El amor como herramienta competitiva

Había perdido el Rayo Vallecano la final de la Conference League y los micrófonos de la televisión estaban ávidos por escuchar el análisis del entrenador de moda. Se notaba en el gesto circunspecto de Íñigo Pérez que le costaba hablar. Supongo que luchaba por dentro contra el dolor inmediato de la derrota, esas sensaciones que solo curan el tiempo y la perspectiva. Mientras los aficionados se resistían a abandonar la grada, aferrados a aquel lugar de ensueño como si se negaran a aceptar que la victoria había pasado de largo, él dedicó sus palabras a los jugadores que los habían conducido hasta allí. Dijo: “Este grupo es especial. Son amigos que se respetan, se quieren mucho, se ayudan entre ellos, se alientan, se protegen, se perdonan cuando se equivocan. Encontrar estas variables te da la sensación de ser invencible”.

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 Es cierto que no garantiza la victoria, pero puede llevarte más lejos y, lo que es más importante, difuminar la frontera entre el éxito y el fracaso haciendo que en la derrota uno se sienta victorioso  

Había perdido el Rayo Vallecano la final de la Conference League y los micrófonos de la televisión estaban ávidos por escuchar el análisis del entrenador de moda. Se notaba en el gesto circunspecto de Íñigo Pérez que le costaba hablar. Supongo que luchaba por dentro contra el dolor inmediato de la derrota, esas sensaciones que solo curan el tiempo y la perspectiva. Mientras los aficionados se resistían a abandonar la grada, aferrados a aquel lugar de ensueño como si se negaran a aceptar que la victoria había pasado de largo, él dedicó sus palabras a los jugadores que los habían conducido hasta allí. Dijo: “Este grupo es especial. Son amigos que se respetan, se quieren mucho, se ayudan entre ellos, se alientan, se protegen, se perdonan cuando se equivocan. Encontrar estas variables te da la sensación de ser invencible”.

Sobre el césped del Leipzig Stadium, Íñigo Pérez parecía repetir casi literalmente el final de Instrucciones para elegir en un picado, de Alejandro Dolina. Un picado es como llaman en Argentina a un partido improvisado, uno de esos en los que dos capitanes van eligiendo alternativamente quiénes formarán en sus filas, seleccionando entre los demás de mejor a peor opción. Ahí, en el pelotón de los que espera, uno descubre cómo lo ven sus compañeros. El tópico dice que es el momento más cruel del fútbol. Se aprende, de una manera a veces dolorosa, cuál es el lugar que a uno le corresponde sobre la cancha (y acaso también en la vida), especialmente cuando quedas para el final, entre los poco hábiles, los blandos, los timoratos. Manuel Mandeb, personaje de Dolina, se percata, sin embargo, de que cuando le toca elegir sus decisiones lo conducen siempre hacia sus amigos más queridos. Y comprende que aquello que parece un criterio sentimental es, en realidad, un factor estratégico. Se juega mejor con ellos. “Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible”.

La amistad y el amor no aparecen aquí en sus sentidos más cándidos o románticos. Lo que Dolina señala es que un equipo formado por personas unidas por el vínculo más fuerte que existe, el del cariño, convierte la cooperación y el esfuerzo compartido en su mejor baza. En un grupo así, nunca corres solo y nunca te sientes solo. Cuando los integrantes no compiten los unos contra los otros, pueden entregarse por entero al objetivo común. Eso era lo que Mandeb intuía en su picado. El jugador-amigo no es elegido solamente por simpatía, sino porque ayudará, comprenderá, alentará y perdonará a los demás en mayor medida que aquel que solo piensa en sí mismo. Lo sentimental acaba siendo práctico. Lo afectivo se transforma en rendimiento.

Días después, en la rueda de prensa de despedida como entrenador del Rayo, Íñigo Pérez insistió en aquella idea al afirmar que su relación con el vestuario tenía “bastante más de humano y amor que de deporte”. No estaba hablando únicamente de afecto. Estaba describiendo una forma de trabajo y la identidad de este equipo que ha hecho historia: un grupo en el que el cuidado del compañero, la solidaridad en el esfuerzo y la capacidad de perdonar el error habían terminado convirtiéndose en ventajas competitivas. Naturalmente, el amor no sustituye a la táctica, al entrenamiento ni a la calidad individual. Pero hace que un grupo corra más unido, soporte mejor sus fragilidades y alcance metas que, sin ese vínculo, habrían quedado fuera de su alcance.

El mensaje resulta especialmente poderoso porque aparece en el fútbol, un espectáculo social que tiende a subrayar los logros individuales: el goleador, la estrella, el futbolista diferencial, el MVP. En una época que convierte casi todo en una competición entre individuos, alguien que pertenece al deporte más denostado en lo relativo a sus valores, manda un mensaje precioso y nos recuerda que la más poderosa herramienta humana es la solidaridad entre quienes se sienten iguales: compañeros de equipo, vecinos, amigos.

Es cierto que el amor no garantiza la victoria, pero puede llevarte más lejos y, lo que es más importante, difuminar la frontera entre el éxito y el fracaso, los dos impostores de Kipling, haciendo que hasta en la derrota uno se sienta victorioso. Como rezaba la pancarta que exhibieron los hinchas de la franja: “No conocí mayor victoria que contigo en una derrota”. O, como concluye el texto de Dolina: “Más vale compartir la derrota con los amigos que la victoria con extraños o indeseables”.

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