En los grandes torneos no es raro ver cómo los jugadores, sabedores de la mayor repercusión que estos ofrecen, aprovechan la ocasión para hacer alguna reivindicación. En este Roland Garros han querido reclamar otra vez un diferente reparto y una mayor proporción del dinero que, sobre todo, este tipo de torneos generan. El conflicto no es nuevo y a pesar de que este año los dirigentes del grande parisino decidieron unilateralmente aumentar cerca de un 10% la cuantía de los premios que los jugadores iban a percibir, estos la han considerado insuficiente.
El 14% que perciben los jugadores me parece escaso, pero puedo llegar a imaginar y casi comprender los razonamientos de los organizadores
En los grandes torneos no es raro ver cómo los jugadores, sabedores de la mayor repercusión que estos ofrecen, aprovechan la ocasión para hacer alguna reivindicación. En este Roland Garros han querido reclamar otra vez un diferente reparto y una mayor proporción del dinero que, sobre todo, este tipo de torneos generan. El conflicto no es nuevo y a pesar de que este año los dirigentes del grande parisino decidieron unilateralmente aumentar cerca de un 10% la cuantía de los premios que los jugadores iban a percibir, estos la han considerado insuficiente.
El hecho de que aquellos actuaran sin tener en cuenta su parecer los llevó a adoptar una serie de medidas para intentar ejercer una cierta presión y, al mismo tiempo, mostrar y hacer saber a la opinión pública su disconformidad. Su descontento no es tanto por el importe de los premios que ellos reciben, sino porque, a pesar del notorio aumento, creen que no está en concordancia con el aumento de los ingresos del torneo. En concreto, en este Roland Garros el gasto relativo a los jugadores supone un 14,3% de lo ingresado por el evento, mientras que, sin ir muy lejos, el reparto de premios en 2024 supuso el 15,5% del total ingresado.
Particularmente, el 14% me parece escaso y aun siendo esto cierto a mi parecer, puedo llegar a imaginar y casi comprender los posibles razonamientos que desde la organización se pueden explicar. Los dirigentes tendrían razón o parte de ella, al menos, al exponer que, indistintamente de las épocas, de la calidad de los participantes y de su repercusión mediática, son ellos los que con su trabajo anual consiguen elevar año tras año los beneficios.
En su descargo está, además, que al ser ellas, las federaciones organizadoras de los eventos, entidades sin ánimo de lucro, los beneficios generados son reinvertidos y utilizados para la ayuda y desarrollo del tenis y de los jóvenes que lo practican. Creo incluso que les cabría alegar que una de las razones de la gran repercusión que ciertos jugadores llegan a tener es, en gran medida, gracias a haberse adjudicado alguno de los cuatro Grand Slams del año; también, que gracias a eso sus ganancias publicitarias se elevan enormemente en los siguientes años.
Siendo esto cierto y que rige para los ganadores, sin duda, no se correspondería con lo que les pasa a los 126 participantes restantes —son, en total, 128 competidores en cada cuadro—.
Por su parte, los jugadores se sienten los protagonistas casi absolutos, necesarios e imprescindibles, y saben que sin ellos no habría torneo posible. Para mostrar su enfado y dar a conocer su punto de vista, desde hace ya un cierto tiempo han ido adoptando diferentes medidas para mostrar su disconformidad; en esta ocasión, acotar el tiempo de atención a la prensa y reducir al mínimo posible la colaboración con el evento.
Es probable que estas acciones tengan alguna repercusión, pero creo que sería más lógico que desde la dirección de la WTA y la ATP hubiera una reunión, antes de empezar la temporada, en la que se intentaran acercar posturas y fijar, ya para siempre, un porcentaje que contentara tanto a unos como a otros; que permitiera a los jugadores sentirse bien tratados y valorados y, al mismo tiempo, que permitiera también a las federaciones continuar con su labor de ayuda a los jóvenes y de promoción de nuestro deporte.
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