En el cruce de la calle Casanova con Gran Via, uno de los dos puntos de salida de la manifestación independentista de Barcelona, grupos de familias aguardaban para comenzar a marchar. Cierto aire de cansancio, casi de rutina, bajo un lema —«Hi soc, hi som»; «Estoy, estamos»— que más que a proclama sonaba más bien a prueba de vida. Muy lejos quedaba la euforia de las movilizaciones de la pasada década, cuando a pie de calle parecía posible cambiar el curso de la historia. Dos columnas, una llamada Presente y otra Futuro, confluyeron hacia una plaza de Cataluña donde el presente del movimiento se dibuja más bien sombrío. Como novedad, en una imagen reservada otros años a la marcha de la izquierda independentista, dos encapuchados quemaron una bandera española.Han sido 45.000 quienes han participado este viernes en la manifestación de Barcelona, según la Guardia Urbana. La cifra mejora los 28.000 asistentes del pasado año, cuando la lluvia condicionó la convocatoria, pero confirma que la Diada ha dejado de funcionar como la gran demostración de fuerza del independentismo. Hubo también marchas en Gerona y Amposta.La evolución de la asistencia retrata por sí sola la transformación. En 2014, en la cima de las movilizaciones que sirvieron de acelerante al ‘procés’, la Guardia Urbana contabilizó 1,8 millones de personas. En 2017 fueron un millón; en 2019, 600.000; en 2023, 115.000, y en 2024, apenas 60.000. El pasado año la participación volvió a caer hasta las 28.000 personas en Barcelona, alrededor de 40.000 si se sumaban las convocatorias de Gerona y Tortosa.De ser una exhibición multitudinaria, la mani de la Diada es ya una convocatoria defensiva, empeñada sobre todo en evitar otra fotografía de decadencia. Los 45.000 participantes de este viernes permitieron a los organizadores reivindicar cierta recuperación, pero representan apenas una fracción de las multitudes movilizadas hace una década. El contraste con el tono general de la jornada resultaba elocuente. Más de 540.000 vehículos habían abandonado Barcelona y su área metropolitana entre el jueves y el mediodía del viernes con motivo del puente. Frente a las esteladas y los gritos de independencia del centro de la capital catalana, la operación salida mostraba una Cataluña con un espíritu bastante más vacacional que combativo.Ese distanciamiento no es solo cuantitativo. Las relaciones entre Cataluña y el resto de España han dejado de ocupar el centro de las preocupaciones ciudadanas, desplazadas por problemas mucho más inmediatos. Según el último barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió, la vivienda es ya el principal problema para el 28 por ciento de los catalanes, seguida por la inmigración y la inseguridad. La sanidad, la educación o el deterioro de Rodalies completan una agenda social alejada del debate que monopolizó la política catalana durante los años del ‘procés’.Las entidades convocantes intentaron precisamente conectar la independencia con esas preocupaciones cotidianas. Bajo el lema «Hi soc, hi som. Pel present i pel futur, independència», presentaron la ruptura con España como el instrumento necesario para garantizar los derechos sociales y sostener el Estado del bienestar. Pero el mensaje evidenciaba también la dificultad para mantener movilizada a una base fatigada y dividida después de años sin avances políticos tangibles.De hecho, la imagen por la que probablemente será recordada la Diada de 2026 no se produjo durante la manifestación, sino la noche anterior en el Fossar de les Moreres. Allí, únicamente el amplio despliegue de los Mossos d’Esquadra impidió que el enfrentamiento entre seguidores de Aliança Catalana y grupos de la izquierda radical desembocara en un choque físico de mayores dimensiones. Hubo cargas policiales y tres detenidos.El Fossar, tradicional santuario del independentismo más intransigente, se convirtió así en el escenario de una batalla por la hegemonía del movimiento. La irrupción de Aliança Catalana no solo ha añadido un nuevo competidor electoral, sino que ha quebrado los consensos sobre la identidad y el modelo de país que hasta ahora compartían, aunque con matices, Junts, ERC y la CUP.Mientras el independentismo tradicional se muestra incapaz de reconectar con una parte creciente de la sociedad, Sílvia Orriols avanza alimentándose del fracaso del ‘procés’, del malestar por la inmigración y del descrédito de los antiguos dirigentes. El último barómetro del CEO sitúa a Aliança Catalana con entre 23 y 25 escaños, por delante de Junts, que caería desde sus actuales 35 diputados hasta una horquilla de entre 16 y 18. La formación de Orriols captaría el 28 por ciento de los antiguos votantes de Junts, pero también un 23 por ciento de quienes anteriormente habían respaldado a Vox.La presencia de Aliança en la manifestación de este viernes —un grupo de sus seguidores cerraba una de las columnas— volvió a poner de manifiesto esa incomodidad. Para ERC y la CUP, Orriols representa una enmienda a su «modelo de país». Para Junts es mucho más que eso, supone una amenaza existencial que puede arrebatarle no solo votantes, sino también la centralidad dentro del espacio independentista.Carles Puigdemont continúa siendo la principal carta de Junts para tratar de revertir su caída. El partido confía en que su regreso a Cataluña actúe como revulsivo y le permita recuperar la iniciativa antes de que Aliança lo sobrepase electoralmente. Sin embargo, incluso la figura del expresidente muestra signos de desgaste en los sondeos, mientras Orriols convierte cada enfrentamiento con sus adversarios en una plataforma política.También Oriol Junqueras volvió este viernes a la manifestación de la Diada después de cinco años de ausencia. Su presencia pasó prácticamente inadvertida y, a diferencia de otras ocasiones, no fue recibida con los abucheos que durante años acompañaron sus apariciones en los espacios más radicalizados del independentismo. Más que una reconciliación, la falta de hostilidad fue la demostración de que la base se encuentra en una fase átona.La movilización permitió al independentismo certificar que todavía existe y conserva capacidad para sacar a decenas de miles de personas a la calle. Pero el tono fue más de resistencia que de ofensiva. El «Hi soc, hi som» funcionó como una declaración de supervivencia de un movimiento que se sabe debilitado. En el cruce de la calle Casanova con Gran Via, uno de los dos puntos de salida de la manifestación independentista de Barcelona, grupos de familias aguardaban para comenzar a marchar. Cierto aire de cansancio, casi de rutina, bajo un lema —«Hi soc, hi som»; «Estoy, estamos»— que más que a proclama sonaba más bien a prueba de vida. Muy lejos quedaba la euforia de las movilizaciones de la pasada década, cuando a pie de calle parecía posible cambiar el curso de la historia. Dos columnas, una llamada Presente y otra Futuro, confluyeron hacia una plaza de Cataluña donde el presente del movimiento se dibuja más bien sombrío. Como novedad, en una imagen reservada otros años a la marcha de la izquierda independentista, dos encapuchados quemaron una bandera española.Han sido 45.000 quienes han participado este viernes en la manifestación de Barcelona, según la Guardia Urbana. La cifra mejora los 28.000 asistentes del pasado año, cuando la lluvia condicionó la convocatoria, pero confirma que la Diada ha dejado de funcionar como la gran demostración de fuerza del independentismo. Hubo también marchas en Gerona y Amposta.La evolución de la asistencia retrata por sí sola la transformación. En 2014, en la cima de las movilizaciones que sirvieron de acelerante al ‘procés’, la Guardia Urbana contabilizó 1,8 millones de personas. En 2017 fueron un millón; en 2019, 600.000; en 2023, 115.000, y en 2024, apenas 60.000. El pasado año la participación volvió a caer hasta las 28.000 personas en Barcelona, alrededor de 40.000 si se sumaban las convocatorias de Gerona y Tortosa.De ser una exhibición multitudinaria, la mani de la Diada es ya una convocatoria defensiva, empeñada sobre todo en evitar otra fotografía de decadencia. Los 45.000 participantes de este viernes permitieron a los organizadores reivindicar cierta recuperación, pero representan apenas una fracción de las multitudes movilizadas hace una década. El contraste con el tono general de la jornada resultaba elocuente. Más de 540.000 vehículos habían abandonado Barcelona y su área metropolitana entre el jueves y el mediodía del viernes con motivo del puente. Frente a las esteladas y los gritos de independencia del centro de la capital catalana, la operación salida mostraba una Cataluña con un espíritu bastante más vacacional que combativo.Ese distanciamiento no es solo cuantitativo. Las relaciones entre Cataluña y el resto de España han dejado de ocupar el centro de las preocupaciones ciudadanas, desplazadas por problemas mucho más inmediatos. Según el último barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió, la vivienda es ya el principal problema para el 28 por ciento de los catalanes, seguida por la inmigración y la inseguridad. La sanidad, la educación o el deterioro de Rodalies completan una agenda social alejada del debate que monopolizó la política catalana durante los años del ‘procés’.Las entidades convocantes intentaron precisamente conectar la independencia con esas preocupaciones cotidianas. Bajo el lema «Hi soc, hi som. Pel present i pel futur, independència», presentaron la ruptura con España como el instrumento necesario para garantizar los derechos sociales y sostener el Estado del bienestar. Pero el mensaje evidenciaba también la dificultad para mantener movilizada a una base fatigada y dividida después de años sin avances políticos tangibles.De hecho, la imagen por la que probablemente será recordada la Diada de 2026 no se produjo durante la manifestación, sino la noche anterior en el Fossar de les Moreres. Allí, únicamente el amplio despliegue de los Mossos d’Esquadra impidió que el enfrentamiento entre seguidores de Aliança Catalana y grupos de la izquierda radical desembocara en un choque físico de mayores dimensiones. Hubo cargas policiales y tres detenidos.El Fossar, tradicional santuario del independentismo más intransigente, se convirtió así en el escenario de una batalla por la hegemonía del movimiento. La irrupción de Aliança Catalana no solo ha añadido un nuevo competidor electoral, sino que ha quebrado los consensos sobre la identidad y el modelo de país que hasta ahora compartían, aunque con matices, Junts, ERC y la CUP.Mientras el independentismo tradicional se muestra incapaz de reconectar con una parte creciente de la sociedad, Sílvia Orriols avanza alimentándose del fracaso del ‘procés’, del malestar por la inmigración y del descrédito de los antiguos dirigentes. El último barómetro del CEO sitúa a Aliança Catalana con entre 23 y 25 escaños, por delante de Junts, que caería desde sus actuales 35 diputados hasta una horquilla de entre 16 y 18. La formación de Orriols captaría el 28 por ciento de los antiguos votantes de Junts, pero también un 23 por ciento de quienes anteriormente habían respaldado a Vox.La presencia de Aliança en la manifestación de este viernes —un grupo de sus seguidores cerraba una de las columnas— volvió a poner de manifiesto esa incomodidad. Para ERC y la CUP, Orriols representa una enmienda a su «modelo de país». Para Junts es mucho más que eso, supone una amenaza existencial que puede arrebatarle no solo votantes, sino también la centralidad dentro del espacio independentista.Carles Puigdemont continúa siendo la principal carta de Junts para tratar de revertir su caída. El partido confía en que su regreso a Cataluña actúe como revulsivo y le permita recuperar la iniciativa antes de que Aliança lo sobrepase electoralmente. Sin embargo, incluso la figura del expresidente muestra signos de desgaste en los sondeos, mientras Orriols convierte cada enfrentamiento con sus adversarios en una plataforma política.También Oriol Junqueras volvió este viernes a la manifestación de la Diada después de cinco años de ausencia. Su presencia pasó prácticamente inadvertida y, a diferencia de otras ocasiones, no fue recibida con los abucheos que durante años acompañaron sus apariciones en los espacios más radicalizados del independentismo. Más que una reconciliación, la falta de hostilidad fue la demostración de que la base se encuentra en una fase átona.La movilización permitió al independentismo certificar que todavía existe y conserva capacidad para sacar a decenas de miles de personas a la calle. Pero el tono fue más de resistencia que de ofensiva. El «Hi soc, hi som» funcionó como una declaración de supervivencia de un movimiento que se sabe debilitado.
En el cruce de la calle Casanova con Gran Via, uno de los dos puntos de salida de la manifestación independentista de Barcelona, grupos de familias aguardaban para comenzar a marchar. Cierto aire de cansancio, casi de rutina, bajo un lema —«Hi soc, hi som»; « … Estoy, estamos»— que más que a proclama sonaba más bien a prueba de vida. Muy lejos quedaba la euforia de las movilizaciones de la pasada década, cuando a pie de calle parecía posible cambiar el curso de la historia. Dos columnas, una llamada Presente y otra Futuro, confluyeron hacia una plaza de Cataluña donde el presente del movimiento se dibuja más bien sombrío. Como novedad, en una imagen reservada otros años a la marcha de la izquierda independentista, dos encapuchados quemaron una bandera española.
Han sido 45.000 quienes han participado este viernes en la manifestación de Barcelona, según la Guardia Urbana. La cifra mejora los 28.000 asistentes del pasado año, cuando la lluvia condicionó la convocatoria, pero confirma que la Diada ha dejado de funcionar como la gran demostración de fuerza del independentismo. Hubo también marchas en Gerona y Amposta.
La evolución de la asistencia retrata por sí sola la transformación. En 2014, en la cima de las movilizaciones que sirvieron de acelerante al ‘procés’, la Guardia Urbana contabilizó 1,8 millones de personas. En 2017 fueron un millón; en 2019, 600.000; en 2023, 115.000, y en 2024, apenas 60.000. El pasado año la participación volvió a caer hasta las 28.000 personas en Barcelona, alrededor de 40.000 si se sumaban las convocatorias de Gerona y Tortosa.
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De ser una exhibición multitudinaria, la mani de la Diada es ya una convocatoria defensiva, empeñada sobre todo en evitar otra fotografía de decadencia. Los 45.000 participantes de este viernes permitieron a los organizadores reivindicar cierta recuperación, pero representan apenas una fracción de las multitudes movilizadas hace una década.
El contraste con el tono general de la jornada resultaba elocuente. Más de 540.000 vehículos habían abandonado Barcelona y su área metropolitana entre el jueves y el mediodía del viernes con motivo del puente. Frente a las esteladas y los gritos de independencia del centro de la capital catalana, la operación salida mostraba una Cataluña con un espíritu bastante más vacacional que combativo.
Ese distanciamiento no es solo cuantitativo. Las relaciones entre Cataluña y el resto de España han dejado de ocupar el centro de las preocupaciones ciudadanas, desplazadas por problemas mucho más inmediatos. Según el último barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió, la vivienda es ya el principal problema para el 28 por ciento de los catalanes, seguida por la inmigración y la inseguridad. La sanidad, la educación o el deterioro de Rodalies completan una agenda social alejada del debate que monopolizó la política catalana durante los años del ‘procés’.
Las entidades convocantes intentaron precisamente conectar la independencia con esas preocupaciones cotidianas. Bajo el lema «Hi soc, hi som. Pel present i pel futur, independència», presentaron la ruptura con España como el instrumento necesario para garantizar los derechos sociales y sostener el Estado del bienestar. Pero el mensaje evidenciaba también la dificultad para mantener movilizada a una base fatigada y dividida después de años sin avances políticos tangibles.
De hecho, la imagen por la que probablemente será recordada la Diada de 2026 no se produjo durante la manifestación, sino la noche anterior en el Fossar de les Moreres. Allí, únicamente el amplio despliegue de los Mossos d’Esquadra impidió que el enfrentamiento entre seguidores de Aliança Catalana y grupos de la izquierda radical desembocara en un choque físico de mayores dimensiones. Hubo cargas policiales y tres detenidos.
El Fossar, tradicional santuario del independentismo más intransigente, se convirtió así en el escenario de una batalla por la hegemonía del movimiento. La irrupción de Aliança Catalana no solo ha añadido un nuevo competidor electoral, sino que ha quebrado los consensos sobre la identidad y el modelo de país que hasta ahora compartían, aunque con matices, Junts, ERC y la CUP.
Mientras el independentismo tradicional se muestra incapaz de reconectar con una parte creciente de la sociedad, Sílvia Orriols avanza alimentándose del fracaso del ‘procés’, del malestar por la inmigración y del descrédito de los antiguos dirigentes. El último barómetro del CEO sitúa a Aliança Catalana con entre 23 y 25 escaños, por delante de Junts, que caería desde sus actuales 35 diputados hasta una horquilla de entre 16 y 18. La formación de Orriols captaría el 28 por ciento de los antiguos votantes de Junts, pero también un 23 por ciento de quienes anteriormente habían respaldado a Vox.
La presencia de Aliança en la manifestación de este viernes —un grupo de sus seguidores cerraba una de las columnas— volvió a poner de manifiesto esa incomodidad. Para ERC y la CUP, Orriols representa una enmienda a su «modelo de país». Para Junts es mucho más que eso, supone una amenaza existencial que puede arrebatarle no solo votantes, sino también la centralidad dentro del espacio independentista.
Carles Puigdemont continúa siendo la principal carta de Junts para tratar de revertir su caída. El partido confía en que su regreso a Cataluña actúe como revulsivo y le permita recuperar la iniciativa antes de que Aliança lo sobrepase electoralmente. Sin embargo, incluso la figura del expresidente muestra signos de desgaste en los sondeos, mientras Orriols convierte cada enfrentamiento con sus adversarios en una plataforma política.
También Oriol Junqueras volvió este viernes a la manifestación de la Diada después de cinco años de ausencia. Su presencia pasó prácticamente inadvertida y, a diferencia de otras ocasiones, no fue recibida con los abucheos que durante años acompañaron sus apariciones en los espacios más radicalizados del independentismo. Más que una reconciliación, la falta de hostilidad fue la demostración de que la base se encuentra en una fase átona.
La movilización permitió al independentismo certificar que todavía existe y conserva capacidad para sacar a decenas de miles de personas a la calle. Pero el tono fue más de resistencia que de ofensiva. El «Hi soc, hi som» funcionó como una declaración de supervivencia de un movimiento que se sabe debilitado.
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