La gran oportunidad para Florentino Pérez

Hay momentos en la vida en los que uno tiene que elegir entre quien ya te hizo feliz y quien te promete la felicidad, y para que ocurra este momento no es necesario ser de un club de fútbol: basta salir a la calle y que hayan abierto una frutería nueva. El primero ya sabe qué hacer para hacerte feliz o al menos ya lo ha conseguido, y del otro desconoces su método. El madridismo eligió este domingo a un presidente que hizo el milagro una vez y lo hizo la segunda, y ahora ese madridismo ha dicho que confían en él para hacerlo la tercera. Una suerte de último baile en el nombre de tantas alegrías pasadas.

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 El madridismo eligió este domingo a un presidente que hizo el milagro una vez, lo hizo la segunda, y ahora ha dicho que confían en él para hacerlo la tercera  

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El madridismo eligió este domingo a un presidente que hizo el milagro una vez, lo hizo la segunda, y ahora ha dicho que confían en él para hacerlo la tercera

Florentino Pérez posa con socios a su llegada para votar en las elecciones a la presidencia del Real Madrid, este domingo.Rodrigo Jimenez (EFE)
Manuel Jabois

Hay momentos en la vida en los que uno tiene que elegir entre quien ya te hizo feliz y quien te promete la felicidad, y para que ocurra este momento no es necesario ser de un club de fútbol: basta salir a la calle y que hayan abierto una frutería nueva. El primero ya sabe qué hacer para hacerte feliz o al menos ya lo ha conseguido, y del otro desconoces su método. El madridismo eligió este domingo a un presidente que hizo el milagro una vez y lo hizo la segunda, y ahora ese madridismo ha dicho que confían en él para hacerlo la tercera. Una suerte de último baile en el nombre de tantas alegrías pasadas.

Ha sido en unas elecciones bienvenidas (hay que votar, siempre, casi lo que sea) en las que el socio, después de muchos años, ha podido expresar su opinión. El Madrid es un club de atmósfera tan extraña que dos años sin título exigen catarsis violentas, y las elecciones es la menor de ellas: debería haber condiciones para que se votase cada cuatro años, y no de esta manera exótica en la que accede a ellas el actual jefe.

Y ahora, después de la década más feliz y alegre del madridismo, los años en los que saltamos encima de los charcos en media Europa en una espiral ganadora invencible, se le preguntó al socio qué pasa. Fue tras dos temporadas vacías, y con Florentino sospechando movimientos renqueantes detrás cuando el viento dejó de soplar a favor. El resultado lo habilita cuatro años más para seguir construyendo un club, el Madrid, en un entorno europeo endiablado en el que su supervivencia como entidad propiedad de los socios está cada vez más amenazada. Ha cometido Florentino Pérez errores los últimos años pero no ha hecho, al menos, el último de todos, como en 2006: irse por no saber lidiar con las estrellas. Se ha quedado esta vez y además con la promesa de Mourinho, ya puestos a hacer el último baile: el entrenador que hace 15 años revolucionó el Madrid de una forma que, nada más salir él, quedó una plantilla sobreexcitada que empezó sin él un ciclo impresionante, una hegemonía de la que Florentino Pérez, y buena parte del madridismo, achacó una parte a él (aquella semifinal a penaltis contra el Bayern en las que fallaron todos los mejores del Madrid).

El Madrid vuelve a aquellos años agitados y excitantes en circunstancias distintas. Ni Mourinho es el mismo ni Guardiola entrena al mejor Barcelona de su historia, ni el Madrid agoniza bajo la bota de su eterno rival, aunque ahora esté debajo. En el vestuario hay una plantilla en rebelión que ha dinamitado banquillos con varias estrellas jóvenes que han acumulado un poder que tendrán, si tienen ganas de hacerlo, de confrontarlo con uno de los entrenadores con más carácter del fútbol mundial. En él, su entrenador fetiche, el preparador al que siempre ha respetado a niveles elevados incluso a falta del título dorado del Madrid, ha depositado el poder Florentino Pérez. Que tendrá ahora, Mourinho, su gran oportunidad.

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