
En 1997, el ejército israelí llevaba 15 años ocupando el sur de Líbano —con escaso debate nacional pese al goteo de militares muertos— cuando la madre de un soldado allí destinado, Rachel Madpis Ben Dor, leyó un artículo de prensa que le removió. Preguntaba por qué las madres israelíes habían renunciado al instinto básico de protección de sus hijos y aceptaban sin rechistar su envío a Líbano como carne de cañón. Telefoneó al autor, que insistió en visitarla. Para no estar sola, invitó a dos amigas, también con hijos en el frente, y se sumó otra que, básicamente, necesitaba un hueco en el coche. Como eran cuatro, igual que las matriarcas bíblicas, una se llamaba Rachel y empezaba la Pascua Judía, el periodista tituló el artículo “Cuatro madres”.
Rachel Madpis Ben Dor fundó en 1997, con un hijo en el frente, el influyente movimiento Cuatro Madres, que contribuyó a la salida total de las tropas tres años más tarde
En 1997, el ejército israelí llevaba 15 años ocupando el sur de Líbano —con escaso debate nacional pese al goteo de militares muertos— cuando la madre de un soldado allí destinado, Rachel Madpis Ben Dor, leyó un artículo de prensa que le removió. Preguntaba por qué las madres israelíes habían renunciado al instinto básico de protección de sus hijos y aceptaban sin rechistar su envío a Líbano como carne de cañón. Telefoneó al autor, que insistió en visitarla. Para no estar sola, invitó a dos amigas, también con hijos en el frente, y se sumó otra que, básicamente, necesitaba un hueco en el coche. Como eran cuatro, igual que las matriarcas bíblicas, una se llamaba Rachel y empezaba la Pascua Judía, el periodista tituló el artículo “Cuatro madres”.
Ellas mismas adoptaron el nombre, sin imaginar que acabaría convertido en uno de los movimientos sociales más importantes y exitosos de la historia de Israel. En apenas dos años de movilización y lobby, forjaron una mayoría social a favor de la retirada. El candidato laborista Ehud Barak la adoptó como promesa electoral, ganando en 1999 a Benjamín Netanyahu tras la primera de sus seis legislaturas. Un año más tarde, retiró a todos los soldados de Líbano.
Lo que Ben Dor tampoco imaginaba es que, 26 años más tarde, observaría, ya jubilada y sin hijos de verde olivo, cómo el ejército israelí reocupa la misma franja de Líbano con argumentos casi calcados: entonces, contra la Organización para la Liberación de Palestina; hoy, contra Hezbolá, nacida justamente de la anterior ocupación. “Es exactamente lo mismo. No funcionó entonces y no lo hará ahora”, lamenta, mientras muestra amarillentos recortes de prensa en la misma mesa de la misma cocina en la localidad de Rosh Pina, en el norte de Israel, que vio nacer Cuatro Madres.
Prueba del trauma que dejó aquella experiencia del siglo pasado es que el ejército israelí se esfuerza estos días por darle un nombre distinto. En vez de “zona de seguridad”, habla más bien de “línea de defensa avanzada”, aunque ocupe el mismo 6% de Líbano. Esta vez destruye además, junto con contratistas privados a comisión, miles de casas para convertir en escombros las localidades fronterizas, igual que en Gaza. Ben Dor insiste en que el cambio de nombre apenas esconde las diferencias: “Estamos en el mismo lugar, haciendo lo mismo y los soldados morirán como murieron entonces”: 675, en aquellos 18 años; 17 en estos dos meses, por emboscadas y drones de Hezbolá, más uno de los contratados para derribar casas.

Entonces y ahora, una mayoría veía la guerra como única alternativa. La fundadora de Cuatro Madres nos recibe en silla de ruedas porque se cayó corriendo al refugio para protegerse de un misil iraní durante la que Israel y EE UU lanzaron en febrero contra Teherán y ahora atraviesa un alto el fuego. “Soy una herida de guerra”, bromea, antes de pasar a un tono más duro para lamentar la desaparición de palabras como paz o coexistencia del argot político nacional, donde suelen pronunciarse más como burla que como deseo.
Lo nota, cuenta, al hablar con jóvenes, que vienen capitaneando el giro a la derecha del país en las últimas dos décadas. Según un sondeo de febrero del canal 12 de televisión, un 75% de los israelíes judíos que votará por primera vez este octubre (tienen entre 18 y 21 años) se definen de derechas, por solo un 5% de izquierdas. “Cuando les hablo de paz, me preguntan: ‘¿qué crees, que estás en Suiza?’ Y yo respondo: ‘Acaso no sería bueno ser Suiza? ¿Tener paz? ¿No la quieres?’ Me dicen: ‘No hay quien hablar? Y yo: ‘Lo hemos intentado?”.
Con todo, se irrita al recordarle el apoyo social mayoritario a la actual ofensiva en Líbano. “Demasiada gente piensa así, pero la mayoría entiende que la guerra, al fin y al cabo, no es la solución. El primer instinto es: ‘Nos han golpeado, los golpeamos‘ o ¡La mejor defensa es un buen ataque’… Hace falta tiempo”, señala Ben Dor, nacida en Tel Aviv en un año que rechaza desvelar (“no quiero que los jóvenes me vean como una vieja hablando de paz”) y exprofesora de estudios talmúdicos en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
La necesidad de un golpe era también el ambiente en 1982, cuando el ejército israelí lanzó su primera guerra en Líbano, tras varios ataques letales desde allí por organizaciones armadas palestinas. La bautizó Paz para Galilea y la presentó como limitada en tiempo y alcance. Acabó en Beirut, tratando de colocar en el poder a sus aliados maronitas.
La guerra terminó ese año, con la marcha de Líbano de la OLP, y para 1985 el ejército israelí se había replegado a la famosa “zona de seguridad”, en teoría temporal.

En 1997, cuando nacieron Cuatro Madres, las encuestas daban un 80% de apoyo a la ocupación del sur de Líbano, recuerda Ben Dor. Tres años más tarde, apenas un 20%.
En medio, un episodio clave les dio viento en las velas. Dos helicópteros militares israelíes chocaron (iban sin luces, para evitar proyectiles) camino a Líbano en 1997. Murieron 73 soldados, al estrellarse justamente en el patio de la escuela del hijo de Ben Dor, recién movilizado como soldado. El ánimo nacional cambió y cada vez sonaba más una palabra al hablar del asunto: bots (fango o lodazal, en hebreo).
En el entierro, cuenta Ben Dor, se aproximó a las familias de los excompañeros de su hijo que murieron en el accidente y les dijo: “Tenemos que parar esto”.
Comenzaron las acciones, generalmente coloridas y con impacto mediático. Cientos de personas se fueron sumando, entre ellos hombres, a menudo reservistas en el ejército. Mandaban comunicados de prensa o se manifestaban con el nombre de cada soldado muerto en Líbano. “Antes estaban relegados a las páginas del medio del periódico”, rememora. Y mandaban cartas a diputados de distinto signo político. Se reunieron con hasta 50 en 15 meses. Lograron un importante apoyo en Yossi Beilin, arquitecto israelí de los Acuerdos de Oslo con los palestinos.
No todo fue un camino de rosas. Ben Dor recuerda presiones y amenazas por teléfono. Y, aunque eran molestas —en tanto que mujeres que alzan la voz y reclaman el espacio público— encajaban también en su rol en una sociedad militarista: madres preocupadas por sus hijos frente a los hombres que deciden sobre los temas serios, como la guerra.
Cuatro Madres encerraba además un problema ético: se movilizaron contra la guerra por los soldados israelíes que caían en un territorio que ocupaban, no por los miles de muertos libaneses y palestinos que ellos mismos causaron y que el colectivo mantuvo al margen de sus mensajes. “Tenía que elegir entre dos malas opciones y elegí la menos mala”, justifica hoy Ben Dor. “No podía hablar de otra cosa que no fuera: ‘Esta guerra no es buena para nosotros. Daña a los soldados y a nosotros. No de derechos humanos y del otro bando, porque lo que necesitaba era apagar el fuego […] Tengo una visión de un mundo en paz, pero quería que el movimiento triunfase y sentía que era la única forma de lograr un consenso”.

En 1999, Barak ganó las elecciones y un año más tarde retiró las tropas de Líbano. El colectivo de las Cuatro Madres se disolvió: había cumplido su objetivo. Años más tarde, Ari Shavit, uno de los principales comentaristas del país y autor del libro Mi Tierra Prometida, lo consideró “probablemente el movimiento de protesta más influyente de la historia de Israel”.
Hoy, Ben Dor lamenta la ausencia de líderes en su país dispuestos a probar “algo distinto”. Añora al laborista Isaac Rabin y al conservador Menajem Beguin porque firmaron acuerdos con los palestinos, Egipto o Jordania. “Hay gente buena, pero no está ahora mismo en el poder”, lamenta.
Lo está Netanyahu, casi ininterrumpidamente desde 2009. Ben Dor recuerda un encuentro y una conversación telefónica que mantuvieron cuando él era primer ministro. En la reunión, dijo a las madres que él también quería salir de Líbano, pero temía las consecuencias y que justo ellas lo criticarían si lo hacía y al final pasaba algo malo. “Ya sabes, su paranoia”, resume.
Meses más tarde, ya durante la campaña electoral, Netanyahu la telefoneó para preguntarle si las Cuatro Madres lo apoyarían públicamente si ordenaba la retirada del sur de Líbano. Sentía que podía perder las elecciones ante Barak, que la había prometido. “Quise decirle: demasiado poco, demasiado tarde, pero no lo hice porque nunca sabes. Le dije: ‘Por supuesto, si abandonas Líbano, estaremos contigo’. Veamos si lo haces”.
Lo recuerda ahora para ejemplificar su politiquerismo y sus actuales circunstancias, imputado por tres delitos de corrupción y tráfico de influencias: “Ahora no tiene elección. Es la cárcel o la guerra, así que sigue abriendo frentes”.
Internacional en EL PAÍS
