Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya lo verán.
Hemos entendido que, a veces, dar entrada a lo externo sale a cuenta y el fútbol ha hecho su magia convirtiendo el problema migratorio en solución
Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya lo verán.
El cuerpo del rey era extremadamente frágil, raquítico, por lo que no pudo caminar por sí mismo hasta los seis años. Sufría epilepsia, problemas renales, gota, hidrocefalia y trastornos intestinales. Su mandíbula inferior sobresalía varios centímetros, lo que hacía imposible masticar. En ese intento de boca, apenas cabía una lengua que duplicaba el tamaño natural, haciéndole babear constantemente. Balbuceaba cuando quería decir algo, aunque nunca supo ordenar el lenguaje más que para lanzar lamentos. Era, gracias a Dios, completamente estéril. Su aspecto era tan penoso y padecía tantas enfermedades que todo el imperio español, el mayor que ha existido jamás, lo apodó “el Hechizado”.
Pero no fue un hechizo el motivo del desastre, sino la preferencia de los Habsburgo por emparentarse entre ellos. Para mantener una línea sucesoria pura, durante casi 200 años, enrevesaron su genealogía asegurándose de que no fuera contaminada por lo de fuera, desconocedores de que precisamente dar entrada a lo externo era el antídoto para sus males y, por el contrario, la falta de variedad genética la causa de ellos.
En consecuencia, el índice de consanguinidad del rey era superior al que tendría si sus padres hubieran sido hermanos. Su muerte sin heredero supuso el fin de los Austrias y trajo la guerra a Europa que puso en el trono español a los antepasados de la actual familia real.
Mañana España se enfrenta a Austria con todas las esperanzas depositadas en Lamine Yamal, nuestra estrella. Nosotros, a diferencia de los reyes del imperio, sí importamos talento. Hemos entendido que, a veces, dar entrada a lo externo sale a cuenta y el fútbol ha hecho su magia convirtiendo el problema migratorio en solución.
Sin embargo, el que vino a un barrio chungo de Mataró a buscarse la vida no fue Lamine, sino su padre, Mounir. Habría que preguntarle a él qué tal la experiencia, pero no lo hacemos. Basta con mofarnos y criticar sus aspavientos en las redes. Hustle_hard_304 con su mural, su bailecito, haciéndose un filete, descojonado. Todo parece poco como respuesta a la hipocresía de los que le han puesto siempre el último en la fila y ahora ponen a su hijo el primero. Los que se cruzaban de acera y ahora la cruzan de vuelta para pedir un selfie. Los que le han llamado aprovechado y ahora se benefician de los millones de euros que su hijo deja cada año al estado del bienestar. Lo dicho, sale a cuenta.
La prioridad de los equipos nacionales es ganar el Mundial y para eso se convierten en un laboratorio en busca de la competitividad. Se hacen sitio los mejores, sin largos procesos ni examen de geografía, leyes o historia de España. La suerte es que nos elijan ellos a nosotros. Lo que nos enseñan Mounir y Lamine es que esa competitividad no se encuentra de forma necesariamente directa, a veces requiere tiempo y generaciones. Las consecuencias —las que sean— de lo que hoy se siembra se verán mejor en perspectiva más adelante.
Fuera del fútbol, los discursos radicales impuestos sobre el fenómeno migratorio no hacen más que confundirnos. Nos hacen elegir entre competitividad o arraigo. Sin altura de miras, es imposible conciliar ambas. Si nos moderamos y entendemos que por abrir la mano no estamos dando pie a lo de Guadalete, ni tampoco por cerrarla corremos el riesgo de acabar hechizados por la endogamia, entonces podemos empezar a discutir sobre el equilibrio necesario y sus argumentos. Mientras tanto, vivamos la burbuja del deporte donde los franceses se encomiendan a Mbappé, los americanos a Pulisic, los alemanes a Rüdiger, los ingleses a Saka y nosotros a Lamine Yamal Nasraoui Ebana.
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