Por separado, es mucho lo que se conoce de la vida y obra de Pablo Picasso (Málaga, 1881-Mougins, Francia, 1973) y Edvard Munch (Ådalsbruk, 1863-Oslo, 1944). Prolíficos y audaces, estos dos gigantes cambiaron la historia del arte con una osadía y un afán experimentador poco frecuentes hasta entonces. Con vidas personales muy diferentes, abordaron temas similares, confrontaron intereses comunes y resolvieron preocupaciones compartidas. Aunque pisaron los mismos escenarios en diferentes momentos (París, Berlín), nadie ha podido certificar que llegaran a encontrarse personalmente.
El museo de Málaga exhibe las muchas similitudes entre ambos artistas, que coexistieron en un mismo universo creativo sin llegar a encontrarse
Por separado, es mucho lo que se conoce de la vida y obra de Pablo Picasso (Málaga, 1881-Mougins, Francia, 1973) y Edvard Munch (Ådalsbruk, 1863-Oslo, 1944). Prolíficos y audaces, estos dos gigantes cambiaron la historia del arte con una osadía y un afán experimentador poco frecuentes hasta entonces. Con vidas personales muy diferentes, abordaron temas similares, confrontaron intereses comunes y resolvieron preocupaciones compartidas. Aunque pisaron los mismos escenarios en diferentes momentos (París, Berlín), nadie ha podido certificar que llegaran a encontrarse personalmente.
Pese a ello, el Museo Picasso de Málaga se atreve a retratar el mundo creativo compartido por ambos artistas en la exposición Munch-Picasso, que permanecerá abierta hasta el 28 de febrero. Sonia de Noruega, viuda de Harald V y madre del actual rey, Haakon VIII, ha encabezado el paseo inaugural por las salas del Palacio de Buenavista. En señal de luto, el museo ha cancelado todas las celebraciones que suelen acompañar a las inauguraciones de las exposiciones temporales.
La historiadora y comisaria Paloma Alarcó ha creado un discurso expositivo con el que invita al visitante a jugar buscando las similitudes entre las obras de estos dos revolucionarios del arte moderno. Esa búsqueda ofrece un recorrido por el que se extienden las 104 obras conseguidas gracias al Munchmuseet de Oslo y la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso (FABA). Son préstamos que proceden de los museos Albertina de Viena, el Reina Sofía, el Thyssen-Bornemisza, el Picasso de París, el Picasso de Barcelona, el Museo Nacional de Oslo, el MoMA de Nueva York o la Tate de Londres, entre otros.

En el arranque del recorrido de la exposición, las primeras obras dan cuenta de la orgía de color con la que ambos artistas burlaron composiciones y formas clásicas. Alarcó, conservadora jefe de pintura moderna en el Museo Thyssen-Bornemisza durante tres décadas recientemente jubilada, es una de las mayores conocedoras de ambos artistas y a los dos les ha dedicado exposiciones esenciales. Recuerda que Munch y Picasso procedían de generaciones y países distintos, tenían estrategias y sensibilidades artísticas divergentes y también formas opuestas de explorar la pintura, pero compartían una obsesión similar por los misterios profundos de la vida, así como intereses comunes a lo largo de sus fecundas carreras.
La exposición está dividida en apartados en los que se abordan los grandes temas sobre los que trabajaron ambos genios (autorretratos, paisajes, desnudos, enfermedad y muerte). En cada cuadro, la figura humana emerge siempre como territorio de inestabilidad moderna. “Para ellos”, ha señalado en la presentación el director del Museo Picasso de Málaga, Miguel López-Remiro, “el cuerpo es un espacio donde confluyen vulnerabilidad, erotismo, angustia, memoria y deseo. La obra ya no busca estabilizar el mundo, sino afrontar sus fracturas”.

En el juego de buscar similitudes, una de las paradas más sugerentes es el espacio dedicado a los autorretratos en los que cada uno aparece tocado con sombrero: el noruego, con uno de ala ancha (Autorretrato con sombrero de ala ancha, 1905-1906), mientras que Picasso prefiere colocarlo sobre un busto (Busto de hombre con sombrero, 1964). Otro tema clásico, abordado por incontables artistas, tiene que ver con las modelos. En Málaga la visión de Picasso se muestra en El pintor y la modelo (1963); la de Munch, en El artista y su modelo (1919-1921).
Los paisajes de Munch están poblados de imágenes de su Noruega natal: bosques rebosantes de azules y verdes, fiordos con cascadas amarillo limón o acantilados rosas y malvas. Su obra más célebre es precisamente un paisaje: El grito (1893). Pintado desde la colina de Ekeberg, las nubes anaranjadas dejan ver la ciudad de Oslo. En primer plano, una figura aterrorizada transmite tal angustia que se ha convertido en un icono del siglo XX. A Málaga no ha viajado ninguna de las cuatro versiones que realizó, pero hay naturalezas tan imponentes como Noche estrellada (1922-1924), que en este juego de buscar parecidos puede confrontarse con la Barcelona nocturna que Picasso firmó en 1903, Azoteas de Barcelona. Alarcó opina que El grito hubiera distorsionado el sentido de esta exposición y que por eso no lo pidió. Ha elegido mostrar La tormenta (1893), óleo precursor de El grito.

En la estela de la angustia, ambos abordaron los dramas familiares. Picasso sufrió durante la adolescencia la muerte de su hermana Conchita, fallecida por difteria con solo 7 años. En el caso de Munch, la muerte de su madre y de su hermana por tuberculosis, cuando él era niño, fue un dolor y un miedo que nunca dejaron de acompañarle. La asesina (1906), de Munch, y Mujer con estilete (1931), de Picasso, son dos pinturas que hablan del dolor de la pérdida, aunque la comisaria considera que estas obras hablan también de pérdidas amorosas.
El encuentro que pudo ocurrir
Hecho el recorrido por las similitudes, cabe preguntarse si existe una certeza absoluta de que los dos artistas nunca se encontraron. Paloma Alarcó está convencida de que no se conocieron personalmente, pero sí contemplaron sus respectivas obras. “El primer cruce significativo entre las obras de estos artistas ocurrió en la primavera de 1912, en el marco de la célebre exposición de la Sonderbund de Colonia, una de las citas más relevantes para comprender el desarrollo del arte moderno de comienzos del siglo XX”. Alarcó detalla que aquella muestra ofrecía una amplia panorámica de las corrientes artísticas más innovadoras del momento y situaba a Edvard Munch junto a figuras esenciales de la modernidad como Paul Cézanne, Paul Gauguin y Vincent van Gogh.
“Picasso”, añade la comisaria, “aparecía como el gran exponente de la vanguardia, representado mediante obras de su etapa temprana y varios lienzos emblemáticos del periodo cubista. Munch visitó la exposición, mientras que Picasso no viajó a Alemania. Por otro lado, Picasso había descubierto indirectamente la obra de Munch durante los últimos años del siglo XIX gracias a figuras clave del modernismo catalán como Ramon Casas, Santiago Rusiñol y Miguel Utrillo. Más tarde, ya instalado en la capital francesa, tuvo con toda probabilidad ocasión de contemplar directamente obras del artista noruego en distintas exposiciones, ampliando así su conocimiento de una de las personalidades más influyentes del arte europeo de su tiempo”.
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