Sánchez, entre Trump y Putin

El Número Uno de la secta izquierdista que antaño fue el PSOE contiene trazas de su mayor enemigo: Trump: la sumisión del bocazas a la Rusia de Putin es idéntica a la genuflexión de Sánchez ante Mohamed VI; el ataque a los jueces que revelan sus trapicheos o el antagonismo, muy Carl Schmitt, del «amigo» y «enemigo». Para Trump, el comunismo; para Sánchez la Internacional Reaccionaria. Con su estrategia maniquea, el yanqui ha potenciado una corriente «socialista» en el Partido Demócrata. El sectarismo sanchista ha hecho subir como la espuma a Vox. La tercera traza, el narcisismo mesiánico: Trump y Sánchez aspiran a pasar a la Historia.Sánchez presenta también una ausencia de empatía que le emparenta a Putin. Vayamos al 12 de agosto de 2000, primera presidencia del exagente del KGB. El submarino K-141 Kursk naufraga en el mar de Barents con ciento dieciocho tripulantes en el transcurso de unas maniobras navales, las más importantes de Rusia en una década. Los barcos rusos no se percatan del hundimiento; tardan dieciséis horas en localizar al submarino hundido. El gobierno intenta ocultar la demora en emprender el rescate y rechaza la ayuda de otros países (occidentales). En el Kremlin corretean desorientados cual pollos sin cabeza: el presidente está de vacaciones en el Mar Negro y no piensa interrumpirlas. Habrán de pasar cinco días para que Putin acepte la ayuda de grupos de salvamento con buzos británicos y noruegos. En su desveladora novela sobre la jefatura putiniana ‘El mago del Kremlin’ (Seix Barral), Giuliano da Empoli recrea la inacción del Zar ante la desgracia de aquellos a quienes ningunea como súbditos. Mientras Putin disfruta de su veraneo, la ORT, televisión del oligarca Boris Berezovski, da voz a los actores del suceso; desde ingenieros y psicólogos a madres y novias de los marineros: «¡Se estaban ahogando allá abajo! ¡Nuestros muchachos estaban muriendo asfixiados!… ¿Y dónde estaba el Zar mientras esto ocurría? ¡En el mar Negro, de vacaciones! ¡Haciendo esquí acuático!».Ante la indignación popular, Putin ordena a su portavoz que diga que si el presidente no se ha personado en el lugar del desastre ha sido para no interferir las operaciones de salvamento. A continuación descarga toda su cólera contra Berezovski: le reprocha que con todo lo que ha robado, ahora le quiera dejar en evidencia organizando colectas para las víctimas del naufragio. Para capear el temporal el oligarca propone a Putin que se reúna con los padres de los marineros. Lo arropará con una cobertura informativa favorable: «De pronto, era como si también él yaciera en aquel sarcófago de acero en el fondo del mar», concluye Da Empoli. Aunque Putin no se hundió políticamente como el Kursk, se evidenciaba su insensibilidad hacia los gobernados. Comenzaba así la caza del Zar contra aquellos que le auparon al Kremlin. Berezovski acabó exiliado en Londres: sufrió varios atentados hasta morir ahorcado en 2013. ¿Dónde estaba Sánchez en agosto de este año? Nadie lo va a olvidar: en Lanzarote, palacio de La Mareta, patrimonio del Estado. Cuatro largas semanas con la población ceutí asfixiada por los Ochenta Mil Hijos de Mohamed VI. ¿Qué hizo el Zar de la Moncloa? Cambiar la realidad. Si Putin llamó «operación especial» a la guerra de Ucrania, Sánchez pasó de la «violación de la integridad territorial de España» a la «crisis humanitaria» y la negación obsesiva de la autoría marroquí. Los robos, reyertas, allanamientos y violaciones son «inseguridad subjetiva», dice su esbirro Marlaska. El domingo hubo elecciones (trucadas) en Rusia. Así seguirá el oscuro inquilino del Kremlin; como quiere seguir Sánchez, perdidamente enamorado de la satrapía. En el negociado del rencor. El Número Uno de la secta izquierdista que antaño fue el PSOE contiene trazas de su mayor enemigo: Trump: la sumisión del bocazas a la Rusia de Putin es idéntica a la genuflexión de Sánchez ante Mohamed VI; el ataque a los jueces que revelan sus trapicheos o el antagonismo, muy Carl Schmitt, del «amigo» y «enemigo». Para Trump, el comunismo; para Sánchez la Internacional Reaccionaria. Con su estrategia maniquea, el yanqui ha potenciado una corriente «socialista» en el Partido Demócrata. El sectarismo sanchista ha hecho subir como la espuma a Vox. La tercera traza, el narcisismo mesiánico: Trump y Sánchez aspiran a pasar a la Historia.Sánchez presenta también una ausencia de empatía que le emparenta a Putin. Vayamos al 12 de agosto de 2000, primera presidencia del exagente del KGB. El submarino K-141 Kursk naufraga en el mar de Barents con ciento dieciocho tripulantes en el transcurso de unas maniobras navales, las más importantes de Rusia en una década. Los barcos rusos no se percatan del hundimiento; tardan dieciséis horas en localizar al submarino hundido. El gobierno intenta ocultar la demora en emprender el rescate y rechaza la ayuda de otros países (occidentales). En el Kremlin corretean desorientados cual pollos sin cabeza: el presidente está de vacaciones en el Mar Negro y no piensa interrumpirlas. Habrán de pasar cinco días para que Putin acepte la ayuda de grupos de salvamento con buzos británicos y noruegos. En su desveladora novela sobre la jefatura putiniana ‘El mago del Kremlin’ (Seix Barral), Giuliano da Empoli recrea la inacción del Zar ante la desgracia de aquellos a quienes ningunea como súbditos. Mientras Putin disfruta de su veraneo, la ORT, televisión del oligarca Boris Berezovski, da voz a los actores del suceso; desde ingenieros y psicólogos a madres y novias de los marineros: «¡Se estaban ahogando allá abajo! ¡Nuestros muchachos estaban muriendo asfixiados!… ¿Y dónde estaba el Zar mientras esto ocurría? ¡En el mar Negro, de vacaciones! ¡Haciendo esquí acuático!».Ante la indignación popular, Putin ordena a su portavoz que diga que si el presidente no se ha personado en el lugar del desastre ha sido para no interferir las operaciones de salvamento. A continuación descarga toda su cólera contra Berezovski: le reprocha que con todo lo que ha robado, ahora le quiera dejar en evidencia organizando colectas para las víctimas del naufragio. Para capear el temporal el oligarca propone a Putin que se reúna con los padres de los marineros. Lo arropará con una cobertura informativa favorable: «De pronto, era como si también él yaciera en aquel sarcófago de acero en el fondo del mar», concluye Da Empoli. Aunque Putin no se hundió políticamente como el Kursk, se evidenciaba su insensibilidad hacia los gobernados. Comenzaba así la caza del Zar contra aquellos que le auparon al Kremlin. Berezovski acabó exiliado en Londres: sufrió varios atentados hasta morir ahorcado en 2013. ¿Dónde estaba Sánchez en agosto de este año? Nadie lo va a olvidar: en Lanzarote, palacio de La Mareta, patrimonio del Estado. Cuatro largas semanas con la población ceutí asfixiada por los Ochenta Mil Hijos de Mohamed VI. ¿Qué hizo el Zar de la Moncloa? Cambiar la realidad. Si Putin llamó «operación especial» a la guerra de Ucrania, Sánchez pasó de la «violación de la integridad territorial de España» a la «crisis humanitaria» y la negación obsesiva de la autoría marroquí. Los robos, reyertas, allanamientos y violaciones son «inseguridad subjetiva», dice su esbirro Marlaska. El domingo hubo elecciones (trucadas) en Rusia. Así seguirá el oscuro inquilino del Kremlin; como quiere seguir Sánchez, perdidamente enamorado de la satrapía. En el negociado del rencor.  

El Número Uno de la secta izquierdista que antaño fue el PSOE contiene trazas de su mayor enemigo: Trump: la sumisión del bocazas a la Rusia de Putin es idéntica a la genuflexión de Sánchez ante Mohamed VI; el ataque a los jueces que … revelan sus trapicheos o el antagonismo, muy Carl Schmitt, del «amigo» y «enemigo». Para Trump, el comunismo; para Sánchez la Internacional Reaccionaria. Con su estrategia maniquea, el yanqui ha potenciado una corriente «socialista» en el Partido Demócrata. El sectarismo sanchista ha hecho subir como la espuma a Vox. La tercera traza, el narcisismo mesiánico: Trump y Sánchez aspiran a pasar a la Historia.

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