El Mundial abre este jueves el telón con un México-Sudáfrica (21.00, La 1 y Dazn) en el histórico estadio Azteca y la FIFA nunca había deseado tanto que la pelota echara a rodar. De nuevo, el juego y la pasión universal que llama al rescate del mundo o, al menos, a tranquilizarlo. El fútbol aspira a ofrecerse como el mismo lazo de unión que apaciguó ánimos tras la Segunda Guerra Mundial, aunque la globalizada tensión geopolítica latente lo dificulte.
La anfitriona México se mide a Sudáfrica en el estreno de una Copa del Mundo marcada por la tensión geopolítica, las duras condiciones meteorológicas y los largos desplazamientos
El Mundial abre este jueves el telón con un México-Sudáfrica (21.00, La 1 y Dazn) en el histórico estadio Azteca y la FIFA nunca había deseado tanto que la pelota echara a rodar. De nuevo, el juego y la pasión universal que llama al rescate del mundo o, al menos, a tranquilizarlo. El fútbol aspira a ofrecerse como el mismo lazo de unión que apaciguó ánimos tras la Segunda Guerra Mundial, aunque la globalizada tensión geopolítica latente lo dificulte.
El conflicto entre Estados Unidos e Irán fija la coordenada más caliente. La organización que preside Gianni Infantino cruza los dedos para que lo que pueda suceder en las calles mexicanas, en las de Canadá o en las de Estados Unidos no afecte a la 23ª edición de una Copa del Mundo en la que todo se perfila extremo. De momento, la política migratoria de la Administración Trump ya ha interferido en el corazón de la competición con la denegación del visado de entrada al colegiado somalí Omar Artan.
Las 48 selecciones que participan en el Mundial más largo de la historia, desde este jueves hasta el 19 de julio, competirán bajo los condicionantes de los horarios, los largos desplazamientos entre los tres países organizadores, el calor y la humedad, las tormentas que amenazan con interrumpir partidos y las dilatadas pausas de hidratación que cuartearán a la americana los 90 minutos de juego. En ese contexto peliagudo e incómodo se desplegarán todas las aristas clásicas que un Mundial contiene como la gran fiesta del fútbol que es. La primera, la sempiterna rivalidad entre Europa y Sudamérica.

La Argentina de Lionel Messi defiende el título después de haber cortado en Qatar 2022 la hegemonía europea instaurada desde que Italia conquistara el título en 2006. El astro argentino (38 años) y Cristiano Ronaldo (41) aún son el mayor reclamo entre los aficionados de todas las comunidades presentes en las tres naciones organizadoras. Lamine Yamal, Mbappé y Vinicius todavía están un par de escalones por debajo de la popularidad y la atracción que aún despierta la antagonista pareja que ha dominado las dos últimas décadas. El martes, sus figuras fueron inmortalizadas en cera en el Museo de Historia de Nueva York como signo inequívoco de sus leyendas y, también, del paso del tiempo. El de Messi será el último Mundial, el de Cristiano no se puede confirmar por su obsesión por competir y lo jugoso que puede resultarle jugar en 2030, con Portugal como coorganizadora junto a España y Marruecos. Lo que es seguro es que este será el último episodio con ambos en activo del particular duelo que tanto los retroalimentó.
España, Francia, Inglaterra, Alemania y Brasil, junto a Argentina y Portugal, forman parte del selecto ramillete de favoritos que presenta un par de peculiaridades históricas: la descorazonadora ausencia de Italia por tercera vez consecutiva y que tres de las candidatas están bajo la tutela de extranjeros. Roberto Martínez, Carlo Ancelotti y Thomas Tuchel dirigirán bajo la sobrepresión de ser los técnicos de portugueses, brasileños e ingleses, respectivamente. Por mística y por su gen competitivo, la Uruguay que ha transformado el argentino Marcelo Bielsa también puede ser incluida entre estas raras avis. Entre las selecciones tapadas se señala a Marruecos, semifinalista en 2022, la Noruega de Haaland, Colombia, Ecuador y Senegal. De estas tres últimas se espera que la mezcla de la elevación de sus condiciones técnicas y el físico de muchos de sus futbolistas sea determinante para avanzar en los cruces.
La llave del cuadro de las eliminatorias se abre con los insólitos dieciseisavos de final, a los que accederán los dos primeros de cada uno de los doce grupos y los ocho mejores terceros. Del papel de las selecciones del tercer y el cuarto vagón del fútbol mundial, como las debutantes Curazao, Cabo Verde, Uzbekistán y Jordania, dependerá en gran parte la apuesta de abrir la participación a 48 selecciones por la gracia de engordar los ingresos televisivos.
En la pugna entre Europa y América siempre se diferenció entre las escuelas y el estilo, el físico y la velocidad de ejecución contra la pausa y el talento callejero sudamericano. Ahora todo es más homogéneo por el temprano expolio que genera el Dorado europeo al otro lado del charco. La gran mayoría de las luminarias sudamericanas juegan en las ligas europeas y el paradigma del juego de la presión alta y las transiciones que la rompen se ha globalizado. El pasado Mundial de Clubes de la FIFA ya confirmó esta tendencia, aunque al tratarse de selecciones la disputa será pura.
Ese fútbol total que se ha impuesto también puede deparar en este Mundial la confirmación del renacimiento de los extremos y el hedonismo y la letalidad de sus regates. La gran mayoría de las selecciones aspirantes los tienen. Lamine, Vinicius, Raphinha y los franceses Dembélé, Olise y Doué encabezan una lista excelsa en la que que también se incluye a Saka (Inglaterra), Leão (Portugal), Sané (Alemania) y Doku (Bélgica). Entre los goleadores voraces que se esperan, aparece un grupo selecto formado por Mbappé, Kane, Haaland y Julián Alvarez. Todos con el permiso de lo que puedan mostrar Messi y Cristiano, que, antes que cañoneros insaciables, también fueron extremos. Como todo en este Mundial.
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