Se concentran en los lugares más emblemáticos de Europa: junto al Coliseo romano, la torre Eiffel en París o el Hyde Park de Londres. En Madrid, por ejemplo, decenas de triciclos motorizados avanzan lentamente frente al Palacio Real. Esperan a que alguien se acerque y, si hace falta, le abordan desde la pequeña cabina para venderle una “experiencia inolvidable”.
Los tradicionales triciclos asiáticos se expanden por las grandes ciudades turísticas mientras sus detractores consideran que “convierten los barrios en un parque temático”
Se concentran en los lugares más emblemáticos de Europa: junto al Coliseo romano, la torre Eiffel en París o el Hyde Park de Londres. En Madrid, por ejemplo, decenas de triciclos motorizados avanzan lentamente frente al Palacio Real. Esperan a que alguien se acerque y, si hace falta, le abordan desde la pequeña cabina para venderle una “experiencia inolvidable”.
—Un tour de lujo, te lo prometo.
Iván lo dice mientras conduce su escurridizo tuk tuk, un vehículo tan estrecho que se cuela por pasajes por donde un autobús turístico no entraría jamás. El conductor, de origen venezolano, ofrece un recorrido completo por el centro de la capital. “Te lo explico todo: la reseña histórica y te llevo a comer a un sitio espectacular. ¿Te gusta la comida española?”, pregunta y recomienda el Museo del Jamón: “Vamos, te compras un bocadillo y empezamos”, remata al tiempo que se mezcla entre el tráfico. Vende una visión de “todo Madrid” en 60 minutos de ruta, dos horas si el trayecto se estira hasta el estadio Bernabéu. Estos viajes exprés se han convertido en una de las formas más populares de conocer las ciudades europeas en la última década; mientras, asociaciones vecinales alertan de invasión del espacio público.
—No te vas a arrepentir —asegura con el puño en el acelerador.
La escena se repetirá las veces que haga falta hasta que un turista o un grupo de máximo cuatro —”en su mayoría ingleses o alemanes”— acepte pagar un promedio de 80 euros la hora por vehículo. Por ahora Iván se despide, a medio kilómetro de donde comenzó su persuasivo discurso, en el Mercado de San Miguel, uno de los puntos —además del Palacio Real y el Museo del Prado— que funcionan como parada principal de las rutas turísticas.
Allí espera “como todos los días” Fran, otro conductor o “tuktuker” —como se autodenomina—, un joven “madrileño de toda la vida”, quien resume la idea general de esta modalidad: “Me adapto a cada persona. Hay quien quiere beber cuatro cervezas y no escuchar nada, simplemente ver la ciudad”. Otros, dice, “quieren que les expliques todo”. “Eres mi cliente, yo estoy a tu servicio, donde me digas ‘aquí quiero parar’, nos paramos”, garantiza. “Normalmente no lo hago, pero contigo hasta me bajo en el templo de Debod, te lo juro”.
El entorno está constantemente animado, con un flujo de peatones que entran y salen esquivando los vehículos frente al mercado. Alrededor de los accesos, varias carrocerías multicolor —amarillos, rojos o blancos— destacan sobre el pavimento. El ambiente recuerda, por momentos, a países del sudeste asiático donde el tuk tuk forma parte del paisaje urbano desde hace décadas, como Camboya, Sri Lanka o Tailandia. En este último, se introdujo en los años cincuenta del siglo pasado a partir de motocarros japoneses como medio de transporte. Pero terminó transformado en un icono turístico, especialmente en Bangkok.
La postal se ha ido introduciendo en los últimos quince años en Europa como una experiencia de turismo personalizada. Sus relatos no siempre se basan en “datos históricos”, asegura Juan Carlos Fernández, conductor de Tuk Tuk Madriz. A veces, reinan “las leyendas urbanas”, dice el cordobés acreditado como guía turístico por la Comunidad de Madrid, según el carné que lleva en el pecho. El guía confiesa que “hay gente a la que le gustan mucho también los cotilleos”. Le preguntan, sobre todo, por “la orientación sexual” de antiguos monarcas, cuenta antes de comenzar un recorrido por el casco histórico de Madrid.
Todo la ciudad se observa desde una distancia mínima: los coches que buscan adelantar, los peatones que detienen su mirada en el tuk tuk y los edificios convertidos en historias, como el restaurante Botín, donde cuenta Fernández que “un joven Goya —de unos 19 años— trabajó en sus cocinas para subsistir mientras intentaba abrirse paso en el mundo del arte”.
El triciclo eléctrico avanza —a un máximo de 40 kilómetros por hora— sin el ruido característico que le dio nombre en Asia, la onomatopeya que imita el motor al ralentí: tuk tuk tuk tuk tuk. Logran detenerse casi en cualquier punto, pero “siempre hay que intentar no molestar”, señala Fernández. Las calles del centro, estrechas y con alta densidad peatonal, obligan a veces a parar en medio de la vía. Esa ocupación del espacio público es, precisamente, una de las principales preocupaciones de los vecinos.
“Convierten nuestras calles en una procesión de tuk tuk”, dice un portavoz de la Asociación Vecinal Sol y Barrio de las Letras. “Mientras siguen creciendo en número, proyectan la imagen de un parque temático para turistas donde todo está permitido”, describen a EL PAÍS. “Un safari urbano en el que las personas casi somos una atracción”, resumen. La misma idea reaparece en La Chispera, asociación de La Latina, un barrio con el espacio al límite por la suma de “terrazas, vehículos turísticos y maletas” que se abren paso en las aceras.
Estas inquietudes las tiene presentes Ángel Ibáñez, socio de Tuk Tuk Madriz, quien viaja en los asientos traseros del triciclo. “Lamentablemente [los vecinos] tienen razón”, dice. Ibáñez remarca las intenciones de su empresa “de hacer las cosas bien”, como subir a pasajeros “únicamente en las zonas marcadas de carga y descarga”. Sin embargo, admite “estar desesperado” por la falta de un espacio designado para aparcar sus nueve tuk tuks. “Nosotros sabemos que aquí vienen coches y pitan”, explica, “estamos molestando por no haber un marco regulador”.
La “ausencia de una regulación específica y la falta de espacios adecuados para estacionar” persisten desde que Filipe Figueiredo introdujo los primeros tuk tuk eléctricos en España, en 2016. El cofundador de Tuk Tuk World retomó el modelo que implementó unos años atrás en Lisboa, ciudad que se convirtió en uno de los principales focos de expansión por sus colinas y calles estrechas. Ahora la presencia de los triciclos “ha crecido de forma significativa”, señala el empresario portugués, que se dedica hoy día a la venta de estos vehículos. Sus “más de 100 clientes”, responde a este periódico, “se encuentran principalmente en Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia, Málaga y A Coruña”.
Sin embargo, cada lugar varía en cuanto a las restricciones. El año pasado, Portugal prohibió la circulación de tuk tuk por más de 300 calles del centro histórico de Lisboa y ya no permite que esperen estacionados para vender sus servicios. En cambio, la ciudad se comprometió a habilitar nuevos aparcamientos específicos. Mientras, en otras capitales europeas como Londres y París operan en un limbo legal.
La regulación en España va a un ritmo distinto según los municipios. Alicante optó por vetarlos definitivamente del casco histórico. Málaga se planteó hace unos meses prohibir a los triciclos captar turistas en la calle, ofrecer su servicio con itinerario o llevar GPS, con multas de hasta 3.000 euros por incumplimiento. A principios de 2023, Barcelona prohibió su circulación, pero un año más tarde los tuk tuk regresaron y operan únicamente bajo reserva. “No trabajamos en la calle”, responde Andri Martirosyan, responsable de Hola Tuk Tuk Barcelona. “El cliente viene a las instalaciones, aquí empieza y termina el tour”. Cuenta que hay zonas en las que no pueden entrar, como el área portuaria, el barrio gótico o todo el casco histórico. Además, explica que, para obtener el permiso, la ciudad “pide muchos seguros y hay que esperar varios meses”. “Está bastante controlado. Por eso funciona”, zanja.
En la capital española, los vecinos y empresas de tuk tuk se mantienen en vilo con la ordenanza que la ciudad tiene prevista presentar antes de que acabe el año. Al ser preguntado por EL PAÍS, el Ayuntamiento de Madrid rechazó responder a las principales preocupaciones que enfrenta en materia de urbanismo, así como el cálculo de tuk tuk que actualmente operan en la capital —las empresas y autónomos estiman alrededor de 120—. Hasta ahora, una de las medidas regulatorias más claras, aprobada en abril del año pasado, es la multa por dificultar la circulación. En solo mes y medio, 148 tuk tuk fueron sancionados, con penalizaciones que iban desde los 90 a los 200 euros por infringir las normas.
Lo “más sencillo y efectivo sería directamente no permitirlos”, apuntan desde la Asociación Vecinal La Chispera (La Latina), y reiteran: “Es complicado limitar el número de licencias y controlar que se cumplan”. No obstante, “entienden que hay gente con movilidad reducida que necesita una forma de desplazarse para ver la ciudad”. Para Ángel Ibáñez, esa es precisamente una de las ventajas de sus tuk tuk: “Caminar puede ser muy pesado y el bus solo va por las calles principales”, insiste el socio de Tuk Tuk Madriz. Prohibirlos, dice, sería “un atropello”, y enfatiza en la urgencia de que se aclare el asunto. “Estamos para dar el servicio al turista, que es de lo mejor que tenemos en Madrid y hay que cuidarlo mucho”, subraya.
—Juan Carlos, ¿cuántas habitaciones tenía el Palacio Real? —pregunta Ibáñez al conductor mientras dobla una esquina de Madrid.
—3.418… y un solo baño. Esta es una broma que no falla.
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