El artista que secuestró a Di Stéfano

Cuenta el periodista Miguel Ángel Lara que en 2004, cuando empezaba en la profesión, se acercó con un grupo de periodistas a Alfredo Di Stéfano, que estaba apartado de un grupo de veteranos garrota en mano, “dándole toquecitos en el suelo como un patriarca gitano”. El día anterior se había disputado un Madrid-Atleti, así que allá fueron unos cuantos intrépidos, aun sabiendo del carácter del genio, con toda la ilusión del mundo.

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 Un libro de detalla las horas vertiginosas en que el mejor jugador del mundo estuvo en manos de una guerrilla revolucionaria  

Cuenta el periodista Miguel Ángel Lara que en 2004, cuando empezaba en la profesión, se acercó con un grupo de periodistas a Alfredo Di Stéfano, que estaba apartado de un grupo de veteranos garrota en mano, “dándole toquecitos en el suelo como un patriarca gitano”. El día anterior se había disputado un Madrid-Atleti, así que allá fueron unos cuantos intrépidos, aun sabiendo del carácter del genio, con toda la ilusión del mundo.

–¿Cómo vio el partido, don Alfredo?

–¡Sentado! ¿Cómo lo iba a ver?

A este hombre, del que hay infinidad de historias que hablan de su tremendo genio (“Yo no soy un cascarrabias. Lo que pasa es que si la pelota es redonda no digo que es cuadrada”), lo secuestró en agosto de 1963 en Venezuela un comando guerrillero que se hizo llamar Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) y que comandaba todo un personaje, Paúl del Río, que acudió disfrazado de policía con un compañero y se llevaron los dos al crack mansamente “para hacerle unas preguntas”.

Jimeno Hernández Droulers les ha hecho a ellos y a un país, la Venezuela de la época, el país de Rómulo Betancourt, un retrato periodístico puntilloso sobre un acontecimiento, el secuestro del mejor jugador del mundo, que duró casi tres horas y movilizó a democracias y dictaduras, en un libro que publica Pepitas de Calabaza titulado El secuestro de Di Stéfano.

Sobre la Saeta Rubia hay mucho y bien escrito (los periodistas Alfredo Relaño y Enrique Ortega publicaron su biografía y también detallaron el secuestro). Sobre Paúl del Río, menos. Era conocido en la clandestinidad como Máximo Canales y fue un guerrillero cubano-venezolano. Nació en Cuba en 1943, hijo de republicanos españoles exiliados, llegó de niño a Venezuela y, aún adolescente, se integró en los movimientos armados vinculados al Partido Comunista Venezolano y al Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en plena efervescencia latinoamericana tras la Revolución cubana. Su acción más célebre, aquella por la que titularon sus obituarios cuando falleció, hacerse pasar por policía en el hotel donde se alojaba el Real Madrid durante la Pequeña Copa del Mundo.

Di Stéfano bajó creyendo que debía declarar y acabó retenido por las FALN. No hubo petición de rescate; el objetivo era propagandístico, llamar la atención mundial sobre la guerrilla venezolana. La estrella fue liberada y el episodio convirtió a Ríos en una figura menor pero legendaria de la violencia política de los sesenta. Con los años dejó la guerrilla y se dedicó al dibujo y la escultura con cierto éxito, y tuvo relaciones con el chavismo, si bien no como actor del régimen y a veces en contra. De su faceta artística pudo dar cuenta Di Stéfano cuando le sacaron la venda en el secuestro: vio cuadros y más cuadros, todos propiedad de Ríos.

Como se relata en el libro y escribió Ewald Scharfenberg en EL PAÍS a su muerte, Del Río en 2008 ocupó con exguerrilleros el Cuartel San Carlos de Caracas, un viejo fortín colonial que durante el siglo XX sirvió de cárcel para prisioneros políticos y militares. También la fue para él. Y para Chávez.

“La ocupación buscaba denunciar irregularidades administrativas y exabruptos históricos en la remodelación del Cuartel San Carlos”, contó Scharfenberg. “El gesto tuvo éxito mediano. Pero Del Río pudo hacer campamento permanente en el cuartel, donde vivió y despachó a nombre de su fundación de exprisioneros políticos y como gerente de facto del sitio, hasta este domingo. Allí, en el lugar donde estuvo encarcelado por secuestrar a Di Stéfano, decidió terminar su vida de película con un disparo al corazón”.

“Ahí hallaron su cadáver ese domingo, con su pistola al lado, tendido sobre un charco de sangre, con los ojos abiertos y el rostro apacible, casi sonreído, feliz de haber encadenado para siempre su alma a esos calabozos del Cuartel San Carlos, frente a la tumba del Libertador”, escribe Hernández Droulers.

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