Ya está de vuelta la gran cita teatral de otoño en Cataluña, el festival Temporada Alta, que acomete su nueva edición, la 35ª nada menos, con una programación variadísima. En total son 91 espectáculos, 16 de ellos internacionales, que se representarán a lo largo de diez semanas, desde este sábado, 3 de octubre, al 8 de diciembre, principalmente en Girona y Salt, con extensiones a otras siete localidades gerundenses. El director del Temporada, Narcís Puig, por segundo año al frente del festival, explica cómo lo afrontan. “Con ganas, con ganas. Y con todo muy de cara. La venta anticipada va muy bien, ya hay varios espectáculos que han colgado el letrero de no hay entradas y hemos añadido funciones a 12 de ellos”.
La cita gerundense, que propone 91 espectáculos hasta el 8 de diciembre, comienza por todo lo alto con ‘Has been’, lo último de Sidi Larbi Cherkaoui
Ya está de vuelta la gran cita teatral de otoño en Cataluña, el festival Temporada Alta, que acomete su nueva edición, la 35ª nada menos, con una programación variadísima. En total son 91 espectáculos, 16 de ellos internacionales, que se representarán a lo largo de diez semanas, desde este sábado, 3 de octubre, al 8 de diciembre, principalmente en Girona y Salt, con extensiones a otras siete localidades gerundenses. El director del Temporada, Narcís Puig, por segundo año al frente del festival, explica cómo lo afrontan. “Con ganas, con ganas. Y con todo muy de cara. La venta anticipada va muy bien, ya hay varios espectáculos que han colgado el letrero de no hay entradas y hemos añadido funciones a 12 de ellos”.
El festival, que tiene a gente internacional tan potente como Needcompany, Peeping Tom, Romeo Castellucci, Guy Cassiers o Larbi Cherkaoui, arranca oficialmente, tras un prólogo hoy sábado con el monólogo Dysphoria, de María Goiricelaya (Histrión Teatro), con el esperado estreno mañana domingo en el Teatro Municipal de Girona de Has been, un espectáculo de Charkaoui en dúo con otra gran figura del teatro europeo, Martin Zimmermann.
“Nos gustó la idea de que se junten esos dos grandes personajes para reflexionar sobre hacerse mayor y hablar del miedo a quedar fuera de juego artístico en la madurez de la carrera”, dice Puig. La obra, sin texto, mezcla danza, circo, teatro y música en directo y es “una tragicomedia con un punto muy divertido y tierno”.

Narcís Puig prefiere el término apertura al de inauguración, ¿una forma de conjurar el estrés que provoca en otros festivales como el Grec de Barcelona la elección del espectáculo inaugural? “No nos obsesiona la inauguración, hablamos de un primer espectáculo internacional para romper el fuego y tras el que hacemos una fiestecita, pero de hecho el festival ya comienza el día antes con Dysphoria. El Grec lo hace de otra manera, es un día muy importante para ellos y se ha convertido en un acto ciudadano y político, todo el mundo pone la mirada allí. Es indiscutible que has de empezar con alguna cosa, pero puedes darle mayor o menor trascendencia. Déjame decir que, pese a las diferencias, hay muchas cosas que nos interesan del Grec y somos muy cómplices”.
El Temporada Alta (2.253 espectáculos y 1.302.620 espectadores desde que nació) funciona muy bien, ¿cuál es el secreto? “La relación con Girona. El día que se rompa esa relación tendremos un problema. Creo que el trabajo se ha hecho bien desde el principio, sentando una base muy sólida de conexión directa con el público. La gente nos tiene confianza. Eso es lo que ha hecho grande el festival”.
Consolidar un gran festival fuera de la atracción centrípeta de Barcelona no ha debido ser fácil. ¿Es en ese sentido de no estar en la capital de Cataluña y haberse convertido en el gran festival de otoño del país el Temporada Alta una anomalía? “Una anomalía positiva, espero”, ríe Puig. “De en qué se ha ido convirtiendo el Temporada es algo que habría que hablar con Salvador Sunyer, su director durante 33 años. Sea como sea, nos parece una anomalía el Temporada, porque estamos muy acostumbrados a que todo pase en Barcelona. Cuando en realidad muchos grandes festivales europeos no pasan en las capitales. Ahí están Edimburgo o Aviñón. Un festival en una ciudad media tiene sus ventajas: aquí puedes interactuar más con los artistas y el público. En Girona se vive más el festival de lo que se viviría en una ciudad más grande, que tiene otra dinámica. Hay una magia en los festivales que las ciudades pequeñas favorecen. Que todo esto haya pasado en Girona es mérito, además, por supuesto, de Sunyer y todo el equipo del Temporada. Empezaron en el 92 con cuatro espectáculos y no se quedaron ahí. Había ya la mirada puesta en ser un gran festival y, aunque probablemente no se imaginaba que fuera a serlo tanto, el crecimiento fue produciéndose, pasando a cerca de cien espectáculos, que es nuestro tamaño ideal”.
Puig recalca que el Temporada Alta “ha sabido crecer muy bien”. Lo ha hecho “paulatinamente, sin sobresaltos, y ha dado tiempo a que el público creciera con él”.

Otros festivales viven crisis de modelo y de apoyos, ¿se sienten envidiados en su relativa placidez? “No sé si generamos envidia. No me quiero comparar con otros festivales. Una cosa buena del Temporada es que ha hecho su camino y sigue haciéndolo sin mirar lo que hacen los demás y sin competir y sin complejos. Compitiendo nos equivocaríamos. Con el Grec a veces lo haces puntualmente, pero nunca con voluntad de ser más o de contraprogramar. En cuanto a las crisis, otros festivales tienen problemas porque se ven forzados a muchos cambios, por ejemplo, si cambias de director cada equis años, el que llega lo hace con nuevas ideas”. Puig añade que los cambios en el Temporada han sido artísticos en el sentido de que han evolucionado con los cambios que se han producido en el propio hacer de los artistas. “Yendo hacia un lado u otro, los que han cambiado el festival son ellos, cuando empezamos, todo era teatro de texto y algo de danza contemporánea, no había teatro político, documental o ese concepto tan de moda ahora, hibridación. Este año, ya ves, comenzamos con Has been, que es pura mezcla”. El director de Temporada considera que introducir cambios de otro tipo en el festival sería un error. “Se trata de observar, si tienes vista y te dejas aconsejar, no te equivocas mucho en general”.
La personalidad de Sunyer ha sido decisiva en el Temporada Alta; ¿lo echan a faltar? “Él sigue aquí, llevando la fundación Ciudad Invisible, que acerca enseñanza y cultura. Siempre lo tenemos a mano para preguntarle lo que sea, y eso es un lujo. En todo caso, yo llevo ya 17 años en el festival, los dos últimos como director, conozco bien el intríngulis. Y llevaba años como segundo de Salvador viajando a ver los espectáculos internacionales, así que no ha habido ruptura. La programación del Temporada Alta en realidad es muy continuista”. Puig reflexiona que una de las cosas que distinguen al festival es el seguimiento que ha hecho de algunos artistas, que han estado en su radio de acción y han ido repitiendo en su programa. En el cartel de este año hay creadores como Cassiers o Christiane Jatahy que ejemplifican esa continuidad, como lo hizo en su momento Peter Brook.

Al pedirle una selección de lo mejor del festival, los imperdibles (“si es que no lo son todos los artistas programados”), Puig señala entre lo internacional a Cherkaoui, a Cassiers con su trabajo sobre el ensayista Camille de Toledo; el Fausto de Romeo Castellucci, The forest de Tolcachir con la bailarina Cristiana Morganti, de la compañía Pina Bausch; lo nuevo de Peeping Tom (la revisión de Le salón, “una preciosidad”), a Needcompany, por supuesto, en su nueva etapa post-Jan Lauwers y de refundación de la compañía. De aquí, La forma humana, de Pablo Messiez, el nuevo espectáculo sobre Bach (ahora en familia) de Mal Pelo, y, también en familia, el trabajo preparatorio de su nuevo montaje que hace Blai Mateu, de Baró d’Evel, con su padre, el payaso Tortell Poltrona (LAB: a la recerca de ‘qui soc?’), Verborrea con Javier Cámara, Massacre, de Agnes Mateus…
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