Las dos Españas, plato único del sanchismo

«Dicen los viejos que en este país hubo una guerra. Que hay dos Españas que guardan aún el rencor de viejas deudas», cantaba Jarcha en ‘Libertad sin ira’. El director Jaime Camino filmaba ‘La vieja memoria’: confrontaba, sin comentarios, entrevistas a los protagonistas de la contienda. Las dos Españas. Los anarquistas Federica Montseny y Abad de Santillán contra los comunistas Enrique Líster, Dolores Ibárruri. Enfrente, el falangista Raimundo Fernández Cuesta. La paz franquista: la mano dura «para evitar lo peor» de la canción. Adolfo Suárez sobrevoló la ciénaga de los odios. No más cizaña cainita: las atrocidades sucedieron en ambos bandos. «Que España funcione», el lema de Felipe González en 1982. Pasaron cuarenta años y llegó Zapatero con su abuelo fusilado y su ley de ‘memoria histórica’. Se trataba de santificar a los republicanos y satanizar a los franquistas: las dos Españas que Pedro Sánchez, su criatura política, reavivó: la oposición pasaba de adversario a enemigo. Puro Carl Schmidt. En el noventa aniversario del estallido de la guerra conviene leer ‘Incierta gloria’ de Joan Sales (Barcelona, 1912-1983) que publica Anagrama con renovada traducción del catalán al castellano de Gonzalo Torné. Escritor, poeta, traductor y editor, Sales fue comandante del ejército republicano. La diáspora de la derrota le exilió en la República Dominicana y México hasta su retorno a España en 1948, donde fundó Club Editor, el sello que dio a conocer ‘La plaça del Diamant’ de Mercè Rodoreda o ‘Bearn’ de Llorenç Villalonga. En 1956 publicó ‘Incerta glòria’, tal vez la mejor novela sobre la guerra civil. El título alude a unos versos de Shakespeare: «La incierta gloria de un día de abril». Porque eso fue la República: una ilusión primaveral que acabó aplastada por las ideologías entonces en boga del comunismo y el fascismo: «Quien podía pensar que aquella alegría excitante desembocaría cinco años después en la más absurda de las carnicerías», escribe Sales. Ambientada en el frente de Aragón donde combaten las milicias anarquistas y la retaguardia barcelonesa de la persecución religiosa y las checas, narrada desde tres puntos de vista, sus protagonistas metabolizan la tragedia de una nación enredada en los dogmas y la propaganda. La trama novelesca está trufada de lúcidas reflexiones: «No sabemos nada de los demás, ni nos importa; en cambio, desearíamos que los demás nos conocieran a fondo. Nuestro afán por ser comprendidos solo puede compararse con nuestra desgana por comprender a nadie», advierte Sales en esta observación de alcance actual. Si algo distingue a ‘Incierta gloria’ de otras obras sobre la contienda es la voluntad autocrítica. Uno de los personajes, el incorrecto Juli Soleràs, lector en alemán de ‘El capital’, se refiere así a las izquierdas desprovistas de imaginación y propósitos totalitarios: «¡Son temibles! Sin imaginación no puede haber sentido del humor; de la misma manera que le cortarían el cuello a media humanidad para imponer ‘Das Kapital’ como lectura obligatoria en todas las clases de parvulario, cualquier día serán capaces de dedicarse a la erudición exhaustiva». Ahí tienen a Podemos.’Incierta gloria’ es un clásico; su autor parece describir el presente: «Nuestros bisnietos se reirán cuando se enteren de que nosotros nos matábamos por favorecer a los proletarios contra los burgueses o a los arios contra los semitas y sin embargo es en nombre de esas palabras vacías y risibles que se han creado los campos de concentración de Stalin y Hitler». Zapatero y Sánchez consienten el olvido juvenil de los crímenes de ETA mientras sumergen a los educandos en el miasma guerracivilista. «Dice el PSOE que en este país hubo una guerra». Las Dos Españas, el plato único del sanchismo. «Dicen los viejos que en este país hubo una guerra. Que hay dos Españas que guardan aún el rencor de viejas deudas», cantaba Jarcha en ‘Libertad sin ira’. El director Jaime Camino filmaba ‘La vieja memoria’: confrontaba, sin comentarios, entrevistas a los protagonistas de la contienda. Las dos Españas. Los anarquistas Federica Montseny y Abad de Santillán contra los comunistas Enrique Líster, Dolores Ibárruri. Enfrente, el falangista Raimundo Fernández Cuesta. La paz franquista: la mano dura «para evitar lo peor» de la canción. Adolfo Suárez sobrevoló la ciénaga de los odios. No más cizaña cainita: las atrocidades sucedieron en ambos bandos. «Que España funcione», el lema de Felipe González en 1982. Pasaron cuarenta años y llegó Zapatero con su abuelo fusilado y su ley de ‘memoria histórica’. Se trataba de santificar a los republicanos y satanizar a los franquistas: las dos Españas que Pedro Sánchez, su criatura política, reavivó: la oposición pasaba de adversario a enemigo. Puro Carl Schmidt. En el noventa aniversario del estallido de la guerra conviene leer ‘Incierta gloria’ de Joan Sales (Barcelona, 1912-1983) que publica Anagrama con renovada traducción del catalán al castellano de Gonzalo Torné. Escritor, poeta, traductor y editor, Sales fue comandante del ejército republicano. La diáspora de la derrota le exilió en la República Dominicana y México hasta su retorno a España en 1948, donde fundó Club Editor, el sello que dio a conocer ‘La plaça del Diamant’ de Mercè Rodoreda o ‘Bearn’ de Llorenç Villalonga. En 1956 publicó ‘Incerta glòria’, tal vez la mejor novela sobre la guerra civil. El título alude a unos versos de Shakespeare: «La incierta gloria de un día de abril». Porque eso fue la República: una ilusión primaveral que acabó aplastada por las ideologías entonces en boga del comunismo y el fascismo: «Quien podía pensar que aquella alegría excitante desembocaría cinco años después en la más absurda de las carnicerías», escribe Sales. Ambientada en el frente de Aragón donde combaten las milicias anarquistas y la retaguardia barcelonesa de la persecución religiosa y las checas, narrada desde tres puntos de vista, sus protagonistas metabolizan la tragedia de una nación enredada en los dogmas y la propaganda. La trama novelesca está trufada de lúcidas reflexiones: «No sabemos nada de los demás, ni nos importa; en cambio, desearíamos que los demás nos conocieran a fondo. Nuestro afán por ser comprendidos solo puede compararse con nuestra desgana por comprender a nadie», advierte Sales en esta observación de alcance actual. Si algo distingue a ‘Incierta gloria’ de otras obras sobre la contienda es la voluntad autocrítica. Uno de los personajes, el incorrecto Juli Soleràs, lector en alemán de ‘El capital’, se refiere así a las izquierdas desprovistas de imaginación y propósitos totalitarios: «¡Son temibles! Sin imaginación no puede haber sentido del humor; de la misma manera que le cortarían el cuello a media humanidad para imponer ‘Das Kapital’ como lectura obligatoria en todas las clases de parvulario, cualquier día serán capaces de dedicarse a la erudición exhaustiva». Ahí tienen a Podemos.’Incierta gloria’ es un clásico; su autor parece describir el presente: «Nuestros bisnietos se reirán cuando se enteren de que nosotros nos matábamos por favorecer a los proletarios contra los burgueses o a los arios contra los semitas y sin embargo es en nombre de esas palabras vacías y risibles que se han creado los campos de concentración de Stalin y Hitler». Zapatero y Sánchez consienten el olvido juvenil de los crímenes de ETA mientras sumergen a los educandos en el miasma guerracivilista. «Dice el PSOE que en este país hubo una guerra». Las Dos Españas, el plato único del sanchismo.  

«Dicen los viejos que en este país hubo una guerra. Que hay dos Españas que guardan aún el rencor de viejas deudas», cantaba Jarcha en ‘Libertad sin ira’. El director Jaime Camino filmaba ‘La vieja memoria’: confrontaba, sin comentarios, entrevistas a los protagonistas de … la contienda. Las dos Españas. Los anarquistas Federica Montseny y Abad de Santillán contra los comunistas Enrique Líster, Dolores Ibárruri. Enfrente, el falangista Raimundo Fernández Cuesta. La paz franquista: la mano dura «para evitar lo peor» de la canción. Adolfo Suárez sobrevoló la ciénaga de los odios. No más cizaña cainita: las atrocidades sucedieron en ambos bandos. «Que España funcione», el lema de Felipe González en 1982.

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