Europa despertó en 2021 de su ensoñación energética. Vladimir Putin preparó el terreno para la invasión de Ucrania cerrando el grifo del gas a Centroeuropa, una vía de debilitar el continente antes de desatar un conflicto que ha supuesto un punto de inflexión en su historia. La reacción europea, buscando suministros alternativos (sobre todo en EE UU), improvisando plantas de regasificación y reduciendo el consumo permitió salvar dos inviernos críticos. A partir de ahí, el gas ha dejado de ser uno de los grandes problemas de Europa. Es prácticamente imposible que se repita una crisis como aquella, pues Rusia suponía en torno al 40% del suministro. Una dependencia que no existe en ese grado. Pero Europa sigue lejos de la autonomía energética y sujeta a los vaivenes de la geopolítica. El cierre de Ormuz ha disparado los precios del gas a niveles récord, y los almacenes no se han llenado al ritmo previsto. Los contratos de suministro a largo plazo ahuyentan el riesgo de escasez, pero no liberan el mercado de tensiones como las actuales.
El fin de la dependencia del gas ruso no ha traído consigo la autonomía energética, y el estrecho de Ormuz vuelve a recordarlo
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El fin de la dependencia del gas ruso no ha traído consigo la autonomía energética, y el estrecho de Ormuz vuelve a recordarlo


Europa despertó en 2021 de su ensoñación energética. Vladimir Putin preparó el terreno para la invasión de Ucrania cerrando el grifo del gas a Centroeuropa, una vía de debilitar el continente antes de desatar un conflicto que ha supuesto un punto de inflexión en su historia. La reacción europea, buscando suministros alternativos (sobre todo en EE UU), improvisando plantas de regasificación y reduciendo el consumo permitió salvar dos inviernos críticos. A partir de ahí, el gas ha dejado de ser uno de los grandes problemas de Europa. Es prácticamente imposible que se repita una crisis como aquella, pues Rusia suponía en torno al 40% del suministro. Una dependencia que no existe en ese grado. Pero Europa sigue lejos de la autonomía energética y sujeta a los vaivenes de la geopolítica. El cierre de Ormuz ha disparado los precios del gas a niveles récord, y los almacenes no se han llenado al ritmo previsto. Los contratos de suministro a largo plazo ahuyentan el riesgo de escasez, pero no liberan el mercado de tensiones como las actuales.
La generación renovable no solo es la respuesta más racional en un contexto de cambio climático, cuyos efectos van a más y son cada año mayores; también es la salida evidente para un continente sin energías fósiles. Pero el camino no es ni mucho menos sencillo. Las alteraciones de precio que registra este verano el mercado eléctrico reflejan el desequilibrio entre oferta y demanda según estén operativas o no las centrales fotovoltaicas. El sistema, además, sigue necesitando de las energías de respaldo. Al menos de forma transitoria.
Que el futuro energético de Europa pasa por las renovables es evidente, pero también es evidente que no basta en absoluto con el despliegue de generación: se precisan sistemas de almacenamiento a gran escala (sean baterías, sea hidrógeno verde) para suavizar un desfase que probablemente vaya a más, y también para garantizar la llamada generación síncrona que proteja al sistema de vaivenes en la tensión.
Se precisa también mejorar las redes y los sistemas de interconexión (también internacional), de modo que la electrificación de la movilidad y de la industria, por no hablar de los centros de datos, no sea una cortapisa para el crecimiento. La transición energética es un camino largo y no es precisamente barato. Pero las alternativas son peores, no solamente desde el punto de vista ambiental; también desde el económico o geopolítico. Precisamente por eso es necesario sellar las fugas del despliegue renovable.
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