No quiero que te mueras

Lo primero que vi al abrir los ojos fue la imagen todavía muy borrosa de la cara de un chico que lloraba sobre mi cabeza. Lo bastante cerca como para que me pareciera extraño pero no tan cerca como para sentir su aliento.Durante unos segundos no recordé nada aunque tampoco tenía fuerzas para sentirme extraño pero una enfermera me habló en inglés y entonces recordé que estaba en Bedgebury, condado de Kent, el verano que mi madre me había mandado a estudiar inglés. Eso lo recordé enseguida sobre todo cuando al lado de la enfermera vi al director del colegio que también empezó a decir palabras muy amables. Pero tardé algunos minutos hasta que recordé lo que había pasado. Yo era el portero del equipo de fútbol y a veces jugábamos entre nosotros y otras contra un equipo del pueblo pero siempre en los campos del castillo en el que estaba nuestro internado. Eran campos de césped muy bien cuidados, con las líneas recién pintadas y redes en las porterías. No estaba acostumbrado a aquello en España. Era el portero y era un buen portero porque me importaba más hacerme con el balón que hacerme daño y aquel mediodía un jugador llegaba solo y me tiré a sus pies y sin querer me dio un golpe en la cabeza. El golpe, el momento del golpe, no sé si lo recuerdo o es un recuerdo inducido, pero lo que vino después me lo tuvieron que contar, cómo el chico empezó a llorar cuando me vio tirado, inconsciente, y continuó llorando mientras trataron de despertarme y el rato que tardó en llegar la ambulancia, y que aunque se lo prohibieron se subió a ella y estuvo a mi lado, llorando todo el camino hasta el hospital y allí se había quedado, sobre mi cabeza, sin dejar de llorar hasta que me desperté y lo vi y era lo único que podía ver mientras la enfermera no paraba de hablar y el director decía palabras amables.Cuando le pregunté me dijo que se llamaba Michael y como si fuera su apellido, y todavía sollozando, «no quiero que te mueras»; y me contó la jugada y se disculpó con todas las palabras a la vez y todas amontonadas, y aunque me dolía la cabeza y estaba mareado pedí a la enfermera que me incorporara un poco para poder abrazarlo, y calmarlo, y todo esto me quedó muy grabado porque pensé que ni estando a punto de morir puedes estar seguro de ser lo más urgente ni lo más alarmante. Me hizo sonreír pensarlo, pero sonreír por dentro, porque yo entonces tenía quince años y no sabía hacer frases, ni conceptualizar demasiado, Pasé unas horas en el hospital, no muchas porque lo de quedarse una noche en observación entonces no se hacía tanto, y el director nos llevó a Michael y a mí de vuelta al castillo, y Michael me dijo que nos sentáramos los dos detrás, y le dije que no porque el director parecería el chófer, a eso sí que estaba acostumbrado en España, pero insistió y el director me miró como el que aprecia la consideración pero me dijo que no le importaba y Michael no paraba de preguntarme si me encontraba bien aunque ya no lloraba. Yo bastante tenía con controlar mi dolor de cabeza y rescatar a Michael de su desespero pero había algo extraño en él, y su aspecto duro, macarra, y también de líder, de ídolo, no guardaba proporción con sus lágrimas y dedicación al pobre chico que yo era en aquellos tiempos.Llegamos al colegio y me acompañó a la habitación y se tumbó en la cama que era de un chico italiano y cuando el italiano llegó lo mandó a dormir a una cama libre que había al fondo de la habitación y lo hizo de tal manera que el desahuciado, que era un chulo, tomó su pijama y algo que tenía en la mesita y se fue sin decir nada. Michael acercó su cama a la mía y se quedó a dormir a mi lado, y nadie le dijo nada, ni nadie en general dijo nada, y al día siguiente cuando por la mañana me dijo que se iba un momento, pero que enseguida volvería, los que no eran nuevos en el castillo y habían ido otros veranos, me contaron que él era el malo del pueblo, el que organizaba las peleas, el que pasaba costo, el que robaba en las tiendas y el que pegaba más duro si alguien se metía con él. Tenía diecisiete años, dos más que yo, había dejado los estudios, trabajaba en la embotelladora y algunas noches de camarero en un pub, esto es lo que se sabía de él, y que jugaba muy bien al fútbol y gustaba a las chicas.Enseguida volvió como me había dicho y yo estaba en una de las clases de inglés, tampoco gran cosa, que teníamos por la mañana, y entró sin decir nada y se sentó a mi lado, y nadie le dijo nada, era como si él supiera que podía hacer cualquier cosa sin dar explicaciones y que igualmente no se las iban a pedir. Cuando salimos de la clase me dijo que fuéramos al pueblo y yo le dije que tenía que pedir permiso y él me dijo que no hacía falta, y la verdad es que le creí, y empezó a preguntarme por mi vida y la suya no me la contaba pero me contaba sus hazañas, las broncas, las peleas, lo que hacía con las chicas, me ofreció un cigarro y le dije que no fumaba y no insistió y se encendió el suyo y continuamos andando y a veces paraba para teatralizar lo que me estaba explicando y era muy gracioso, y yo me reía y él parecía complacido de hacerme reír, y en algunos momentos volvía a mencionar lo del accidente y se ponía realmente triste, «apesadumbrado» es la palabra, aunque no sé si en 1989 la hubiera sabido decir, y entonces era yo el que me ponía a contar mis gamberradas y también me sentía bien cuando veía que volvía a reír. Cuando llegamos al pueblo me presentó a sus amigos y eran una banda, como él en la parte dura pero sin carisma, y estaban bebiendo cerveza y me ofrecieron una y yo dije y no sé por qué lo dije porque tampoco me gustaba tanto que yo sólo bebía Baileys con hielo y uno salió casi corriendo y volvió al cabo de pocos minutos con una botella y con un vaso y con una bolsa de hielo y yo estaba acostumbrado a que mi abuela dijera algo y que enseguida sucediera pero lo de Michael me pareció increíblemente superior porque no tuvo ni que mencionarlo.Y cuando pensaba que en eso consistiría la tarde llegaron otros chicos, también con alta pinta de macarras, y todo se puso tenso y Michael se acercó a uno de ellos, el más fiero, y dijo que a mí no se me tocaba y todos estuvieron de acuerdo y empezaron a pegarse. Michael fue el más duro aunque algunos de la otra banda eran también muy bestias e hicieron sangrar a algunos de la nuestra, y de alguna manera que no supe entender la batalla se dio por terminada cuando a la media hora más o menos los malos se fueron porque habíamos ganado nosotros. Michael me dedicó la victoria delante de sus compañeros y volvimos los dos solos andando al castillo y no se atrevió a entrar con la cerveza y yo tiré la botella de Baileys y me vieron con él y nadie me preguntó dónde había estado, y fuimos al campo de fútbol y nos echamos sobre el césped, había anochecido, él recostó la cabeza sobre mi barriga aunque yo no le veía porque tal como estaba estirado sólo veía el cielo, y empezó a hablar de la pelea, y de cómo había aprendido a pegar puñetazos para que hicieran más daño, y de repente cambió el tono aunque no para ponerse dramático, simplemente cambió el tono y ya no era el de la gesta de sus hazañas sino uno más frágil y me dijo que en lo de los puñetazos su mejor maestro había sido su padre por cómo se los pegaba a él y a su hermano pequeño porque su madre murió atropellada cuando iba a buscarlos al colegio y cuando bebía les culpaba de ello.Y volvió al golpe con que me dejó inconsciente en aquel mismo campo, y volvió a llorar y a decirme que no habría podido soportar que me muriera, que simplemente no habría podido, y aunque no sabía cómo lo haría una madre, o no exactamente, acaricié su denso negro pelo y dejé que llorara por mi muerte y por la suya. Lo primero que vi al abrir los ojos fue la imagen todavía muy borrosa de la cara de un chico que lloraba sobre mi cabeza. Lo bastante cerca como para que me pareciera extraño pero no tan cerca como para sentir su aliento.Durante unos segundos no recordé nada aunque tampoco tenía fuerzas para sentirme extraño pero una enfermera me habló en inglés y entonces recordé que estaba en Bedgebury, condado de Kent, el verano que mi madre me había mandado a estudiar inglés. Eso lo recordé enseguida sobre todo cuando al lado de la enfermera vi al director del colegio que también empezó a decir palabras muy amables. Pero tardé algunos minutos hasta que recordé lo que había pasado. Yo era el portero del equipo de fútbol y a veces jugábamos entre nosotros y otras contra un equipo del pueblo pero siempre en los campos del castillo en el que estaba nuestro internado. Eran campos de césped muy bien cuidados, con las líneas recién pintadas y redes en las porterías. No estaba acostumbrado a aquello en España. Era el portero y era un buen portero porque me importaba más hacerme con el balón que hacerme daño y aquel mediodía un jugador llegaba solo y me tiré a sus pies y sin querer me dio un golpe en la cabeza. El golpe, el momento del golpe, no sé si lo recuerdo o es un recuerdo inducido, pero lo que vino después me lo tuvieron que contar, cómo el chico empezó a llorar cuando me vio tirado, inconsciente, y continuó llorando mientras trataron de despertarme y el rato que tardó en llegar la ambulancia, y que aunque se lo prohibieron se subió a ella y estuvo a mi lado, llorando todo el camino hasta el hospital y allí se había quedado, sobre mi cabeza, sin dejar de llorar hasta que me desperté y lo vi y era lo único que podía ver mientras la enfermera no paraba de hablar y el director decía palabras amables.Cuando le pregunté me dijo que se llamaba Michael y como si fuera su apellido, y todavía sollozando, «no quiero que te mueras»; y me contó la jugada y se disculpó con todas las palabras a la vez y todas amontonadas, y aunque me dolía la cabeza y estaba mareado pedí a la enfermera que me incorporara un poco para poder abrazarlo, y calmarlo, y todo esto me quedó muy grabado porque pensé que ni estando a punto de morir puedes estar seguro de ser lo más urgente ni lo más alarmante. Me hizo sonreír pensarlo, pero sonreír por dentro, porque yo entonces tenía quince años y no sabía hacer frases, ni conceptualizar demasiado, Pasé unas horas en el hospital, no muchas porque lo de quedarse una noche en observación entonces no se hacía tanto, y el director nos llevó a Michael y a mí de vuelta al castillo, y Michael me dijo que nos sentáramos los dos detrás, y le dije que no porque el director parecería el chófer, a eso sí que estaba acostumbrado en España, pero insistió y el director me miró como el que aprecia la consideración pero me dijo que no le importaba y Michael no paraba de preguntarme si me encontraba bien aunque ya no lloraba. Yo bastante tenía con controlar mi dolor de cabeza y rescatar a Michael de su desespero pero había algo extraño en él, y su aspecto duro, macarra, y también de líder, de ídolo, no guardaba proporción con sus lágrimas y dedicación al pobre chico que yo era en aquellos tiempos.Llegamos al colegio y me acompañó a la habitación y se tumbó en la cama que era de un chico italiano y cuando el italiano llegó lo mandó a dormir a una cama libre que había al fondo de la habitación y lo hizo de tal manera que el desahuciado, que era un chulo, tomó su pijama y algo que tenía en la mesita y se fue sin decir nada. Michael acercó su cama a la mía y se quedó a dormir a mi lado, y nadie le dijo nada, ni nadie en general dijo nada, y al día siguiente cuando por la mañana me dijo que se iba un momento, pero que enseguida volvería, los que no eran nuevos en el castillo y habían ido otros veranos, me contaron que él era el malo del pueblo, el que organizaba las peleas, el que pasaba costo, el que robaba en las tiendas y el que pegaba más duro si alguien se metía con él. Tenía diecisiete años, dos más que yo, había dejado los estudios, trabajaba en la embotelladora y algunas noches de camarero en un pub, esto es lo que se sabía de él, y que jugaba muy bien al fútbol y gustaba a las chicas.Enseguida volvió como me había dicho y yo estaba en una de las clases de inglés, tampoco gran cosa, que teníamos por la mañana, y entró sin decir nada y se sentó a mi lado, y nadie le dijo nada, era como si él supiera que podía hacer cualquier cosa sin dar explicaciones y que igualmente no se las iban a pedir. Cuando salimos de la clase me dijo que fuéramos al pueblo y yo le dije que tenía que pedir permiso y él me dijo que no hacía falta, y la verdad es que le creí, y empezó a preguntarme por mi vida y la suya no me la contaba pero me contaba sus hazañas, las broncas, las peleas, lo que hacía con las chicas, me ofreció un cigarro y le dije que no fumaba y no insistió y se encendió el suyo y continuamos andando y a veces paraba para teatralizar lo que me estaba explicando y era muy gracioso, y yo me reía y él parecía complacido de hacerme reír, y en algunos momentos volvía a mencionar lo del accidente y se ponía realmente triste, «apesadumbrado» es la palabra, aunque no sé si en 1989 la hubiera sabido decir, y entonces era yo el que me ponía a contar mis gamberradas y también me sentía bien cuando veía que volvía a reír. Cuando llegamos al pueblo me presentó a sus amigos y eran una banda, como él en la parte dura pero sin carisma, y estaban bebiendo cerveza y me ofrecieron una y yo dije y no sé por qué lo dije porque tampoco me gustaba tanto que yo sólo bebía Baileys con hielo y uno salió casi corriendo y volvió al cabo de pocos minutos con una botella y con un vaso y con una bolsa de hielo y yo estaba acostumbrado a que mi abuela dijera algo y que enseguida sucediera pero lo de Michael me pareció increíblemente superior porque no tuvo ni que mencionarlo.Y cuando pensaba que en eso consistiría la tarde llegaron otros chicos, también con alta pinta de macarras, y todo se puso tenso y Michael se acercó a uno de ellos, el más fiero, y dijo que a mí no se me tocaba y todos estuvieron de acuerdo y empezaron a pegarse. Michael fue el más duro aunque algunos de la otra banda eran también muy bestias e hicieron sangrar a algunos de la nuestra, y de alguna manera que no supe entender la batalla se dio por terminada cuando a la media hora más o menos los malos se fueron porque habíamos ganado nosotros. Michael me dedicó la victoria delante de sus compañeros y volvimos los dos solos andando al castillo y no se atrevió a entrar con la cerveza y yo tiré la botella de Baileys y me vieron con él y nadie me preguntó dónde había estado, y fuimos al campo de fútbol y nos echamos sobre el césped, había anochecido, él recostó la cabeza sobre mi barriga aunque yo no le veía porque tal como estaba estirado sólo veía el cielo, y empezó a hablar de la pelea, y de cómo había aprendido a pegar puñetazos para que hicieran más daño, y de repente cambió el tono aunque no para ponerse dramático, simplemente cambió el tono y ya no era el de la gesta de sus hazañas sino uno más frágil y me dijo que en lo de los puñetazos su mejor maestro había sido su padre por cómo se los pegaba a él y a su hermano pequeño porque su madre murió atropellada cuando iba a buscarlos al colegio y cuando bebía les culpaba de ello.Y volvió al golpe con que me dejó inconsciente en aquel mismo campo, y volvió a llorar y a decirme que no habría podido soportar que me muriera, que simplemente no habría podido, y aunque no sabía cómo lo haría una madre, o no exactamente, acaricié su denso negro pelo y dejé que llorara por mi muerte y por la suya.  

Lo primero que vi al abrir los ojos fue la imagen todavía muy borrosa de la cara de un chico que lloraba sobre mi cabeza. Lo bastante cerca como para que me pareciera extraño pero no tan cerca como para sentir su aliento.

Durante unos … segundos no recordé nada aunque tampoco tenía fuerzas para sentirme extraño pero una enfermera me habló en inglés y entonces recordé que estaba en Bedgebury, condado de Kent, el verano que mi madre me había mandado a estudiar inglés. Eso lo recordé enseguida sobre todo cuando al lado de la enfermera vi al director del colegio que también empezó a decir palabras muy amables.

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