Tantos años y esfuerzos del enjundioso Ingmar Bergman para plasmar en su amplia obra sus reflexiones personales sobre el ser humano para que actualmente Suecia sea más conocida por sus series televisivas policíacas que por los largometrajes del insigne realizador, convirtiéndose en uno de los pilares del llamado nordic noir. ¡Son los gustos populares, idiota!
De la muy civilizada y pulcra Estocolmo pasamos a un pequeño pueblo del estado indio de Haryana en estas dos series de Netflix
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
De la muy civilizada y pulcra Estocolmo pasamos a un pequeño pueblo del estado indio de Haryana en estas dos series de Netflix


Tantos años y esfuerzos del enjundioso Ingmar Bergman para plasmar en su amplia obra sus reflexiones personales sobre el ser humano para que actualmente Suecia sea más conocida por sus series televisivas policíacas que por los largometrajes del insigne realizador, convirtiéndose en uno de los pilares del llamado nordic noir. ¡Son los gustos populares, idiota!
Sacrificio de sangre (Netflix) es un eslabón más en esa ya larga cadena de series sobre asesinos que hace tiempo distingue a las industrias audiovisuales de Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia por más que en el caso que comentamos su creador, George Kay, sea británico y responsable de series como Lupin. Sin llegar a la maestría de El puente o The Killing, Sacrificio de sangre cumple los hipotéticos y siempre personales requisitos para ser considerada correcta. Su sinopsis es sencilla: un inspector de Estocolmo, con la ayuda de su jubilado, y exinspector, padre, con el que mantiene unas relaciones personales como poco tensas, deberán encontrar y detener a un asesino de policías a los que, además, les corta la cabeza a modo de trofeo. Y es precisamente esa complicada relación paternofilial la que permitirá a los responsables de la trama abstraerse ocasionalmente del sórdido mundo criminal. Los trucos de los guionistas para mantener la fidelidad del espectador son casi infinitos.Y si las argucias de los creadores parecen no tener fin, la variedad temática, étnica y nacional de las series es también enorme.
Y de la muy civilizada y pulcra Estocolmo en la que no faltan tampoco los barrios proletarios, la oferta televisiva nos lleva con Gloria a un pequeño pueblo del estado indio de Haryana, concretamente al ficticio Shaktigarhen, en el que, al parecer, el boxeo es la atracción principal, casi una religión. No todo va a ser críquet o hockey sobre hierba. Todo comienza con la muerte de Nihal Singh, la gran esperanza local para conseguir el anhelado oro olímpico, un asesinato que obliga a dos hermanos a regresar a su pueblo natal en el que ejerce sus funciones de entrenador de boxeo su autoritario padre con el que hace tiempo se distanciaron. Una obsesión paterna que roza la psicopatía. Siete capítulos de una primera temporada que ofrece también el catálogo de Netflix y de la que tras su contemplación sabremos algo más de boxeo, de agresiones crueles (tremenda la secuencia en la que aplican un plancha caliente al rostro de una víctima) y de la India. Algo es algo.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
Televisión en EL PAÍS
