España: quién lo hubiera dicho

Juguemos con una metáfora que en su tiempo fue festejada. Primero, el contexto. Era el siglo XX y la palabra “furia” andaba suelta por las tertulias deportivas queriendo definir al fútbol español. La furia no es más que un estado de excepción del ánimo. No se puede hacer de la furia un estilo.

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 España es ahora para el mundo lo que Brasil fue históricamente: la representación de la excelencia  

Juguemos con una metáfora que en su tiempo fue festejada. Primero, el contexto. Era el siglo XX y la palabra “furia” andaba suelta por las tertulias deportivas queriendo definir al fútbol español. La furia no es más que un estado de excepción del ánimo. No se puede hacer de la furia un estilo.

Fue entonces, en una España sin discurso futbolístico, cuando Cesar Luis Menotti intercedió en aquella búsqueda, diciendo: “España tiene que decidir si quiere ser toro o torero”. La frase contenía varios cargos. La acusación de indefinición futbolística era la obvia, pero había otra, oculta, no expresada y algo ofensiva: “se lo voy a explicar desde los toros, que es de lo que ustedes entienden”. Lo dijo un argentino y lo está recordando otro argentino. Como el tiempo pasa y la final del Mundial fue la que fue, esta columna se la envaina y autoriza al regocijo del lector. Tampoco abusen.

Hemos hablado muchas veces del camino futbolístico que España recorrió en este siglo. Intervinieron personas providenciales, grandes equipos que se convirtieron en referencias mundiales, casualidades afortunadas, títulos que fortalecieron la confianza, inteligencia académica para convertir en escuela el conocimiento. Una cultura, que lo abarca todo.

La respuesta al desafío que lanzó Menotti tardó en llegar, pero fue contundente. España eligió ser torero. Y no uno cualquiera. Sale por la puerta grande de los grandes acontecimientos con una frecuencia incomparable. Si antes buscaba su identidad, ahora la exporta. Centrocampistas, entrenadores y una manera admirable de practicar el fútbol, son reclamados en todas partes por su belleza y eficacia. Menotti alcanzó a ver que España no solo es torera, sino que abre escuelas de tauromaquia.

Eso mirando hacia dentro. Pero en semana FIFA, conviene mirar también alrededor.

40 partidos sin perder, 31 victorias y 9 empates, es un abuso. También un aviso. Cuando algo parecido ocurría con Alemania, daba miedo encontrarla por el camino. No importaba cómo, pero te ganaban. Aquella personalidad parecía grabada en piedra, pero le fue robada por España, con un agregado singular: gana y sí que sabemos cómo. Dominando, presionando, haciendo del balón el ombligo del fútbol.

Dentro de esa nueva distribución de papeles, hay un robo simbólico aún más relevante: España es ahora para el mundo lo que Brasil fue históricamente: la representación de la excelencia.

Durante ese tiempo otros viejos retratos nacionales se han movido. A Uruguay, siempre emocionante en su actitud, ya no le alcanza con su épico orgullo competitivo. El fútbol italiano perdió centralidad. Y Argentina, que le dio al mundo a Maradona y Messi, corre el riesgo de idealizar el coraje, materia noble, pero no la más fértil para seguir fabricando genios.

El fútbol, representante popular del mundo, cambia con él. Los estilos, antes tan definidos, se barajaron y se repartieron de nuevo por efecto de la televisión, que permite ver fútbol de todo el mundo, y del libre tránsito de jugadores y entrenadores, que cuando viajan se nutren de otra manera de ver las cosas al tiempo que contagian las suyas. Las migraciones alteraron identidades y contribuyeron al giro. Hay que revisar las características de cada país, que solemos recitar como una oración cuando no es más que un viejo prejuicio.

Las nuevas generaciones de jugadores españoles deben seguir la senda marcada por sus antecesores y, también, estar vigilantes para no permitir que la historia vuelva a girar.

Menotti tenía razón en una cosa: la duda es mal lugar para quedarse. Para escapar de las dudas España ha ganado títulos, prestigio y una manera propia de jugar, pero lo más importante es que ganó convicción.

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