El Papa ha pronunciado este lunes en el Congreso, en sesión conjunta con el Senado, un histórico discurso en el que ha subrayado el valor moral de las decisiones políticas, que debe estar por encima “de consensos sociales mudables” o el “vaivén de las mayorías de cada momento”, y en el que ha reprochado “la descalificación permanente del adversario”, precisamente en un lugar donde se ha convertido en la práctica cotidiana. “Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para ‘desarmar el lenguaje’. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”, ha advertido en una llamada a rebajar la agresividad verbal y la polarización. Ha sido un discurso de media hora que ha recibido al final con siete minutos de aplausos, una de las ovaciones más largas que se recuerdan en el hemiciclo, y en tres ocasiones se han oído gritos de “¡Viva el Papa!“.
León XIV reivindica la paz, el derecho internacional, la memoria histórica y carga contra la idea de prioridad nacional: “Allí donde una persona es discriminada por su origen se vulnera el principio de la igual dignidad de todos los seres humanos”
El Papa ha pronunciado este lunes en el Congreso, en sesión conjunta con el Senado, un histórico discurso en el que ha subrayado el valor moral de las decisiones políticas, que debe estar por encima “de consensos sociales mudables” o el “vaivén de las mayorías de cada momento”, y en el que ha reprochado “la descalificación permanente del adversario”, precisamente en un lugar donde se ha convertido en la práctica cotidiana. “Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para ‘desarmar el lenguaje’. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”, ha advertido en una llamada a rebajar la agresividad verbal y la polarización. Ha sido un discurso de media hora que ha recibido al final con siete minutos de aplausos, una de las ovaciones más largas que se recuerdan en el hemiciclo, y en tres ocasiones se han oído gritos de “¡Viva el Papa!“.
Buena parte de su intervención la ha dedicado a condenar la discriminación de los inmigrantes y las políticas que olvidan su dignidad como personas, una carga de profundidad contra la idea de prioridad nacional. De forma contundente, ha concluido que “allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”. Ha recordado que “el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad” y solicitar que se refuerce “el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral”.
El Pontífice ha señalado que “el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional”. Ha explicado que es un problema que “rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica”.
“La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”, ha sostenido, para pedir “vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra”. Esa tarea incluye, ha dicho, trabajar por la paz, superar las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática. Solo con estas políticas, ha concluido, “las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana”.
La primera intervención de un pontífice en el Parlamento español ha sido muy densa de contenido, de cinco páginas, ante los expresidentes, salvo Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, que ha justificado su ausencia por la necesidad de preparar su defensa en el caso Plus Ultra. También le han escuchado los presidentes del Tribunal Constitucional, del Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Podemos y BNG no han asistido en protesta por la respuesta de la Iglesia al escándalo de la pederastia.

Antes de entrar al hemiciclo, en los saludos a los representantes de cada partido, la portavoz de Junts, Míriam Nogueras, le ha dicho en inglés que espera que en Barcelona hable en catalán. Lo mismo ha hecho, en italiano, el portavoz de la formación en el Senado, Eduard Pujol. Ambos se han presentado diciendo: “Soy catalán, como Gaudí”. “Hablar la lengua de la tierra que os acoge es un hermoso acto de amor y respeto”, le han dicho, tras la polémica en Cataluña por el temor de que solo hable en castellano.
El Papa ha sido recibido por los presentes en pie y con una gran ovación al entrar, a las 10.45, en la Cámara, donde solo tres diputados de IU y uno de Sumar no han aplaudido. Luego, en un silencio absoluto, no interrumpido en ningún momento por aplausos, Robert Prevost ha lanzado mensajes a unos y otros, algunos de forma más genérica, como una llamada a la “renovación moral”, que puede servir a la oposición como una velada referencia a la corrupción, pero otros muy nítidos. En un primer balance, se puede decir que la oposición es la que recibe más reprimenda, sobre todo en la cuestión de la inmigración, núcleo del mensaje de Vox, y el Gobierno se lleva algún rasguño, porque daba por descontadas críticas al aborto, la eutanasia y la libertad religiosa, incluida la de los padres para elegir el colegio de sus hijos (“un derecho primario e inalienable”, ha dicho el Papa). Pero a cambio puede presumir, como ya hace, de sintonía con el Pontífice en política internacional.
León XIV ha sido muy claro al reclamar una vez más “una paz que exige valentía diplomática” y respeto al derecho internacional “por encima de los intereses que se benefician de la guerra”. También al reiterar su oposición a las políticas de rearme “como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional”. De forma muy explícita, ha incluido como elemento esencial para superar la polarización una mención a “una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación”.

J.J. Guillén (EFE)



















Antes del discurso de Robert Prevost, le ha dado la bienvenida la presidenta del Congreso, Francina Armengol, que ha dicho que su visita llega en “un momento de especial relevancia para nuestro país” y en tiempos “de incertidumbre global y de una polarización que amenaza con debilitar las democracias”. Ha hecho hincapié en el plano internacional, donde ha dicho que “es urgente posicionarse en el lado correcto”.
Armengol cita el “riguroso” informe del Defensor sobre la pederastia del clero
Una mención importante ha sido cuando Armengol ha recordado al Papa que el Congreso encargó en 2022 una investigación sobre la pederastia en la Iglesia, “una llaga abierta”, ha dicho citando palabras de Prevost a su llegada a Madrid. Y ha añadido que el Defensor del Pueblo entregó un informe “riguroso”, adjetivo muy intencionado, pues fue un trabajo muy criticado por la Iglesia.
El Papa ha citado a los Reyes Católicos, Cervantes, Santa Teresa y Miguel de Unamuno, y ha construido su reflexión sobre el recuerdo de la Escuela de Salamanca, en el siglo XVI, momento crucial de la cultura europea, en el que profesores universitarios y teólogos —ejemplo de diálogo de fe y razón― sentaron las bases del derecho internacional, así como de las relaciones entre la Iglesia y el poder político. Aquellos sabios, ha dicho León XIV, señalaron “los límites morales del poder” y advirtieron que “la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente”.
La importancia de esta escuela de pensamiento está sobre todo en el plano internacional, y ahí el Pontífice ha reivindicado que “la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional”. Con una llamada a “construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza”. Es lo que ha repetido desde hace meses en su enfrentamiento a distancia con Donald Trump, que lo ve alineado con el Gobierno de Pedro Sánchez.
De este razonamiento ha pasado también a la política nacional y al poder legislativo, que afronta los dilemas de “cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar”. En esta idea se ha detenido en varios momentos, para recordar que la dignidad de la persona “precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”. Es un viejo punto de choque entre la Iglesia y los estados modernos, pues el Vaticano eleva tradicionalmente la objeción de que en ocasiones una mayoría democrática puede no tener legitimidad moral.
“Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”, ha declarado el Pontífice. “Toda decisión de las autoridades públicas toca a personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral”, ha concluido.
Condena del aborto y la eutanasia
Sobre esta argumentación de base, León XIV ha repasado diversos asuntos, donde ha puesto sobre la mesa el punto de vista de la Iglesia. Ha insistido en su condena del aborto y la eutanasia, así como en la necesidad de proteger a las familias y los más débiles: “¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?“, ha planteado. “La grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.
Sobre la libertad religiosa, ha expuesto que “toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida”. “La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública”, ha aseverado.
Ha habido un pasaje peculiar en el que ha defendido el secreto de confesión, un punto en el que hay que tener en cuenta que el Papa está hablando desde España también a toda Europa: este asunto ha sido objeto de debate en Francia, con una propuesta de ley que planteaba acabar con el secreto profesional para combatir delitos, sobre todo contra la infancia.
Como resumen de la aportación del cristianismo a la vida política, ha enumerado enseñanzas como “que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía”.
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