Creí que se había explotado una llanta. Estaba manejando, mi hija iba como copiloto y llevaba a otros dos niños vecinos en el asiento de atrás. Todos los días los transporto al colegio. Estábamos, en la lenta fila de carros de cada día, cuando sentí un jalón hacia la derecha. “Se estalló una llanta”, pensé. Pero luego: “no sonó”. Después vi que el carro de adelante bailaba de un lado a otro y que los demás se movían como en los videos que circulan en redes cuando ocurren terremotos en Japón. Me sentí en Japón. Eso fue lo que pensé. “Este es un terremoto tan fuerte como los que sacuden a Japón”.
En los chats con los amigos de Manizales la pregunta migra de “¿estás bien?” a “¿hay grietas en tu casa?”, “¿debes evacuar?”
Creí que se había explotado una llanta. Estaba manejando, mi hija iba como copiloto y llevaba a otros dos niños vecinos en el asiento de atrás. Todos los días los transporto al colegio. Estábamos, en la lenta fila de carros de cada día, cuando sentí un jalón hacia la derecha. “Se estalló una llanta”, pensé. Pero luego: “no sonó”. Después vi que el carro de adelante bailaba de un lado a otro y que los demás se movían como en los videos que circulan en redes cuando ocurren terremotos en Japón. Me sentí en Japón. Eso fue lo que pensé. “Este es un terremoto tan fuerte como los que sacuden a Japón”.
Mi hija dijo: “está temblando”. Uno de los niños preguntó: “¿nos bajamos?» Dije que no. Si algo caía, el techo del carro nos protegería, aunque no estábamos al pie de ningún edificio. Del celular empezó a sonar un pitido de alerta. Pisé el freno hasta el fondo. Con una mano tenía fuerte el timón, con la otra la mano de mi hija.
Bajé el vidrio para escuchar mejor. La tierra rugía, como si hubiera un motor encendido debajo del asfalto. Siquiera estaba en ese momento con mi hija.
Iba a decir: “Ya pasó”, pero el movimiento arreció. Les dije: “respiremos todos profundo, respiremos despacio”. Lo dije fuerte, pero en realidad era un mensaje para mí: los chicos estaban tranquilos y a mí me temblaba todo. El reloj del radio marcaba las 7.34 a.m.
¿Cuánto dura un temblor? La eternidad que alcanza para que en la mente aparezcan uno a uno los rostros de la gente que uno quiere, y que sus imágenes se superpongan con las del terremoto del Quindío, del 25 de enero de 1999, o las de Venezuela de hace un mes. La mente divaga mientras el cuerpo se paraliza del terror, haciendo la tarea de respirar, que es la de sobrevivir, y contar los segundos para que el tiempo pase, las piernas dejen de temblar y el piso deje de moverse.
¿Esto cuándo se va a acabar? Siquiera estoy en este momento cogida de la mano de mi hija.
Decimos “ya pasó”, en tono de pregunta, para confirmar que ya pasó. Que este terremoto, más largo y más fuerte que el de Armenia de hace 27 años, el más duro que he vivido yo, que tengo 51 años, y los tres adolescentes que me acompañan en el carro, por fin terminó y estamos bien.
Hay que avisar que estamos bien. Tomo el celular, pero mi hija de 14 años asume el control. Dice: “mamá, estás temblando, yo lo hago”. Le pido que le escriba al papá y al chat de la familia. Mi hermano vive en un piso 12 y contesta: “bien”; mi esposo dice “Bien, aquí todo ok”. Mis papás guardan silencio. 15 minutos hasta que llega el mensaje: “varios daños, pero nosotros bien”.
Parqueamos. Los niños se bajan tranquilos, pero no soy capaz de seguir. Una mamá que está con su esposo y su hijo, en el carro estacionado junto al mío, me pregunta cómo estoy. Me ofrece agua y luego un abrazo. Le recibo todo, con gratitud.

Salgo a trabajar. La emisora de la Universidad está sin señal, busco otras, no logro sintonizar ninguna. Mi esposo me envía una foto de la catedral con la torre derecha ladeada y el mensaje “no sé si será IA”. Todos los videos y las imágenes que llegan tienen ahora esa carga de sospecha: ¿esto es real? ¿Cómo dimensionar el tamaño de una tragedia si cualquiera puede crear una catástrofe con su celular? Intento llamarlo, pero no logro comunicarme. Los mensajes del chat se demoran. Todos debemos estar haciendo lo mismo al tiempo, y colapsan las telecomunicaciones. Un rato después recibo una foto del colegio en la que se ve una fachada en el suelo. Sé que es falsa. Luego llega un video del rector que habla de personas inescrupulosas, IA e información manipulada. Es inaudito tener que dedicar tiempo a desmentir las ociosidades de otros en medio de un caos como este.
Llega otro mensaje de mi esposo. Dice que Selva, nuestra perrita, no aparece. Quién sabe a dónde huyó. En esas llega por Whatsapp un mensaje de Richard Millán, mi jefe, en el que dice “Se busca Corcho”. Corcho es su perro. ¿Cuántos perros hay perdidos en este momento en Manizales?
Avanzo por la vía al Magdalena. Los trabajadores de Súper de Alimentos evacuaron, con sus gorros y sus trajes especiales, hasta el parqueadero de la empresa. Están en su punto de encuentro. Pasan algunas ambulancias y carros de bomberos. Otra vez la mente imagina lo peor. Sigo por la Avenida Alberto Mendoza Hoyos y recuerdo a Laura Castaño, una exalumna a la que la mamá le decía que uno tiene que tener buenas pijamas porque nunca sabe cuándo le toca evacuar. La avenida está llena de gente que no puede regresar a sus apartamentos. Edificios nuevos, elegantes, con escombros de fachada desprendida. Revoques y acabados en el suelo. La gente apunta con sus celulares a los pisos más altos para tomar fotos o videos, con la incertidumbre de saber cuándo les darán permiso de regresar y qué encontrarán allá arriba.
Llego a la Glorieta de San Rafael, que siempre luce vacía y hoy está llena de gente. Más personas evacuadas que no quieren o no pueden volver a sus apartamentos. En esas recibo un mensaje de mi trabajo, en el que indican que ordenaron evacuar la Universidad de Manizales y que hoy no tendremos clases. Decido ir hasta el centro para verificar si el daño de la catedral es real o no, y publicar algo cierto en Barequeo. Paso por el Parque Médico, detrás del Cable Plaza, y veo un carro rojo destruido por los pedazos de fachada que se desprendieron de los edificios. No hay una estructura totalmente colapsada, pero la calle está llena de escombros. Tomo dos fotos regulares porque estoy manejando y no me puedo detener.
Desisto de ir al centro: mucho ayuda el que no estorba y hago más si me devuelvo para la casa. Del colegio avisan que podemos recoger a los niños. En el camino de regreso veo carros de bomberos y de la Defensa Civil. Por fin sintonizo una emisora. Escucho a Juan Lozano diciendo que en Pereira hay edificios en el suelo y que en Manizales la cosa está grave. ¿Estoy donde la cosa está grave? No sé. En el chat familiar de mi esposo preguntan insistentemente por los de Pereira, pero no hay reporte. Alguien escribe: “la red está colapsada”, pero la mente es rápida para imaginar escenarios catastróficos.
En el chat de Barequeo, Ana María Mesa cuenta que evacuó su edificio y que no puede subir al apartamento. Manda un video del momento del terremoto que dice “compartido muchas veces”: es grabado en la entrada de la Universidad Católica. Se ve una buseta que se sacude como vi agitarse a los carros que me hicieron pensar en los terremotos de Japón. Del techo caen cosas y luego quien graba voltea la cámara para captar lo que ocurre al frente de la Avenida Santander, hasta que una construcción colapsa. Pregunto “¿Es real? ¿No es IA?» Camilo Vallejo confirma: “vi caer ese edificio desde mi apartamento”.
Recojo a mi hija y llego a la casa. Selva regresó y Richard informa que Corcho apareció. Inspecciono muro por muro todas las paredes para pescar grietas, a ver si podemos dormir tranquilos. ¿Qué más hacer? Vivo frente a la Clínica San Marcel. Paso a preguntar si puedo donar sangre. Soy A negativo y siempre la necesitan, incluso cuando no hay emergencias. Me dicen que solo reciben en el Hemocentro. Pregunto si han recibido heridos y me dicen que sí, algunos. A un señor a quien le cayó una losa en una pierna, otros con contusiones no muy graves.

Mi WhatsApp se inunda de mensajes de amigos de todo el país y del exterior. Gente con la que no hablo hace años y quieren saber si estoy bien. Voy respondiendo por oleadas. Estoy bien, pero no sé cómo esté mi ciudad ni cómo está toda la gente que me importa, que es mucha. Tampoco sé cómo están en Pereira, en donde tengo tantos afectos. ¿Cuál será la situación en los pueblos? En los chats con los amigos de Manizales, la pregunta migra de “¿estás bien?” a “¿hay grietas en tu casa?”, “¿debes evacuar?”
Mis papás mandan imágenes del apartamento. Dicen que la cama se desplazó más de 80 centímetros y que hay algunas grietas. La administradora del edificio les indicó tomar fotos, y ahora las comparten. Los hijos les decimos que, por precaución, es mejor evacuar y esperar un dictamen. Así lo hacen.
El Servicio Geológico Colombiano informa que el sismo tuvo una magnitud 7,4 y epicentro en San José del Palmar, en Chocó. Suena lejos: sentí el epicentro debajo de mis pies.
A las 10.40 a. m. llega por WhatsApp un video en el que el alcalde Jorge Enrique Rojas, con tono visiblemente alterado, nos pide calma a todos los manizaleños. Dice que hay dos personas fallecidas (hasta ahora, porque seguramente son más), 20 viviendas y 12 edificios total o parcialmente destruidos. Habla de fugas de gas, daños eléctricos y la necesidad de revisar las construcciones para verificar si se pueden volver a ocupar. Anuncia la instalación de tres albergues temporales. Pide paciencia y a quienes evacuaron no regresar aún, porque puede haber réplicas.
Han pasado casi cuatro horas desde que ocurrió este terremoto terrorífico. La dimensión de lo ocurrido, el balance de muertos, heridos, carros y edificios averiados, apenas se conocerá con el paso de los días. Es imposible tener una visión panorámica en tan poco tiempo, pero saco una conclusión temprana: si después de este sismo espantoso, fuerte y largo seguimos vivos mientras otros han causado tantos estragos, es porque tenemos unas normas de sismorresistencia que sí se cumplen y salvan vidas. Y porque de tanto convivir con el volcán hemos aprendido a hablar de prevención del riesgo, puntos de encuentro y rutas de evacuación. Todo eso funcionó bien hoy en Manizales. De lo contrario, esta tragedia habría sido mucho peor.
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