La llamada del Tour, la llamada de la vida

El verano siempre empezaba con el Tour de Francia. Desde la sombrilla de la playa se escuchaba la sintonía de RTVE que emitían las teles del bloque de apartamentos a esa hora de la siesta. Era nuestra llamada. Yo solía esperar tumbada en la toalla, entretenida con las imágenes distorsionadas que provocaba el tórrido sol almeriense sobre la arena a la hora de comer, hasta ver borrosamente la figura de mi padre aparecer con su bicicleta en la cima de la cuesta de tierra que aterrizaba en nuestra playa. Porque, a esas horas, la playa era nuestra.

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 Los veranos comienzan con la retransmisión televisiva de la carrera gala, un manual ciclista de resistencia humana  

El verano siempre empezaba con el Tour de Francia. Desde la sombrilla de la playa se escuchaba la sintonía de RTVE que emitían las teles del bloque de apartamentos a esa hora de la siesta. Era nuestra llamada. Yo solía esperar tumbada en la toalla, entretenida con las imágenes distorsionadas que provocaba el tórrido sol almeriense sobre la arena a la hora de comer, hasta ver borrosamente la figura de mi padre aparecer con su bicicleta en la cima de la cuesta de tierra que aterrizaba en nuestra playa. Porque, a esas horas, la playa era nuestra.

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