La muerte es una amenaza que siempre está ahí, pero en sitios en los que no se la espera, encontrarse con ella se hace especialmente brutal. Un estadio está preparado para la alegría, la tristeza, la rabia, la injusticia, el orgullo, la humillación. Todo desde cierta inocencia, porque sabemos que nada de lo que ahí ocurre afecta a las cosas esenciales de nuestras vidas. Hay algo ingenuo en esa pasión y la ingenuidad no sabe qué hacer con la muerte. No encuentra explicación, ni siquiera palabras para una conmoción semejante. Como siempre que chocan dos cosas de distinta naturaleza.
Nadie y en ningún lugar está a salvo de un accidente. Pero no busquemos culpables. Para tanto dolor, es suficiente con una víctima
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Nadie y en ningún lugar está a salvo de un accidente. Pero no busquemos culpables. Para tanto dolor, es suficiente con una víctima


La muerte es una amenaza que siempre está ahí, pero en sitios en los que no se la espera, encontrarse con ella se hace especialmente brutal. Un estadio está preparado para la alegría, la tristeza, la rabia, la injusticia, el orgullo, la humillación. Todo desde cierta inocencia, porque sabemos que nada de lo que ahí ocurre afecta a las cosas esenciales de nuestras vidas. Hay algo ingenuo en esa pasión y la ingenuidad no sabe qué hacer con la muerte. No encuentra explicación, ni siquiera palabras para una conmoción semejante. Como siempre que chocan dos cosas de distinta naturaleza.
Porque el fútbol es todo lo contrario a la muerte. La muerte no admite revancha ni te brinda el consuelo de una próxima temporada. El fútbol es vida: una cumbre emocional que rompe con lo cotidiano porque, en cuanto juego, es un refugio que nos pone a salvo de la realidad. Hay vida en la pasión de esta profesión absolutamente vocacional; hay vida en los sueños, que solo saben mirar hacia delante y que un jugador renueva cada temporada; hay vida en la solidaridad de un equipo que es siempre una armada protectora que aporta seguridad. Pero todas esas percepciones hoy parecen absurdas, insignificantes, porque una realidad inesperada, de pronto, nos atacó por la espalda para hacer añicos esa maravillosa ficción que llamamos fútbol.
Nadie y en ningún lugar está a salvo de un accidente. Quizás, nuestra incapacidad para explicar el azar nos mueva a buscar culpables. Nos cuesta admitir que una desgracia de esta magnitud no tenga un responsable. Un choque de alguien que busca el balón contra alguien que, previendo un choque, intenta defenderse, es parte de la imprevisibilidad del fútbol. Una acción urgente e inocente a la que las consecuencias vuelven trágicas. La vida está llena de ellas. El fútbol no, y por eso nuestro desconcierto. No busquemos culpables. Para tanto dolor, es suficiente con una víctima.
Hay lugares por los que pasamos sin más, y otros que se quedan en nosotros y a los que volvemos una y otra vez. Hay algo mío que se quedó en Tenerife hace más de treinta años, una identificación con el club y con la isla que me mantiene atento a sus alegrías y decepciones. Es la fuerza del fútbol, que cruza destinos y crea vínculos para siempre. Algo misterioso, una especie de parentesco sentimental que nos mantiene conectados y que, cuando ocurre una tragedia, nos aproxima aún más.
Lo sufrido por Jesús de Miguel agranda mi sentimiento de adhesión. Como si se hubiera ido alguien a quien me unía una misma identidad. Va hacia allí, entonces, mi emocionado dolor hacia su familia y hacia el Club Deportivo Tenerife, desde su presidente, mi querido Felipe Miñambres, hasta el último aficionado.
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