunirse con Betsy DeVos, miembro de la primera Administración Trump e integrante de una saga de millonarios. Abascal, entonces, era un meritorio sin galones en la familia ultra. Desde entonces, los esfuerzos por ganarse el respeto del trumpismo no han cesado. Y han dado frutos, más allá de la palmadita en el hombro a Mr. Obiscal. Vox y su fundación, Disenso, tienen hoy sólidos aliados estadounidenses, incluidas la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) y la Fundación Heritage, influyentes fuentes ideológicas del trumpismo.
No arriesgar esas relaciones es una razón obvia por la que Abascal dice sí a todo a Trump. Pero hay al menos dos más, a juicio del historiador Steven Forti. “Vox entiende que no tiene ningún margen porque acepta que Trump es un líder neoimperial”, dice sobre la primera. La segunda razón es hija de la experiencia del partido. “Abascal —afirma— ya ha comprobado que actuar así no tiene ningún coste. Su tirón está en la inmigración y el antisanchismo”. En efecto, Vox sube con fuerza en las encuestas (y en las urnas). Hasta ahora, Trump parece más combustible que impedimenta para el el partido.
Forti, autor de Extrema derecha 2.0(Siglo XXI, 2021), afirma que estos partidos parecen haber encontrado el secreto para salir indemnes de sus contradicciones, que son muchas. ¿Ejemplos? El mismo Vox al que se atribuye un giro obrerista entroniza a Javier Milei, para quien la “justicia social” es “aberrante”. El mismo Vox que se presenta como máximo defensor de la sagrada unidad de España comparte grupo en la UE con los flamencos de Vlaams Belang, valedores europeos de Carles Puigdemont. Y el mismo Vox que presume de estar libre de ataduras en contraste con una élite genuflexa ante intereses extranjeros se ha financiado con dinero del exilio iraní y de un banco próximo al primer ministro húngaro, Viktor Orbán, socio político de Putin, otro al que Abascal critica poco.
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