La explicación más sencilla suele ser la correcta, salvo en Europa: el célebre principio de la navaja de Ockham falla con estrépito en el Viejo Continente, y desde luego es inútil para entender Hungría, si es que se puede llegar a entender un país. Ni siquiera sirve para comprender Szeged, la tercera ciudad del país centroeuropeo, al sureste, muy cerca ya de Serbia y Rumania, con apenas 200.000 habitantes y una docena de minorías.
El ex primer ministro defendió durante 16 años el cerrojazo de las fronteras, pero su sucesor, Péter Magyar, no es más progresista en materia de inmigración
La explicación más sencilla suele ser la correcta, salvo en Europa: el célebre principio de la navaja de Ockham falla con estrépito en el Viejo Continente, y desde luego es inútil para entender Hungría, si es que se puede llegar a entender un país. Ni siquiera sirve para comprender Szeged, la tercera ciudad del país centroeuropeo, al sureste, muy cerca ya de Serbia y Rumania, con apenas 200.000 habitantes y una docena de minorías.
Para los nostálgicos, Szeged es un concentrado del Imperio Austrohúngaro; para los europeístas, que vuelven a sacar a pasear su sonrisa después de que unas elecciones hayan puesto fin a tres lustros de mandato de Viktor Orbán como primer ministro, es una especie de UE en miniatura. ¿Cuál de esas dos simples explicaciones es la correcta?
La Hungría del vencedor de los comicios, Péter Magyar, la que quiere olvidar al ultraderechista Orbán, tiene frontera terrestre con siete países. Y una historia abigarrada, con más meandros que el Danubio. Conviven en el país una quincena de minorías lo bastante voluminosas como para estar bien organizadas, entre ellas la judía, que sufrió casi medio millón de bajas durante la Shoah y aun así está bien integrada y no ha sufrido presiones durante el orbanismo a pesar de los continuos ataques a George Soros, compensados, en parte, por la estrecha relación entre el exprimer ministro y Benjamin Netanyahu.
Apenas hay negros (unos pocos angoleños y cubanos; ese es un meandro comunista), hay pocos asiáticos (chinos, por las cuantiosas inversiones de Pekín, y filipinos, por la religión) y aún es más raro cruzarse con árabes, que no son bienvenidos en Hungría. No lo eran con Orbán y no lo son con Magyar, a pesar de su ímpetu por devolver al país al camino del Estado de derecho.
“Hungría está en plena catarsis, con una energía increíble. Los húngaros, como casi todos los países de Europa central y del Este, tienen actitudes hacia la migración bastante duras. Y eso no parece que vaya a cambiar, o al menos no a corto plazo”, subraya la politóloga Judit Sandor.
Esa quincena de minorías son en su gran mayoría cristianas (aunque la comunidad judía es la más amplia del Este), son blancas y están bien asimiladas porque llevan muchas décadas, a veces centenares de años en Hungría, un país con una historia que pesa lo suyo: el Imperio Austrohúngaro sobrevive en la arquitectura, en la cultura, en la psique de las gentes y de sus políticos, con esa nostalgia posimperial tan propia de esta época (incluso en la primavera Magyar: “Hungría y Austria solían ser un solo país. Queremos fortalecer la relación por razones históricas, culturales y económicas”, ha dicho el nuevo primer ministro). El tratado de Trianon, que tras la primera guerra mundial supuso enormes pérdidas territoriales y de población, es un trauma nacional. Todo ese pasado está a flor de piel en Szeged.

Szeged es uno de esos rincones centroeuropeos de casas decimonónicas de dos plantas, de calles amplias y arboladas, de lindas plazas empedradas. Y es una de las localidades con mayor concentración de minorías del país: hay familias de origen griego, armenio, alemán, polaco, eslovaco, ucranio, croata, serbio, rumano y gitano. Y algunos judíos: tiene dos sinagogas. Todas esas minorías conservan su cultura, sus costumbres y, en muchos casos, su idioma.
Karsih Attila tiene 51 años, la piel tirando a oscura, los ojos claros y vivarachos. Su bisabuelo Carlos, que tenía una fábrica de ladrillos y una familia “muy, muy húngara”, se enamoró de una gitana, Rozaria: “Tuvieron varios hijos de manera no oficial”; la cursiva es de este reportero, para subrayar la ironía cascabelera que desprenden sus palabras y su mirada franca. Hay unos 3.000 gitanos en Szeged, y unos 850.000 en el país, aunque las estadísticas oficiales hablan de 210.000.
“A veces sentimos el racismo y desde luego Orbán nunca nos trató bien: mi gente tiende a no señalar su etnia en el censo”, dice sentado en un salón de la Casa de las Minorías, donde resalta, con indisimulado orgullo, que ahora uno de los suyos es vicepresidente del Parlamento.
Junto a él, Barbara Liptai-Havasi, de 49 años, cuenta que sus abuelos llegaron desde Bulgaria y trabajaron como jardineros y en el campo: “Este no es un país que discrimine a las minorías… Si exceptuamos a los romaníes. Con el resto, los que llevamos siglos aquí, somos racialmente muy similares y nos hemos adaptado. Hungría se ha portado bien. Aunque Orbán vinculaba las ayudas sociales a las iglesias. Y las daba a cambio de apoyo, y para que los países de origen, que a su vez también tienen minorías húngaras voluminosas, trataran bien a sus ciudadanos. Esperemos que eso cambie con Magyar”.
Orbán se gastó entre enero y mayo, en los últimos meses de su mandato, el 91% del presupuesto de todo el año. “Quizá haya que esperar a 2027″, asume Barbara, en un país cuya economía no levanta cabeza desde la covid, con una inflación fuerte y un déficit público que puede irse más allá del 6% del PIB este año. Hungría espera que Bruselas desbloquee 18.000 millones en fondos europeos para facilitar la transición. Con ese dinero podría haber políticas sociales; sin él, imposible.
Magyar aparece en todas las conversaciones, en Budapest y en Szeged. Es un rayo de esperanza para estas gentes después de 16 años marcados por una deriva autocrática en las universidades, en los medios, en el poder judicial, en una corrupción que atravesaba el sistema de arriba abajo. El nuevo primer ministro llega con una promesa de regeneración. Vapuleó a Orbán el pasado 12 de abril con el objetivo de desandar toda esa deriva iliberal.
Pero Magyar sale del círculo íntimo del orbanismo. Estuvo casado con su ministra de Justicia. Y es un conservador al uso, no un liberal, y en algunas agendas, en especial la migratoria, más bien ultraconservador: “Queremos proteger nuestro país y Europa de la inmigración ilegal, y vamos a seguir políticas estrictas”, dijo en la campaña electoral, en la que llegó a tildar de blando a Orbán en ese capítulo: “Basta de distracciones y mentiras”, afirmó, a la vista de que Orbán ha permitido la entrada de trabajadores chinos, en condiciones laborales impropias de la UE, para trabajar en las fábricas del gigante asiático.
Hungría ha sido siempre un país con una fuerte identidad nacional, pero la última década y media ha ido más allá de ese eufemismo, con unas élites marcadamente antinmigración y una sociedad con actitudes poco amables con los extranjeros, según las encuestas de Pew y la Agencia Europea de Derechos Fundamentales. El 98% de los húngaros que votaron en un referéndum de octubre de 2016 expresaron su rotunda oposición a admitir extranjeros. “Solo cristianos blancos”, dijo entonces Orbán a modo de aviso a navegantes.
Szeged y sus minorías apuntan hacia una aproximación distinta. “Yo soy un húngaro promedio: tengo un abuelo alemán y una abuela eslovaca. Y no creo que este sea un país racista”, dice Nagy Miliavy, otro de los líderes de las minorías en Szeged. Su compañero Karsih Attila, líder de la comunidad gitana, le mira de reojo y con ese simple gesto expresa otra opinión.
Y de la anécdota a la categoría: la mayoría de los húngaros votaron durante 16 años por una opción política que defiende que hay que cerrar a cal y canto las fronteras y cuyo líder, Viktor Orbán, repitió hasta la saciedad que la llegada masiva de migrantes —en un país que irónicamente los necesita como el comer: está en un invierno demográfico— va a comprometer el Estado del bienestar y la cultura, y va a destruir la sociedad.
Orbán levantó una valla kilométrica para bloquear la migración procedente de la llamada ruta de los Balcanes, en la frontera con Serbia. Y sí, en la Casa de las minorías de Szeged también hay una serbia, Náda Málbáki, de 65 años, cuyos padres llegaron hace décadas a la ciudad. “Los muros tienen algo de derrota, pero este país ha recosido muchas heridas”, cierra. No, definitivamente la navaja de Ockham no afeita bien en Szeged.
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