En La conjura contra América, Philip Roth imaginaba cómo podría haber sido el fascismo en Estados Unidos. En los dos últimos años no ha hecho falta mucha imaginación: Donald Trump ha dado una clase magistral de cómo dispararle a una democracia con más de dos siglos de vida en la Quinta Avenida, ante las cámaras y a plena luz del día. A pesar de todo, la democracia es tozuda, resiliente, testaruda: lejos de ser un drama con clímax, las más de las veces es una especie de rutina que aguanta, que aguarda. Y llegado el momento los votantes son capaces de propinar un buen par de bofetadas sin miramientos: es difícil minusvalorar la sonoridad del sopapo que se ha llevado el trumpismo con la mano abierta en las elecciones de medio mandato.
La derrota republicana en las elecciones de medio mandato puede parecer un espejismo si se fijan los ojos en el horizonte electoral de la UE
En La conjura contra América, Philip Roth imaginaba cómo podría haber sido el fascismo en Estados Unidos. En los dos últimos años no ha hecho falta mucha imaginación: Donald Trump ha dado una clase magistral de cómo dispararle a una democracia con más de dos siglos de vida en la Quinta Avenida, ante las cámaras y a plena luz del día. A pesar de todo, la democracia es tozuda, resiliente, testaruda: lejos de ser un drama con clímax, las más de las veces es una especie de rutina que aguanta, que aguarda. Y llegado el momento los votantes son capaces de propinar un buen par de bofetadas sin miramientos: es difícil minusvalorar la sonoridad del sopapo que se ha llevado el trumpismo con la mano abierta en las elecciones de medio mandato.
Ese revés cruzado, Congreso-Senado, supone un vuelco en la política estadounidense. Bastan un par de ejemplos para comprobarlo. En Texas, James Talarico gana para los demócratas por primera vez desde la invención del cinematógrafo y deja claro que el rey está desnudo: Trump llegó al poder con la promesa de solucionar de un plumazo la crisis de poder adquisitivo, pero su aventurerismo en Irán ha conseguido exactamente lo contrario, de la mano de esa alimaña económica que solemos llamar inflación. En Michigan, Abdul El-Sayed gana con ese nombre y ese apellido porque el centro de gravedad respecto a Israel en EE UU ha cambiado desde Gaza: el 60% de los estadounidenses, según Pew, tiene una visión desfavorable de los israelíes, cuyas terminales norteamericanas han atacado con saña a ese candidato y han acabado llevándole en volandas hasta la victoria.
Además de todo eso, la corrupción rampante, los excesos con los migrantes y todo tipo de libertades y una cierta fatiga del apocalipsis le han pasado factura a Trump. El Congreso y el Senado ejercerán como contrapesos con mucha más fuerza que hasta ahora. La cojera del pato Donald va a durar dos largos años. Pero ojo con los patos cojos. Y ojo con lanzar las campanas al vuelo con sintagmas cascabeleros como “el triunfo de la democracia” que sacan conclusiones precipitadas sobre el fin del trumpismo a este lado del Atlántico. Aquí la vida sigue igual, poco más o menos.

Hay una línea de puntos que va de Hungría a Serbia, Brasil, Israel y las elecciones de medio mandato, y que puede hacer sospechar que la marea ultra ha alcanzado su máxima altura. Pero ese solo vale para el mundo que ha sufrido ya los estragos del populismo etnonacionalista: es dudoso que esa conclusión sea exportable a Europa. El superciclo electoral europeo empieza en apenas tres semanas en España, y acabará con el examen final de Francia en primavera. El centroderecha español ha puesto la alfombra roja a la extrema derecha de Vox: lejos de ser una excepción, esa empieza a ser la regla en todo el continente. Meloni tiene visos de repetir en Italia. Le Pen lidera los sondeos en Francia. La debacle de Trump en las midterms, en fin,puede parecer un espejismo si se fijan los ojos en el horizonte electoral de la UE.
Ese horizonte es difuso, además, por otras razones. A pesar de perder el Congreso y el Senado, lo más probable es que Trump siga gobernando por decreto en los asuntos internacionales, al margen de esas dos cámaras. El presidente tiene manos libres en política exterior. Y puede tener la tentación de seguir con las órdenes ejecutivas en América Latina: todos los ojos están puestos en Cuba, y más a la larga en lo que pueda hacer en México. Y lo mismo sucede para Ucrania, con sus devaneos cada vez más explícitos con Putin, y en Irán, más aún con un Netanyahu que también cojea. Las guerras condicionan la seguridad de la UE, que sigue arrastrando los pies con la autonomía estratégica, en función de lo que ocurra con Kiev. Y han impactado en las crisis relacionadas con el deterioro del coste de la vida, con una inflación al alza por el belicismo de Trump en Oriente Próximo, que coincide con manifestaciones multitudinarias, por las más diversas razones, en Francia, Italia, Portugal, España, Bélgica y últimamente incluso en Alemania.
Bruselas debería huir del triunfalismo: queda Trump, y ya no digamos trumpismo, para rato, y Europa sigue estando mal equipada para la geopolítica caníbal de los tiempos que corren. En EE UU, lo fundamental a partir de ahora es lo que haga el Partido Demócrata: si sigue con el business as usual y no entiende que a pesar de esa victoria lo esencial es volver a hablar con claridad a las clases medias de desigualdades sociales, económicas y de lo que aquel barbudo del siglo XIX resumía como “las condiciones materiales de la vida”, apaga y vámonos.
La lección para Europa está escrita en una fábula de Esopo de hace unos 2.500 años. Un caballo decide atacar a un ciervo que le había ofendido y empieza a perseguirlo, pero no lo alcanza. Pide ayuda a un cazador, que accede a cambio de colocarle unas bridas y una silla de montar. Con la ayuda del cazador no tarda en vencer al ciervo, y entonces el caballo le reclama al cazador que lo suelte: “No tan rápido, amigo”, responde el cazador, “ahora que te tengo tomado por la brida y las espuelas prefiero quedarme contigo como regalo”. Cuando la extrema derecha llega al poder a través de pactos con el diablo como los que han protagonizado la CDU y la AfD en Sajonia, o los que tienen pinta de protagonizar el PP y Vox en España, no resulta fácil desembarazarse de los ultras. Esa película la hemos visto una y otra vez, a pesar de las bofetadas de estas midterms. La historia no se repite, pero rima: lo crucial es detectar las rimas antes de que sea demasiado tarde.
Esperemos que Europa las detecte. Y pronto. No sea que a alguien se le ocurra escribir La conjura contra Europa, basada en hechos reales.
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