Cómo se sobrevive en el 40% de la superficie de Gaza: “Hay gente en todas partes”

“No hay sitio en ningún lugar, no cabe nadie más”. Dalal S. repite varias veces esta frase mientras responde a las preguntas de EL PAÍS desde un campo de desplazados en la zona de Al Mawasi, en el sur de la franja de Gaza, en el que vive desde hace meses con ocho personas más de su familia. “Estamos rodeados de gente a la que no conocemos bien y es incómodo. Cuando hablamos de algo importante en familia, tenemos que bajar la voz para que no nos escuchen en la tienda de al lado”, prosigue esta palestina de 21 años que prefiere que su apellido no sea publicado.

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 El hacinamiento en condiciones miserables multiplica los problemas de salud mental y fisura la cohesión social de los dos millones de palestinos de la Franja  

“No hay sitio en ningún lugar, no cabe nadie más”. Dalal S. repite varias veces esta frase mientras responde a las preguntas de EL PAÍS desde un campo de desplazados en la zona de Al Mawasi, en el sur de la franja de Gaza, en el que vive desde hace meses con ocho personas más de su familia. “Estamos rodeados de gente a la que no conocemos bien y es incómodo. Cuando hablamos de algo importante en familia, tenemos que bajar la voz para que no nos escuchen en la tienda de al lado”, prosigue esta palestina de 21 años que prefiere que su apellido no sea publicado.

En Gaza falta el aire y el espacio desde hace años. Hasta octubre de 2023, más de dos millones de personas vivían en esta franja de tierra de 365 kilómetros cuadrados. Tres años después, prácticamente la misma población se hacina en menos de un 40% de esa superficie ya que el resto está ocupada militarmente por Israel, afirma la ONU. La mayoría de la población malvive en tiendas ajadas por el sol y el frío, otras, en edificios en ruinas que pueden colapsar en cualquier momento, y pocas en una casa digna de ese nombre.

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“Las tiendas están pegadas unas a otras. Las personas no tienen ningún tipo de intimidad y hay disputas todo el rato con la pareja, con los hijos o con los vecinos por vivir tan amontonados”, explica Samir Zaqut, de la ONG palestina Al Mezan, también desplazado en la Franja. “Israel mata de muchas maneras y esta situación nos está matando poco a poco. Porque la gente está agotada, física y emocionalmente, de vivir así”.

De esa asfixia diaria no se puede escapar porque nadie en Gaza sale o entra sin un permiso israelí. Si antes de los ataques del movimiento islamista Hamás de 2023, que provocaron más de 1.250 muertos, y la posterior ofensiva israelí, que se ha saldado con más de 70.000 fallecidos, estas autorizaciones se concedían a cuentagotas, ahora solo recaen en algunos enfermos graves, estudiantes o casos de reagrupación familiar.

Ezzedín, que no quiere dar su nombre completo, vive en un campo de desplazados del centro de la Franja junto a su mujer y sus tres hijos. Hasta octubre de 2023 tenían un apartamento cerca de la ciudad de Gaza. Nunca habían comido ni dormido en el suelo ni tampoco se vieron privados de un baño.

“Yo escucho todo lo que dicen mis vecinos y los vecinos me escuchan a mí. Me da hasta vergüenza ir al lugar que usamos como baño porque no hay ninguna privacidad”, explica. “Y una de las cosas más difíciles es tener algún tipo de intimidad con mi esposa. Incluso cuando le susurro algo bonito al oído tengo miedo a que nos oigan”, desliza, tímidamente.

El hacinamiento, las penurias de la vida diaria y la dificultad para encontrar un sitio en el que estar a solas han hecho que aumenten los divorcios en Gaza. “Hay parejas que no tienen relaciones hace mucho porque tienen hijos y viven todos en una sola tienda de campaña”, admite Ezzedin.

Paralelamente, la miseria y la falta de espacio también ha hecho que se incremente el número de matrimonios infantiles. En diciembre de 2025, el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA), calculó que casi el 10% de los embarazos se registraban en madres adolescentes. “La gente lo ha perdido todo, se ha quedado sin ingresos y muchas veces el matrimonio a una edad temprana es visto como puerta de salida”, apunta Zaqut. “Y creo que aún pasan pocas cosas para las que podrían pasar. La gente intenta mantener vivos los valores que han impregnado de nuestra sociedad para no convertirnos en animales”, agrega este trabajador humanitario.

Tras la tregua que entró en vigor en Gaza en octubre de 2025, una línea amarilla dividió a la Franja en dos partes casi iguales. La mayoría de la población palestina quedó confinada en la zona este, hacia el mar Mediterráneo. Y el ejército israelí ocupó el resto.

Pero con el paso de los meses, las fuerzas israelíes han ido empujando esos límites, según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en inglés) y hoy, la población palestina vive en menos del 40% de la superficie de Gaza. Dirigentes israelíes, como el ministro de Defensa, Israel Katz, han dicho claramente que no habrá una “solución real” para Gaza si no se contempla una “migración masiva” de su población.

Esta falta de espacio hace también que muchos palestinos vivan muy cerca de las tropas, como la familia de Dalal S. “Ahora mismo no podemos movernos de aquí aunque vivamos muertos de miedo”, dice esta joven, enviando un vídeo grabado desde dentro de su tienda en el que se escuchan las ráfagas de disparos cercanos.

Esta gazatí, que trabajaba como traductora, insiste en que cada acto de su vida cotidiana es un problema debido a la enorme cantidad de gente que la rodea y a la presencia de los soldados a poca distancia. “Lavar los platos, cocinar, ir al baño, leer, soportar el calor…”, enumera. “Y para las chicas es aún más complicado por la falta de intimidad e higiene, especialmente cuando tenemos la regla, que se ha convertido en un suplicio”, asegura.

Porque la falta de agua en buen estado, de baños dignos y de material de limpieza sumada a la presencia de insectos y roedores en campos de desplazados abarrotados de gente están también provocando enfermedades que se expanden rápido debido al hacinamiento y también se cobran vidas. “La gente ya no está tan sana ni tan fuerte como hace tres años”, lamenta Zaqut.

Según la ONU, 1,2 milones de habitantes de la Franja viven en situación muy crítica o catastrófica en refugios o tiendas de campaña. La magnitud y el alcance de las carencias han hecho retroceder el desarrollo humano en la Franja 77 años desde 2023.

Amal Abu Obada, psiquiatra en el Programa comunitario gazatí de salud mental (GCMHP, por sus siglas en inglés) ve los efectos del hacinamiento cada día en sus pacientes. “Vivir así es un desafío permanente. Yo misma he pasado meses con otras nueve personas en una habitación de seis metros cuadrados. No puedes hacer nada. Ni hablar, ni comer, ni rezar tranquila. Es horrible. Inimaginable”, explica, en una entrevista telefónica con este periódico. “Hay gente en todas partes, ni siquiera hay carreteras porque las personas viven en tiendas ahí”, agrega.

Los psicólogos y psiquiatras de este centro atienden gratuitamente en tres puntos de la Franja, pero la mayoría de la gente no puede acudir a las clínicas. Abu Obada explica que la salud mental no es una prioridad en una vida diaria plagada de urgencias. “Entre ir a buscar agua o comida e ir al psicólogo, van a elegir lo primero”, zanja. Además, muchas personas ni siquiera pueden llegar a las clínicas porque los transportes son escasos y carísimos. Por eso muchos psicólogos acuden a los campos de desplazados para identificar al menos algunos casos críticos que requieren asistencia. “También hemos intentado sesiones online, pero justamente la falta de un espacio en el que hablar sin que nadie te escuche dificulta mucho las cosas”, agrega.

Según esta psiquiatra, la falta de privacidad tiene un especial impacto en el ánimo de los adolescentes, que crecen sin espacios para ellos y asisten además al deterioro de la convivencia familiar. “Intentamos dar a la gente herramientas para recuperar la serenidad, como ejercicios de respiración o consejos para comunicarse mejor con familiares y vecinos”, cita. “También les recordamos que todos estamos traumatizados y que las personas con las que pierden la paciencia también son víctimas. Pero a veces se nos acaban los argumentos y nos preguntamos hasta cuándo va a poder aguantar la gente”, concluye.

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