No hay show en el estadio como el de la pértiga en los tiempos modernos. Todas las pantallas. Todas las miradas. Sobresalto continuo de aplausos imprevistos, y pasión. Un espectáculo como los que más gustan a los realizadores de televisión que se pierden en maratones y marchas, qué tedio y repetición. La pértiga avanza rápido en la catedral del atletismo azotada por sus habituales, más que brisas fresquitas, laterales vientos cargados de humedad y frío. El listón crece rápido por altos escalones, de 15 centímetros hasta 5,85m y luego uno de 10 y otro de cinco hasta los seis metros, velocidad máxima para alcanzar las alturas decisivas sin rémoras, para llegar al territorio de Mondo Duplantis, que allí comienza su duelo personal hacia el récord, y cada vez de más pertiguistas, como su amigo griego Emmanuíl Karalís, que le obligó una vez más, como en la final del Mundial de Tokio, a hurgar en sus reservas para imponerse. La contienda se resolvió en una partida de póker mentiroso desde el momento en el que Duplantis hizo nulo sobre seis metros, altura que también Karalis pasó a la segunda. En la siguiente altura, 6,10m, falló el griego, que pasó a 6,15m, y ahí, de nuevo, falló y pasó a 6,20m. Duplantis, religiosamente, habituado al juego y rozando el listón, que tembló, pasó ambas alturas a la primera hasta frenar definitivamente, ya abrigado con manta y forro polar, en 6,20m, nuevo récord de los campeonatos.
El sueco, que gana su cuarto título continental en los Europeos, ha hecho de la pértiga la especialidad reina
No hay show en el estadio como el de la pértiga en los tiempos modernos. Todas las pantallas. Todas las miradas. Sobresalto continuo de aplausos imprevistos, y pasión. Un espectáculo como los que más gustan a los realizadores de televisión que se pierden en maratones y marchas, qué tedio y repetición. La pértiga avanza rápido en la catedral del atletismo azotada por sus habituales, más que brisas fresquitas, laterales vientos cargados de humedad y frío. El listón crece rápido por altos escalones, de 15 centímetros hasta 5,85m y luego uno de 10 y otro de cinco hasta los seis metros, velocidad máxima para alcanzar las alturas decisivas sin rémoras, para llegar al territorio de Mondo Duplantis, que allí comienza su duelo personal hacia el récord, y cada vez de más pertiguistas, como su amigo griego Emmanuíl Karalís, que le obligó una vez más, como en la final del Mundial de Tokio, a hurgar en sus reservas para imponerse. La contienda se resolvió en una partida de póker mentiroso desde el momento en el que Duplantis hizo nulo sobre seis metros, altura que también Karalis pasó a la segunda. En la siguiente altura, 6,10m, falló el griego, que pasó a 6,15m, y ahí, de nuevo, falló y pasó a 6,20m. Duplantis, religiosamente, habituado al juego y rozando el listón, que tembló, pasó ambas alturas a la primera hasta frenar definitivamente, ya abrigado con manta y forro polar, en 6,20m, nuevo récord de los campeonatos.
Ha sido un verano duro después de un invierno en el que batió por 15ª vez el récord del mundo. Duplantis compone música, se casa, organiza una gran fiesta en Mónaco. Su cabeza ya no es solo la pértiga. Pierde una competición por primera vez en dos años y luego otra, que abandona lesionado. Todo es pasado ya en Birmingham para la gran estrella del atletismo mundial, y más allá.
Es la cuarta final Europea victoriosa, la 16ª gran final en Juegos, Mundiales, aire libre e indoor, que el plusmarquista mundial (6,31m) disputa desde que, a los 17 años, fue noveno del Mundial de Londres. Desde entonces ha ganado 13 (la primera, a los 18 años, los Europeos de Berlín 18, 6,05m), y la que no ganó, el Mundial de Doha a los 19 años, quedó segundo. En ocho años ha aniquilado a la competencia, convertido en pesadillas los sueños de los más talentosos saltadores del mundo, como Tadej Pogacar, otro enigma llegado de otro planeta, hace en el Tour, pero a diferencia del esloveno cada vez más aislado en la cumbre, el carisma de Duplantis ha conseguido que la pértiga esté más viva que nunca, y no solo por él. Sus cortesanos no son un ejército de segundones, sino la élite más fuerte que ha habido nunca, algo así como los caballeros del rey Mondo, un montón de apuestos y bravos Lancelots cortejando a Ginebra.
Alturas como 6,00m, antes el culmen ideal de muchas carreras, ya no son sino un paso necesario para ser competitivo. Lo excepcional lo normalizan los rivales para intentar alcanzar al alienígena. Karalis ha entrenado más aún la fuerza y la velocidad para lograr doblar con bien pértigas más largas 15 centímetros y más duras. En Birmingham son dos europeos los que se manejan en esos listones, el griego, que ya es el segundo de la historia en la lista mundial con su salto de 6,17m el pasado febrero, y el noruego Sondre Guttormsen (6,06m en marzo), que saltó 5,95m en el último Mundial en pista cubierta y solo pudo ser cuarto en la final más alta de la historia.
Duplantis es el más grande a los 26 años y 279 días, pero a su lado han brillado en los Europeos de la seca Inglaterra y los prados verdes olvidados los 18,15m de Andy Díaz en triple, Jakob Ingebrigtsen renacido en los 5.000m y tres mujeres que revitalizan el atletismo, y su imagen y la llenan de encanto, profundidad y magia. Y fortalecen a Europa, capaz de generar estrellas propias para el universo. Una es suiza de Friburgo, vive con sus padres, tiene 22 años y amargó el campeonato a los locales, que solo respiran por su heroína Keely Hodgkinson. Es Audrey Werro, francófona en la raya, y sus garras de leona, que el viernes se impuso a la campeona olímpica en la carrera del siglo, la final de los 800m más rápida de la historia en unos Europeos (1m 54,81s).
La segunda es inglesa del bosque de Sherwood junto a Notthingham, como Robin Hood-, y la otra es italiana del Trento vecino a los Dolomitas, y tienen más puntos de conexión que diferencias. Son candidatas en los próximos Juegos Olímpicos a pelear cuerpo a cuerpo con las velocistas del imperio de la velocidad y de la África del fondo. Son Amy Hunt, tauro de 24 años, la diosa de la velocidad, la primera atleta que gana cuatro oros en unos mismos campeonatos de Europa (100m, 200m, y los dos relevos 4x100m), y Nadia Battocletti, de 26, ganadora de los 5.000m y 10,000m con nitidez quirúrgica y claridad. Corren distancias enfrentadas a velocidades atómicas. Una es de letras —la inglesa se licenció en Cambridge en Literatura—, y la otra de ciencias —Battocletti está terminando el grado de ingeniería civil y arquitectura—, pero ambas viven en el norte de Italia. Battocletti, hija de marroquí e italiano, con su padre, Giuliano, un exatleta que le dijo que no quería que fuera como él pero que acabó entrenándola; Hunt, en una casita cerca de Padua, en el Véneto, donde se entrena con el grupo del técnico italiano Marco Airale y donde tiene cerca el museo Peggy Guggenheim de Venecia, que le gusta visitar. Ambas tienen problemas de hipotensión, y se marean al subir al podio, sin el que tampoco sabrían vivir. Y ya fueron segundas en el Mundial de Tokio.
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