Siempre me gustaron más los fantasmas que los ovnis, como prefiero los elocuentes vampiros a los gruñidores zombis, o las brujas anglosajonas que regentan anticuarios en ciudades monísimas de Nueva Inglaterra al vudú bullicioso y sudoroso del Caribe. No he perdido la esperanza de toparme con la Santa Compaña mientras conduzco de noche por carreteras secundarias de Galicia y no entiendo el tormento moral de los hombres lobo: si yo fuera ellos me sentiría como si cenase a diario y gratis en el asador Etxebarri. Lo sobrenatural, la ciencia ficción y lo fantástico han sido fuentes de placer desde niño. Pasé mi adolescencia viendo Expediente X (aún fantaseo con que Gillian Anderson me echa la bronca por no ceñirme a los hechos científicamente probados) y escuchando a Juan Antonio Cebrián en Onda Cero. Para mí, todo eso era un juego inofensivo y muy divertido.
La llegada de Ayuso a este desfile de monstruos manifiesta novedades: que la presidenta de Madrid va a por todas con la porción más demenciada e intratable del electorado, frecuentando programas que hasta ahora se consideraban vulgares para el debate político
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
La llegada de Ayuso a este desfile de monstruos manifiesta novedades: que la presidenta de Madrid va a por todas con la porción más demenciada e intratable del electorado, frecuentando programas que hasta ahora se consideraban vulgares para el debate político
El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.


Siempre me gustaron más los fantasmas que los ovnis, como prefiero los elocuentes vampiros a los gruñidores zombis, o las brujas anglosajonas que regentan anticuarios en ciudades monísimas de Nueva Inglaterra al vudú bullicioso y sudoroso del Caribe. No he perdido la esperanza de toparme con la Santa Compaña mientras conduzco de noche por carreteras secundarias de Galicia y no entiendo el tormento moral de los hombres lobo: si yo fuera ellos me sentiría como si cenase a diario y gratis en el asador Etxebarri. Lo sobrenatural, la ciencia ficción y lo fantástico han sido fuentes de placer desde niño. Pasé mi adolescencia viendo Expediente X (aún fantaseo con que Gillian Anderson me echa la bronca por no ceñirme a los hechos científicamente probados) y escuchando a Juan Antonio Cebrián en Onda Cero. Para mí, todo eso era un juego inofensivo y muy divertido.
Por eso asistí espeluznado —con un espeluzne desagradable, no con ese miedo de gustirrinín que deja la lectura de It o de Carrie— a la progresiva conversión de este friquismo blanco de avistadores de ovnis y cazadores de psicofonías en un mundo conspiranoico cada vez más politizado, donde lo mismo se defendía el terraplanismo que la antivacunación que el racismo más desorejado. Iker Jiménez ha liderado ese giro en España, llenando su plató de friquis que ya no hacen ninguna gracia y empiezan a dar miedo de verdad. Me acuso de haber minusvalorado la capacidad movilizadora del llamado mundo del misterio (algo que explora con maestría Berto Romero en su serie Al otro lado). Con el éxito de Horizonte, que amenaza la hegemonía de las hormigas, Jiménez y Carmen Porter han encontrado al fin su clave de bóveda: nunca nos asustaron con sus casas encantadas ni sus abducciones, pero como agitadores de ultraderecha son terroríficos.
La llegada de Isabel Díaz Ayuso a este desfile de monstruos manifiesta dos novedades: que la presidenta de Madrid va a por todas con la porción más demenciada e intratable del electorado, frecuentando programas que hasta ahora se consideraban vulgares para el debate político, y que Iker Jiménez asume su papel de propagandista al servicio de las variantes ibéricas del trumpismo. No hay más misterios, todo está claro.
Mientras veo capítulos sueltos de Expediente X y me maravillo de lo buena que era esa serie donde echó los dientes Vince Gilligan, me siento huérfano de divertimentos paranormales. Me gustaría encontrarme con un poltergeist que no berree contra Pedro Sánchez. ¿Acaso no quedan fantasmas ni extraterrestres de izquierdas?
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
Televisión en EL PAÍS
