Alcaraz se expande ante Medvedev y alcanza la final de Viena

Tuerce el morro Daniil Medvedev, un gigantón de casi dos metros (1,98) y extremidades interminables al que la parábola perfecta que describe la trayectoria de la pelota le sortea una y otra vez. Al final serán tres globos limpios, un cuarto ensuciado por el ligero toque con el marco de la raqueta y, en definitiva, el enésimo recital técnico de Carlos Alcaraz, que cierra los ojos y aprieta fuerte los puños porque al ramillete de adornos añade la efectividad de estos días en Viena. El 6-4 y 7-6(2), logrado en 1h 36m, significa su acceso a otra final, la quinta esta temporada, y la séptima victoria (en diez duelos) contra un adversario que suma más triunfos (41) que ninguno sobre pista dura en 2026.

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 El español prolonga las buenas sensaciones y se impone al ruso, el jugador que más triunfos acumula este año en dura: 6-4 y 7-6(2). Se enfrentará a Zverev o De Miñaur  

Tuerce el morro Daniil Medvedev, un gigantón de casi dos metros (1,98) y extremidades interminables al que la parábola perfecta que describe la pelota le sortea una y otra vez. Al final serán tres globos limpios, un cuarto ensuciado por el ligero toque con el marco de la raqueta y, en definitiva, el enésimo recital técnico de Carlos Alcaraz, que cierra los ojos y aprieta fuerte los puños porque al ramillete de adornos añade la efectividad de estos días en Viena. El 6-4 y 7-6(2), logrado en 1h 36m, significa su acceso a otra final, la quinta esta temporada, y la séptima victoria (en diez duelos) contra un adversario que suma más triunfos (41) que ninguno sobre pista dura en 2026.

El de Moscú, que venía de ganar en Almaty y domina el código bajo techo como pocos, asiente en la red: así no hay manera. Y el vencedor, con esa melena y ese bigotillo a lo Freddie Mercury, describe una “sensación fantástica” que intentará prolongar en la final de este domingo (14.00, Movistar+), ya sea contra Alexander Zverev o Alex de Miñaur. “He trabajado muy duro para llegar en forma a este torneo. Ha sido una gran semana y estoy deseando que llegue la final”, añade, mientras la estela longilínea va perdiéndose por la oscuridad del pasillo.

Ahí está Medvedev, ese hombre de gesto avinagrado y siempre de difícil interpretación: no se sabe si está enfadado (probablemente), si esa mente de ajedrecista está maquinando algo (también) o si, sencillamente, todo le importa un pimiento (no debería). El caso es que llegado a ese punto, ya contra las cuerdas en el primer set, tiene prisa y lo hace todo muy rápido porque el agobio aumenta de grado y no termina de encontrar la forma de hincarle el diente a ese Alcaraz imponente. Así es, misma línea que la tarde anterior contra Tommy Paul, aunque esta vez el guion demanda menos artificios y más seriedad. El murciano tiene claro el plan y sacude fuerte con la derecha.

Su drive suele ser el mejor indicativo de por dónde van a ir por tiros. Si está a gusto y lo libera es prácticamente imparable, de modo que la fórmula contemplativa del ruso —efectiva a veces, por qué no— exige algo más. O sea, se queda corta. Lo intenta por primero por esa vía más conservadora y después intenta profundizar, más agresivo, pero tampoco detecta ninguna grieta e inevitablemente, va perdiendo foco y ánimo. Por ahí lo tiene crudo. Para él, es el caos o la nada. Demasiado orden, mucho control (criterio) por parte de Alcaraz. Y el efecto, ya se sabe, acostumbra a ser devastador. Nunca se sabe por dónde va a salir.

Es el abanico interminable de un tenista al que a la hora de atacar la pelota, le llueve interiormente una cascada infinita de números verdes. Un Matrix, un millón de posibilidades. El precio de tener tanto talento. “A veces, se me hace complicado”, contaba la tarde anterior; “en el tenis se trata de tomar decisiones en menos de un segundo, y en ocasiones me cuesta elegir cuál es el mejor golpe en cada situación. Pienso en tres, cuatro o cinco opciones… y elijo la peor. Siempre tengo una estrategia en las primeras bolas, pero después dejo que mi instinto haga el resto, Aunque no es fácil… La paciencia no es mi mejor habilidad”.

En ello está. Mientras tanto, actitud y más actitud. Su reacción a la réplica del rival —del 3-1 al 3-3— describe un crecimiento importante, al evitar quedarse enfrascado en el error. La aceptación, una de las grandes llaves del tenis. Lo gestiona bien y en cuanto identifica otro ligero bajón de Medvedev, suelta el zarpazo que le concede el set. “Bien, Charly, bien”, se dice, mientras desde el costado llega la sugerencia de su entrenador, Samuel López: “¡Dile quién eres!”.

Ocurre que Medvedev es uno de esos tipos de pelar, y de la misma forma que no ha permitido que la ola de la primera manga le arrastre del todo, se reafirma en la segunda: si lo quieres, peléalo. De nuevo, una dentellada de Alcaraz (4-2) que recibe otra réplica inmediata, esta vez en blanco (4-4); no responde al demérito, sino a una demostración al resto excelente. El ruso, dentro ahora de la pista, va de menos a más y aprieta, intentando endurecer el peloteo para ver si ese motor falla en algún momento. No será así. Alcaraz, incandescente, reactiva la derecha —21 tiros ganadores, frente a ocho— y acelera en cuanto las dudas iniciales del tie-break se evaporan. Otra vez, una final.

Daniil Medvedev

vs

Carlos Alcaraz

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