Mientras Venezuela sufría dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que dejaban La Guaira convertida en escombros y al menos 164 muertos, Japón registraba, casi media hora después, un seísmo de magnitud 6,9 frente a la costa de Iwate, en el noreste del archipiélago.
El país asiático, con más recursos económicos, se prepara para un gran terremoto con sistemas de alerta, estrictas normas de construcción y una cultura de la preparación muy asentada
Mientras Venezuela sufría dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que dejaban La Guaira convertida en escombros y al menos 164 muertos, Japón registraba, casi media hora después, un seísmo de magnitud 6,9 frente a la costa de Iwate, en el noreste del archipiélago.
Se sintió a las 7.30 de la mañana hora local del jueves desde la isla septentrional de Hokkaido hasta Kanagawa, la prefectura vecina a Tokio. Hubo interrupciones en los transportes pero nadie murió. Solo se contabilizaron cuatro heridos.
La explicación no es que Japón tiemble menos. La diferencia geológica entre ambos países es abismal. El terremoto generó el llamado movimiento sísmico de período largo: ondas que viajan a cientos de kilómetros y balancearon durante algunos minutos los edificios de gran altura de Tokio sin que nadie resultara herido en la capital. El epicentro se situó frente a la costa de la prefectura de Iwate, y el hipocentro se localizó a unos 44 kilómetros de profundidad.
Japón está situado sobre la intersección de cuatro placas tectónicas y registra el 10% de todos los terremotos del mundo, según la Agencia Meteorológica de Japón (JMA por sus siglas en inglés). El más fuerte registrado hasta hoy, de magnitud 9, fue el Gran Terremoto del Este de Japón, ocurrido el 11 de marzo de 2011. El posterior tsunami fue la causa principal de los casi 20.000 ahogados por olas que, en lugares puntuales, alcanzaron los 40 metros. El tsunami provocó además el accidente de la central de Fukushima, donde se encontraban seis de los 53 reactores nucleares distribuidos por todo el archipiélago.
Cultura de prevención
Debido a esa propensión, Japón ha desarrollado una cultura de prevención, normativas estrictas de construcción y una eficiente capacidad de recuperación. También dispone de mayores recursos económicos para sostener estas políticas. Cuenta asimismo con un sofisticado sistema de alertas tempranas que, por avisar incluso de movimientos moderados, forma ya parte de la rutina de los japoneses. Venezuela, según confirmó esta semana a Televisión Española un vecino de La Guaira llamado José Rolón, no tenía nada de eso: “No existía ninguna política de prevención para un desastre natural de esta magnitud y hoy estamos viendo las consecuencias”.
El pasado 2 de mayo un viajero español se encontraba de vacaciones con su familia en la ciudad japonesa de Osaka cuando un pitido empezó a sonar en el móvil y en el de decenas de personas que hacían compras en una tienda de Muji. Miró su pantalla y leyó: “Alerta temprana de terremoto. Prepárese para fuertes temblores. Mantenga la calma y busque un refugio cerca”. El texto, en español y japonés, lo firmaba la Agencia Meteorológica de Japón.

“Nos pusimos bastante nerviosos. ¿Dónde están las niñas?, pregunté a mi mujer», contaba unas horas después. Al ver que los clientes japoneses no se inmutaban, su temor se tornó en extrañeza: “La gente siguió comprando como si nada”. Un hombre les dijo que no había motivo para preocuparse. El viajero resumió en una frase la cotidianeidad de uno de los países con mayor actividad sísmica del mundo: “Esto es vivir bajo la amenaza constante de un terremoto”.
Las alertas parten de la JMA, un edificio de 14 plantas en Tokio que se mece con los seísmos por estar construido sobre una base de capas de caucho laminado de entre 0,9 y 1,5 metros de grosor. Akiyuki Kamata, investigador del Departamento de Terremotos y Volcanes, recibe a EL PAÍS en sala de control de la quinta planta. Allí, veinte operadores vigilan decenas de pantallas con información sismográfica y monitores con imágenes en tiempo real de 50 de los 111 volcanes activos en todo el archipiélago.
2.000 seísmos
Según Kamata, Japón registra cada año más de 2.000 seísmos. Solo unos cinco o seis al día pueden ser percibidos por las personas, pues alcanzan un grado de 1 o más en la escala japonesa shindo, el sistema local para medir la intensidad sísmica. El shindo informa a los ciudadanos, en una escala de 0 a 7, cuánto tembló el suelo donde se encontraban en el momento del terremoto, a diferencia de la magnitud, que mide la energía total liberada en el hipocentro y no varía según el lugar donde se mida. El terremoto que sorprendió a la familia española el 2 de mayo tuvo su epicentro en Nara, a unos 50 kilómetros de Osaka, con una intensidad shindo de 3, una vibración por lo regular imperceptible para personas que caminan.
La JMA usa satélites geoestacionarios, radares meteorológicos y recibe información de unos 4.200 sensores de intensidad sísmica instalados en tierra. También tiene sensores de tsunami en alta mar. El más distante está en Minami-Torishima, un atolón triangular situado en el Pacífico, a 1.950 kilómetros de Tokio, donde se registra, por ejemplo, un tsunami generado por un seísmo en Chile que puede llegar a las costas japonesas. La JMA envía sus señales de alerta a la televisión pública NHK, a empresas de telefonía y a instituciones como la Guardia Costera y el ministerio de Territorio, Infraestructura, Transporte y Turismo de Japón.
Crear una rutina
“Las alertas de los móviles no sirven para nada sin una preparación previa”, dice en una videollamada Kazuya Nakayachi, psicólogo de la Universidad Doshisha de Kioto. El especialista en psicología del riesgo sísmico hace referencia a los escasos tres segundos que suele haber entre la señal de anuncio y el terremoto real: “Lo importante es crear una rutina diaria para cuando llegue el momento”.
Al hablar de la adaptación nipona a su medio, Nakayachi cita la “mentalidad de tifón”, expresión del filósofo japonés Tetsuro Watsuji (1889-1960) para la “resignación activa” del japonés frente a los fenómenos más destructivos de la naturaleza. No enfrentarse a ella: habitarla. En las escuelas de todo el país se realizan simulacros de evacuación cada 1 de septiembre, aniversario del Gran Terremoto de Kanto de 1923, que dejó más de 100.000 muertos en Tokio y Kanagawa, la mayor parte por incendios. Existen además museos y exposiciones permanentes diseñadas bajo el principio de convertir la incertidumbre en un protocolo de acción.

En el Parque de Prevención de Desastres Tokio Rinkai, en el barrio de Ariake, encontramos a Haruna Watanabe, madre de familia de 39 años con sus hijos, una niña de 10 y un niño de 8. “Mi marido y yo trabajamos todo el día. Quiero que mis hijos estén bien preparados. En la escuela aprenden lo básico pero aquí tienen la oportunidad de ver calles destruidas y es todo más físico”, dice a EL PAÍS a la salida de una exposición que pregunta “¿Cómo sobrevivir las primeras 72 horas después de un terremoto con epicentro en Tokio?“. Tiene a la entrada de su casa mochilas individuales con los artículos esenciales —comidas de larga duración, pilas, botiquín, casco— que recomiendan las autoridades.
El megaterremoto
El gobierno japonés y la JMA mantienen activa desde hace décadas la previsión de un megaterremoto en la Fosa de Nankai, una vasta zona que cubre 26 de las 47 prefecturas del país. Con una magnitud de 8 a 9 y un tsunami con olas de hasta 30 metros, el seísmo causaría unas 298.000 muertes, según la proyección revisada en septiembre de 2025, cuando se elevó la posibilidad al 60-90% en los próximos treinta años.
Robert Geller, profesor emérito estadounidense de la Universidad de Tokio y reputado crítico de las predicciones geológicas, advierte del riesgo de concentrar la atención en una zona específica, pues puede dar la impresión de que el resto del archipiélago es seguro. “Los terremotos son un fenómeno demasiado complejo y no lineal como para que alguna vez sean predecibles con la precisión y fiabilidad suficientes para emitir alarmas”. Su recomendación es no bajar la guardia: “Desde 1979, casi todos los terremotos con más de diez víctimas mortales en Japón han ocurrido en zonas que los mapas nacionales de riesgo sísmico clasificaban como de baja probabilidad”.
Al comentar el terremoto del jueves, el sismólogo Shinichi Sakai, de la Universidad de Tokio, declaró a la agencia Kyodo que “nunca había visto seísmos con tal frecuencia” en la región noreste de Japón. La actividad, que encadena terremotos de clase M7 desde finales de 2025, evoca el patrón que precedió al Gran Terremoto de 2011: el 9 de marzo de ese año, un seísmo de magnitud 7,3 golpeó la misma zona. Dos días después llegó el de magnitud 9,0.
Al caer la tarde del jueves, la JMA informaba de al menos 11 réplicas en Iwate. Ninguna superó una magnitud de 4,7.
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