En una segunda vuelta marcada por graves irregularidades en el accionar de las grandes plataformas, el presidente Lula da Silva se ha impuesto frente al bolsonarismo con más de cuatro millones de votos. Sin embargo, aunque la voluntad de los brasileños expresada a través de las urnas contravino esta vez el dictado de los tecnoligarcas, un comportamiento cada vez más injerencista del poder tecnológico pone en jaque el futuro de la democracia en Iberoamérica. La victoria de Lula pone sobre la mesa que es posible ganar en las urnas a los dueños del algoritmo, pero también la necesidad de poner freno a su asalto a la democracia.
La victoria de Lula pone sobre la mesa que es posible ganar en las urnas a los tecnoligarcas, pero también la necesidad de poner freno a su asalto a la democracia
En una segunda vuelta marcada por graves irregularidades en el accionar de las grandes plataformas, el presidente Lula da Silva se ha impuesto frente al bolsonarismo con más de cuatro millones de votos. Sin embargo, aunque la voluntad de los brasileños expresada a través de las urnas contravino esta vez el dictado de los tecnoligarcas, un comportamiento cada vez más injerencista del poder tecnológico pone en jaque el futuro de la democracia en Iberoamérica. La victoria de Lula pone sobre la mesa que es posible ganar en las urnas a los dueños del algoritmo, pero también la necesidad de poner freno a su asalto a la democracia.
Durante la vertiginosa campaña que permitió a Lula consolidar su virada, el Partido de los Trabajadores se enfrentó a un conjunto de irregularidades graves. Las más grandes habrían tenido lugar en Meta. La compañía dueña de Facebook, WhatsApp e Instagram no solo declaró una suspensión arbitraria de su cuenta publicitaria en Instagram en plena campaña, sino que habría cobrado entre un 33% y un 43% más a la candidatura del exdirigente obrero, según una investigación de la ONG NetLab.
También dotó de una amplificación desproporcionada el perfil de Flávio Bolsonaro quien, con un 17,2% menos de seguidores, obtuvo casi tres veces más interacciones por publicación. Esta extraña sobredimensión sistemática del alcance de los bolsonaristas se mostró aún más descarnada en el caso de influencers bolsonaristas como Nikolas Carreira, la gran ciberestrella digital de la campaña ultra. Según investigaciones de entidades especializadas como Ctrl+Z y Artigo 19, el propagandista superó en número de visitas a estrellas mundiales como Beyoncé, Christiano Ronaldo, Lionel Messi o Kim Kardashian, a pesar de tener entre 12 y 17 veces menos seguidores que ellos.
Algunos de sus vídeos de Carreira alcanzaron más de 160 millones de visitas, una cifra inalcanzable incluso para grandes estrellas musicales o deportivas. Imposible de explicar en base a su número de seguidores o la existencia de una comunidad previamente existente con ese tamaño, se hace evidente la distorsión de los sistemas de recomendación de contenido sobre la conversación electoral. Una distorsión que, tomada en consideración junto al daño causado por el resto de arbitrariedades de las plataformas, hace cuestionable hablar de las redes sociales como una esfera donde partidos y representantes compiten en igualdad de condiciones.
Las graves irregularidades dieron paso a un sentimiento de indignación e impotencia con extrañas derivas. Bajo el lema ‘rompamos el algoritmo’, las redes sociales brasileñas se inundaron durante la segunda vuelta de una insólita marea de ‘fototetas lulistas’: un challenge viral que animaba a las seguidoras del petista a compartir fotos de sus pechos junto a lemas ‘soy peituda y voy con lula’. También durante esta segunda mitad de la campaña, el influencer y diputado petista Andre Janones protagonizó una virada digital usando los códigos de las últimas tendencias en las plataformas para ser aún más viral que sus adversarios. Al grito de “‘¡Háganlo explotar!, su canal de WhatsApp El exército de Lula, con más de 10 millones, protagonizó la movilización digital de la campaña. ¿Pero se pueden corregir desigualdades estructurales a través de ingeniosos esfuerzos creativos? ¿Durante cuánto tiempo?
Desde el equipo de campaña de Lula aseguran que el bloqueo unilateral de su publicidad electoral en Instagram durante 48 horas dejó sin llegar sus mensajes a al menos 1,3 millones de potenciales votantes. Meta, a pesar de su marcado alineamiento político con el presidente Trump, se escuda en “errores técnicos”. Si Lula no aparecía en las búsquedas de Instagram, nos dicen, es porque la prioridad de candidatos se diseñó para nombres de al menos cinco caracteres y Lula tiene sólo cuatro letras. Si el bloqueo para evitar la fabricación de propaganda política con sus IAs falló con ‘Flavio’, es porque era un nombre común difícilmente censurable. Sin embargo, mensajes internos de sus trabajadores filtrados por la prensa brasileña sugieren que la empresa sí era consciente del perjuicio político que causaban.
Tomados como una explicación honesta, estas declaraciones sugerirían que la plataforma estadounidense no es consciente de la huella que sus tecnologías tienen sobre la dinámica de la conversación pública. Entendidas como una excusa, supondría una falta de respeto a los millones de usuarios que usan sus servicios día a día. Usuarios que en la práctica son más bien rehenes de los mercados digitales que han capturado levantando barreras, por ejemplo, a competidores locales que sí estuviesen dispuestos a asumir la responsabilidad de dar forma a tecnologías de uso masivo tan delicadas para la vida pública como las redes sociales.
En su discurso como vencedor, Lula habló de una “interferencia” de las grandes plataformas en las elecciones y llamó a regularlas. Para los petistas, este trato asimétrico hacia las dos campañas sólo tiene una explicación. Meta, alineada con la administración Trump, había querido castigar no sólo los pasos de Lula hacia la regulación de las plataformas ―como su Estatuto Digital de la Niñez o su proyecto de regulación frente a las fake news― sino también el libre ejercicio de su soberanía fuera y dentro del ámbito digital. Tomando esta premisa, los resultados del domingo fueron un aval a ambas cosas por parte de la ciudadanía brasileña.
Internacional en EL PAÍS
