El espíritu Mamdani en Barcelona: de asaltar los cielos a arreglar el asfalto

Las camisetas de algodón rosa desgastado, merchandising del PSOE, se venden por 5,99 euros, mientras que el cortado servido en la barra de enfrente cuesta 3 euros; y el café con leche, 3,50. Tal disfunción de mercado explica un montón de cositas que han pasado en el sistema económico occidental en los últimos 20 años, todo lo que habrá tenido que suceder en la cadena productiva para que una prenda llegue a manos del consumidor final con tan poco coste y para que en ese chupetín de cafeína en vaso de papel se deje uno la camisa (media camiseta, para ser precisos). Contorsiones de las reglas y las lógicas que se encuentran también la génesis de esta cumbre progresista internacional que se celebra en Barcelona.

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 Vox y un bloque de vecinos de L’Hospitalet han regalado un capítulo de ‘Aquí no hay quien viva’, pero la cumbre progresista transcurre sin proclamas encendidas y con altas dosis de optimismo  

Las camisetas de algodón rosa desgastado, merchandising del PSOE, se venden por 5,99 euros, mientras que el cortado servido en la barra de enfrente cuesta 3 euros; y el café con leche, 3,50. Tal disfunción de mercado explica un montón de cositas que han pasado en el sistema económico occidental en los últimos 20 años, todo lo que habrá tenido que suceder en la cadena productiva para que una prenda llegue a manos del consumidor final con tan poco coste y para que en ese chupetín de cafeína en vaso de papel se deje uno la camisa (media camiseta, para ser precisos). Contorsiones de las reglas y las lógicas que se encuentran también la génesis de esta cumbre progresista internacional que se celebra en Barcelona.

Al capitalismo hay que salvarlo de sí mismo cada cierto tiempo, suele decirse. El mensaje ha circulado estos dos días de foro por las mesas redondas de forma sobria, con poca arenga, mínimo ardor, antítesis absoluta de esas conferencias de acción conservadora de Estados Unidos que, desde que Donald Trump llegó -y volvió- al poder, se han convertido en un goloso fruto para los cronistas de ambiente. Los fastos, además, se celebran en la Barcelona posprocés, capital de esa Cataluña de un Salvador Illa que, como comentan algunos ilustres miembros del selecto Cercle d’Economía, ha matado al independentismo de aburrimiento.

“Es que hay que rebajar la tensión, la gente no vive solo de épica, la gente quiere soluciones”, apunta el expresidente catalán José Montilla mientras avanza por los pasillos del evento. “Esto no es una asamblea de base, la mayor parte de gente que habla aquí tiene responsabilidades de Gobierno y busca coordinar una respuesta, no proclamas encendidas”, señala otro socialista veterano que participa en la cita y que…

Un momento, un momento. ¿Es esa mujer quien parece que es? A las tres de la tarde del viernes, en la sala Ernest Lluch, comparece en la mesa redonda una mujer de 47 años con el cabello recogido, blazer blanco impecable y una diplomacia desarmante ante tanto curioso que cuesta creer que, en efecto, es ella, Ana María Archila, la guerrera del ascensor, entrevistada por EL PAÍS seis años atrás en circunstancias muy diferentes.

En 2018 esta activista de origen colombiano saltó para siempre a la escena nacional de Estados Unidos porque logró que, en el último minuto, un senador republicano llamado Jeff Flake cambiase su voto y obligase a abrir una investigación contra Brett Kavanaugh, a punto de ser confirmado juez del Supremo, por acusaciones de violación. Archila y otra joven exhortaron con tal fuerza a Flake cuando trataba de irse a su despacho que el tipo acabó cambiando el voto. Trump la llamó “gritona profesional”.

Archila ya no asalta a senadores por los ascensores. Hoy es la jefa de la oficina de asuntos internacionales del nuevo Ayuntamiento de Nueva York. De las organizaciones sociales pasó al partido de las familias trabajadoras de la ciudad, de ahí a la campaña de Zohran Mamdani y, ahora, a gestionar un presupuesto de unos 120.000 millones de dólares, pero con unas necesidades interminables. ¿Reformas o revolución?, le pregunto en este 2026 tan diferente. Responde de forma muy ilustrativa: “El trabajo tiene que ser muy específico y muy material, nosotros acabamos de cumplir 100 días en el Gobierno y una de las cosas que hemos celebrado es que hemos tapado 100.000 huecos que había en el asfalto de las calles de Nueva York, la gente necesita victorias materiales muy específicas”, dice. “Zohran hizo algunas promesas que no son opcionales, como el cuidado infantil universal gratuito o hacer que los autobuses vayan más rápidos… Eso son las mejoras materiales”, añade.

En esta reunión nadie plantea asaltar los cielos, ni morir por las ideas (o, si hay que morir, de acuerdo, pero que sea de muerte lenta, como cantaba Georges Brassens). Todo transcurre en calma chicha, hasta en la reunión de los sindicatos. Unai Sordo, secretario general de Comisiones Obreras, lo explica así: “El vector socialdemócrata del encuentro es evidente, aunque las referencias latinoamericanas aquí presentes desborden ese marco. Pero esto es sobre todo el contrapunto a la ola global de la ultraderecha, que hoy en día son los verdaderos disruptores del orden, incluso desde el punto de vista estético, con ese tono gamberro, incluso faltón. Todo eso, hasta el punto estrafalario, está en el otro lado y eso también es un mensaje”.

Pero hablábamos antes de Montilla. Más que calma, el socialista observa un clima de “optimismo y vitalidad” en la cumbre. Y es cierto que el ánimo de los ponentes -entre abrazos, felicitaciones mutuas y selfies- es alegre, distendido, hay buen rollo. “No solo somos hermanas en muchos sentidos, sino que somos Thelma y Louise, como aparecemos en un póster que nos ha hecho su hija”, dice la economista Mariana Mazzucato a la vicepresidenta de la Comisión Europea, Teresa Ribera, que la presenta en uno de los actos. “Zapatero es el más femenino de los presidentes que he conocido”, dice la ministra Ana Redondo en otra de las mesas. Al expresidente español se le ve crecido, se salta los tiempos y las temáticas, mira a todo el público de izquierda a derecha sin parar y deja silencios dramáticos entre frase y frase (hace años, de esto pocos se acuerdan, en España le llamaban sosoman).

En la calle ha habido más salseo, algo parecido a una escena de la serie Aquí no hay quien viva. Vox había convocado por la mañana una concentración frente al recinto ferial, ubicado en L’Hospitalet del Llobregat, el cinturón rojo de Barcelona, y se topó con el bloque de vecinos de su peor pesadilla. A Ignacio Garriga, el líder en Cataluña, apenas se le oía porque desde el edificio contiguo un sonaba a todo trapo, Bella Ciao y Ay, Carmela. En un momento dado, Garriga dice que estaban ahí para oponerse al “multilateralismo y otras mamarrachadas progres”, pero el “ay, Carmela, ay, Carmela…” se lo comía. Luego comenzó el griterío. “Fachaaa…” decía una joven desde el quinto. “Pijaaaaa… Ese piso cuesta mucho dinero…” respondía un señor desde abajo. “Abajo las narcodictaduras…”, decía otro manifestante. “Abajo los nazis…”, replicaba uno desde su ventana. Y la cosa fue decayendo, porque ni Vox tenía mucha gana de guerra, en este día soleado y de 21 grados que dio a la izquierda un chute de autoestima

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