El Niño tiene algo de ese amigo del que por mucho que sepamos cómo es, nunca deja de sorprender. Sabemos que volverá: es un fenómeno cíclico, aunque sin periodicidad fija, que aparece cada dos a siete años y altera temperaturas y precipitaciones a escala global. Pero saber que llega, no significa saber cuál será su impacto. Un mismo calentamiento del Pacífico puede traer más lluvia a unas zonas, sequía y calor a otras y con efectos muy distintos según la estación del año.
La respuesta al fenómeno meteorológico no puede ser sólo intentar predecir el próximo episodio
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
La respuesta al fenómeno meteorológico no puede ser sólo intentar predecir el próximo episodio

El Niño tiene algo de ese amigo del que por mucho que sepamos cómo es, nunca deja de sorprender. Sabemos que volverá: es un fenómeno cíclico, aunque sin periodicidad fija, que aparece cada dos a siete años y altera temperaturas y precipitaciones a escala global. Pero saber que llega, no significa saber cuál será su impacto. Un mismo calentamiento del Pacífico puede traer más lluvia a unas zonas, sequía y calor a otras y con efectos muy distintos según la estación del año.
Sudamérica es un buen ejemplo de heterogeneidad. En Argentina, El Niño suele aumentar las precipitaciones en regiones agrícolas, favoreciendo los rendimientos de soja y maíz, aunque también eleva riesgos localizados de inundación. En Colombia ocurre casi lo contrario: menos lluvia y más calor perjudican al sector agropecuario y reducen los recursos hídricos, con consecuencias también sobre el mix de generación eléctrica. En Perú se añade otra dimensión: importa si el calentamiento se concentra en el Pacífico central o frente a su costa y, decisivamente, si coincide con la temporada seca o con la de lluvias.
Además, esta diversidad será previsiblemente mayor con el avance del cambio climático. Aunque no existe consenso científico firme sobre que el calentamiento global esté incrementando la frecuencia o la amplitud de las oscilaciones térmicas de El Niño, sí hay mayor evidencia de que una atmósfera y unos océanos más cálidos pueden amplificar las anomalías de precipitación asociadas: lluvias aún más extremas en unos lugares y sequías más severas en otros.
Y es que, para entender el riesgo climático al que nos enfrentamos no basta con verlo venir, hay que mirar cada vez más de cerca. Los promedios nacionales pueden ocultar diferencias relevantes entre regiones; los anuales, entre estaciones; y los sectoriales, entre cultivos o actividades diferentes. No basta con saber cuánto dejará de llover en Colombia, sino dónde y cuándo, y qué cultivos, embalses o infraestructuras estarán más expuestos.
Ese análisis granular importa también porque el daño no está predeterminado por la severidad climática. El riesgo depende del peligro climático, pero también de cuánto se tiene expuesto (población, capital físico, ingreso potencial) y de su grado de vulnerabilidad (falta de capacidad de adaptación). Ahí, existe margen de actuación de la sociedad y de las autoridades: infraestructuras más resilientes, gestión eficiente del agua, sistemas de alerta temprana, adaptación y mejora de variedades agrícolas. En definitiva, desarrollo tecnológico e inversión que mitiguen los peligros físicos que desencadene un Niño muy crecido.
Si El Niño es inevitable y sus efectos pueden agravarse en un mundo más cálido, la respuesta no puede ser sólo intentar predecir el próximo episodio. Hay que reducir la vulnerabilidad mirando más de cerca para actuar mejor.
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