Además de ser el pueblo natal de Josep Pla, Palafrugell es el municipio más poblado de la comarca del Baix Empordà y el que goza de más vida cultural. No solo por el número de equipamientos, sino también por la riqueza de su programación. Cada dos años, y este toca, se celebra la Bienal de Fotografía Xavier Miserachs, una ocasión para ver hasta 11 exposiciones en un corto paseo por una villa que todavía vive a ritmo sosegado. Hasta el 8 de octubre el programa incluye la fotografía documental de dos grandes nombres como Dorothea Lange y Sergio Larrain; las imágenes de un amateur con Premio Nacional de Fotografía como Gabriel Cualladó y los retratos de la gente del pueblo que hizo el estudio local L. Casanovas. También hay lugar para las fotografías artísticas de Txema Salvans y de los más jóvenes Wayra Ficapal y Carles Palacio, además de un nuevo espacio para fotolibros en la librería No llegiu.
La Bienal Xavier Miserachs ofrece en Palafrugell una ruta por 11 exposiciones en este pequeño pueblo, donde nació Josep Pla
Además de ser el pueblo natal de Josep Pla, Palafrugell es el municipio más poblado de la comarca del Baix Empordà y el que goza de más vida cultural. No solo por el número de equipamientos, sino también por la riqueza de su programación. Cada dos años, y este toca, se celebra la Bienal de Fotografía Xavier Miserachs, una ocasión para ver hasta 11 exposiciones en un corto paseo por una villa que todavía vive a ritmo sosegado. Hasta el 8 de octubre el programa incluye la fotografía documental de dos grandes nombres como Dorothea Lange y Sergio Larrain; las imágenes de un amateur con Premio Nacional de Fotografía como Gabriel Cualladó y los retratos de la gente del pueblo que hizo el estudio local L. Casanovas. También hay lugar para las fotografías artísticas de Txema Salvans y de los más jóvenes Wayra Ficapal y Carles Palacio, además de un nuevo espacio para fotolibros en la librería No llegiu.
Nació en Barcelona en 1937, pero Xavier Miserachs estuvo muy vinculado a este municipio del Empordà y a Esclanyà, en Begur, donde vivió unos años. En Costa Brava Show dejó documentada la transformación de los pueblos de pescadores en paseos llenos de hoteles para turistas. Tantas horas pasó por aquí, donde hizo grandes amigos, que un año después de su muerte, en 1998, le rindieron homenaje inaugurando casi sin saberlo una bienal de fotografía que fue creciendo con los años en calidad —en 2022 organizó la primera retrospectiva en España de la fotografía humanista de Sabine Weiss— y en cantidad —unas 8.000 personas la visitan.

Precisamente con el objetivo de que la Costa Brava no sea un espectáculo, la Bienal es una de las propuestas culturales más interesantes de este verano. En esta edición número 14, reúne 11 exposiciones que tienen como objetivo contribuir a la “alfabetización visual”, cuenta la directora, Maria Planas, que destaca que el abono para ver todas las muestras es de 10 euros y también hay algunas con entrada libre. Se celebran en espacios emblemáticos del municipio como La Bóbila, una antigua fábrica de corcho, donde se han instalado los conmovedores retratos de la depresión económica de Estados Unidos después de la crisis del 29, que firma Dorothea Lange (Hoboken, 1895—San Francisco, 1965), quien junto a Walker Evans y otros coetáneos documentó la pobreza en la que se sumieron los agricultores y sus familias.
No faltan los icónicos retratos de Florence Thompson y sus hijos, que la fotógrafa definió como una “famélica y desesperada madre”, tomados en un campamento de recolectores de guisantes en Nipomo (California). Antes que otras imágenes que retratan la misma desolación y miseria que afectó a agricultores de algodón, tabaco, uva o trementina, llama la atención un retrato de la misma fotoperiodista. Subida en la capota de un coche, aguanta con las manos su pesada cámara Graflex y lleva unas zapatillas deportivas que bien podrían ser unas Converse. Esa modernidad la llevó a salir del estudio, convirtiéndose en fotógrafa de la gente y de la vida, como puede verse en este recorrido por sus grandes obras.
Quien también hizo de la calle su campo de batalla fue el chileno Sergio Larrain (Chile, 1931–2012), pero partiendo desde el sur de América. En colaboración con la Fundación Fotocolectania, que le dedicó hace unos meses una exposición centrada en su país natal, la Bienal reúne ahora una retrospectiva producida por la agencia Magnum, de la cual formó parte gracias a Henri Cartier-Bresson. Larrain fue además el primer latinoamericano en ingresar en la célebre agencia. En esta selección, su cámara se para en las calles de Chile, Bolivia o Perú, mezclándose entre la gente, como uno más; pero también salta hacia el continente europeo para recalar en Londres y varias ciudades italianas.

Procedente de una familia burguesa, Larrain rompió con sus privilegios para retratar a las clases más desfavorecidas. Con su enfoque social y poético a la vez, dejó imágenes que influyeron a las siguientes generaciones, como la de unos pequeños pies sucios encima de una alcantarilla. No era necesario revelar nada más para comprender la indigencia de esos niños. El recorrido se acompaña de textos del mismo autor, que también exploró la pintura desde un lado místico, como muestran algunos de los dibujos que se incluyen, junto a fotografías etéreas de su etapa final, cuando, retirado en su casa de Tulahuén, de vuelta a Chile, se refugió en la meditación y el yoga en un acercamiento a las culturas orientales.
Más cerca también hubo renovadores de la fotografía, como Gabriel Cualladó (Massanassa, Valencia, 1925-Madrid, 2003), quien siendo autodidacta, consiguió crear su propio estilo y recibir grandes reconocimientos, como ser el primero en obtener el Premio Nacional de Fotografía de España, en 1994. La muestra recoge imágenes a caballo entre la intimidad y el arte, que cuentan historias sin necesidad de palabras. Es evidente en la fotografía de 1962 de su padre sentado en su balancín, que podría parecer desencuadrada, pero también anunciaba la cercanía de su marcha. Justo al lado, dos balancines, el del padre vacío, y en el de la derecha su madre, ya viuda, en 1974.
Con una apariencia corpulenta como se ve en un autorretrato, Cualladó formó parte del grupo Afal (Agrupación Fotográfica Almeriense), con una revista homónima, capitaneado por José María Artero (Almería, 1928-1991) y Carlos Pérez Siquier (Almería, 1930-2021). Cualladó consiguió bordar el retrato rompiendo las reglas del género, consiguiendo, por ejemplo, que su hijo, también llamado Gabriel, mostrara cierta vulnerabilidad en una imagen cabizbajo. “Había estado enfermo cuando me la hizo”, recordaba él mismo antes de la inauguración, añadiendo que “a pesar de que sus fotos eran minimalistas, sacaba la personalidad de los fotografiados”.
En la Fundación Josep Pla se encuentra otra de las exposiciones, con obras de Txema Salvans que ha seleccionado él mismo dialogando con la obra planiana y “buscando una confluencia en torno al concepto de adjetivar el tiempo”, cuenta el director de la fundación, Francesc Montero, que ha seleccionado los textos. En su “poética de la banalidad”, comparten una gran capacidad de observación, de capturar momentos únicos, de suspender el tiempo y una fina ironía.

Delante de varias fotos de su libro Perfect Day, hechas a lo largo del Mediterráneo, quitando el mar del objetivo pero sin perder su presencia, Salvans cuenta que en lugar del instante decisivo del que hablaba Cartier-Bresson, él siempre ha buscado el “encuadre decisivo”. Por ello, hace largas series de fotos subido a la cubierta de su furgoneta con un chaleco fluorescente con el que, curiosamente, se vuelve invisible. Su descaro es tal y su cámara tan grande, que nadie, o casi nadie, se incomoda por su existencia.
Siempre muy vinculada al pueblo, la Bienal también dedica alguna exposición a la memoria colectiva local. Este año son retratos recuperados del estudio de fotografía L. Casanovas, en el que generaciones de vecinos acudieron a inmortalizar sus grandes momentos: desde recién nacidos a matrimonios o sus disfraces de carnaval. Entre las 11 exposiciones también destacan las miradas más jóvenes. Wayra Ficapal (Cochabamba, Bolivia, 1991) muestra el paisaje invisible del Delta del Ebro, en clara recesión; mientras que Carles Palacio (Girona, 1988) documenta la situación de los pescadores de la Costa Brava con un mensaje de alerta: cada vez quedan menos. Su testigo y la Bienal Xavier Miserachs son gestos necesarios para preservar la riqueza natural y artística de una Costa Brava cada vez más saturada por el turismo.

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