Siempre ha sido mucho más que fútbol

Algunos opinadores llevan una semana burlándose de otros opinadores que han analizado el Mundial más allá de lo estrictamente deportivo. Es tradición que los polemistas profesionales, muy atentos al consenso, disparen, en cuanto lo detectan, en sentido contrario. Pero el fútbol siempre ha sido mucho más que fútbol. Lo saben grandes firmas del periodismo y de la literatura, como Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Javier Marías, Albert Camus, Manuel Vázquez Montalbán… que le dedicaron artículos, cuentos e incluso libros enteros. Y lo saben, desde luego, los países que han invertido cifras mareantes en lo que Amnistía Internacional llama “blanqueamiento deportivo” y que se manifestó especialmente en la Supercopa de España en Arabia Saudí o el Mundial de Qatar. El fútbol es política, economía, y, como todas las pasiones, un excelente observatorio de la naturaleza humana.

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 ¿A quién no le gustaría que el ejemplo de la selección española se extendiera a otros campos?  

Algunos opinadores llevan una semana burlándose de otros opinadores que han analizado el Mundial más allá de lo estrictamente deportivo. Es tradición que los polemistas profesionales, muy atentos al consenso, disparen, en cuanto lo detectan, en sentido contrario. Pero el fútbol siempre ha sido mucho más que fútbol. Lo saben grandes firmas del periodismo y de la literatura, como Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Javier Marías, Albert Camus, Manuel Vázquez Montalbán… que le dedicaron artículos, cuentos e incluso libros enteros. Y lo saben, desde luego, los países que han invertido cifras mareantes en lo que Amnistía Internacional llama “blanqueamiento deportivo” y que se manifestó especialmente en la Supercopa de España en Arabia Saudí o el Mundial de Qatar. El fútbol es política, economía, diplomacia y, como todas las pasiones, un excelente observatorio de la naturaleza humana.

La historia de este deporte inventado en el siglo XIX está repleta de ejemplos que confirman lo evidente: la trascendencia de la pelota. Uno de los más obvios revivió hace unos días, cuando el equipo de Messi festejó el triunfo ante Inglaterra en el Mundial con una bandera en la que se leía: “Las Malvinas son argentinas”. Habían pasado 44 años de la guerra por la soberanía de las islas y 40 del Mundial en el que un puñado de futbolistas se vengó en el césped de la derrota bélica gracias a una mano divina y un hombre que jugaba como los dioses, pero la rivalidad con Inglaterra permanece y excede lo estrictamente deportivo. El entrenador de la Albiceleste, Lionel Scaloni, negó la mayor e intentó, sin éxito, quitarse presión: “Solo es un partido de fútbol”, dijo. Pero sus jugadores no saltaron al campo con su habitual camiseta de rayas, sino de azul, como en 1986. Por cierto, esa camiseta con la que Diego Armando Maradona metió dos goles que tampoco eran tantos en el marcador, sino trocitos de historia, cultura general, pregunta de Trivial, fue vendida en una subasta en 2022 por 8,5 millones de euros. Para los que aún tienen dudas: no era solo un trozo de tela porque nunca ha sido solo fútbol.

Este deporte, industria emocional, siempre ha proveído, de forma natural, sin esfuerzos, algo que provoca muchos aspavientos en otro tipo de tribunas: identidad. Lo explica muy bien Jorge Valdano, que ganó aquel Mundial de 1986 y vio en directo cómo un compañero de vestuario se convertía en prócer: “Eres un niño. Vas a un parque y se organiza un partido con desconocidos. Se decide que un equipo va jugar con camiseta y el otro sin. A ti te toca sin camiseta y a los 15 minutos todos los que juegan sin ella son tus amigos, y si te los encuentras una semana después los saludas con mucho más cariño que a los que llevaban aquel día la camiseta. ¿Por qué? Porque ya son los tuyos”.

Los nuestros son vascos y catalanes; hijos de inmigrantes, de carpinteros, limpiadoras, guardias civiles, ertzainas; ingenieros, hosteleros, electricistas…La diversidad de la selección española y la comprensible polémica por un muy desafortunado comentario de Mariano Rajoy —“Francia tiene una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”— son la prueba de cuánto se ha enriquecido ese concepto: identidad. Con la crispación y la polarización disparadas en un contexto de crisis de representación, cuando los ciudadanos señalan a partidos y políticos entre los principales problemas del país, el equipo español ha ofrecido una imagen integradora difícil de rebatir. Lo hizo desde antes de ganar la Copa del Mundo, al generar una ilusión compartida de la que era muy difícil abstraerse. En Vitoria, una abertzale le confesaba a otra amiga que había visto la final porque al día siguiente, en el trabajo, todo el mundo iba a estar hablando de eso. Las lamentables agresiones a aficionados de la Roja en Euskadi fueron condenadas inmediatamente por el Gobierno vasco.

La proeza de la final es especialmente significativa porque llegó después de que un presidente tratara de ensuciar la gran fiesta del fútbol. Donald Trump descolgó el teléfono para que anularan la tarjeta roja a un jugador de EEUU y alguien al otro lado, el sumiso Gianni Infantino, al frente de la FIFA, le hizo caso. El escándalo tenía calibre suficiente para arruinar la competición, pero la última fotografía fue bien distinta gracias a La Roja: jugadores de equipos catalanes y vascos exhibiendo con normalidad la bandera española; chavales con sueldos millonarios dedicando el triunfo a sus familias, muchas de ellas de origen muy humilde, por todo lo que sacrificaron para hacerlos llegar hasta allí. Un ejemplo de madurez, gratitud, humildad y diversidad. ¿A quién no le gustaría que todo eso se extendiera a otros campos y tribunas?

Los nuestros no solo dieron una lección de fútbol ante el campeón de 2022, sino también de clase. Es lo que había detrás de cada abrazo de los ganadores a los perdedores y lo que le faltó a Argentina, incluido su capitán. La actitud de Messi chivándose de algo que no había ocurrido para tratar de que expulsaran a Cucurella es una triste despedida para el genio, una decepción sin vuelta atrás, como cuando oyes a un hombre bellísimo decir: “Uf. Cuántos libros tienes, ¿no?“. En uno de ellos, El fútbol a sol y sombra, Galeano explica: “Está probado que el mundo gira en torno a la pelota que gira (…) Dime cómo juegas y te diré quién eres”.

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