Llevaba en Ceuta desde la avalancha de finales de julio, se coló en los bajos del autobús del club vallisoletano en un descuido y viajó más de cien kilómetros junto al eje de las ruedas hasta que no aguantó más y fue rescatado por los futbolistas deshidratado y magullado Leer Llevaba en Ceuta desde la avalancha de finales de julio, se coló en los bajos del autobús del club vallisoletano en un descuido y viajó más de cien kilómetros junto al eje de las ruedas hasta que no aguantó más y fue rescatado por los futbolistas deshidratado y magullado Leer
Driss (el nombre es ficticio) no habla español ni francés. Cuando los futbolistas del Real Valladolid CF le descubrieron, escondido en los bajos del autobús del equipo el pasado domingo, casi de madrugada, apenas tenía fuerzas. Se quejaba, con gestos, de la espalda, y repetía, una y otra vez, las mismas palabras en el dialecto árabe que se habla en su país, Marruecos: «Sa’iduni, tkuni».
Latasa, el número 9 del equipo pucelano, que fue uno de los primeros en alertar de la presencia del polizón, y sus compañeros, tuvieron que echar mano del traductor de Google en sus teléfonos móviles para poder descifrar que lo que pedía era «ayuda, socorro».
Cuando le rescataron, le tendieron en el suelo en una estación de servicio próxima a Jerez de la Frontera, a los pies de la autopista. También fueron capaces de traducir, ya con la ayuda de una intérprete a la que llamaron por teléfono, la pregunta que Driss repetía una y otra vez: «¿Fin ana?». O sea: ¿dónde estoy?
Lo que quería saber, en realidad, era si lo había conseguido, si su viaje, que empezó en la frontera del Tarajal el 30 de julio, había llegado al final deseado, la Península Ibérica, la puerta hacia Europa.
Hace casi una semana que este joven marroquí, que asegura tener 17 años de edad, vive en la Península Ibérica, como soñaba cuando cruzó, con la avalancha de finales de julio, la frontera entre Castillejos, en Marruecos, y Ceuta. Ha encontrado cobijo en el centro de protección de menores de Jerez de la Frontera, bajo la tutela de la Junta de Andalucía. Casi casi el paraíso que soñó tantas noches cuando pensaba en escapar de su país y alcanzar la otra orilla del Estrecho de Gibraltar.
En realidad, los cien kilómetros que recorrió entre Algeciras y Jerez de la Frontera oculto junto al eje de las ruedas del autobús oficial del Valladolid no fueron sino la última etapa de un periplo mucho más largo y, seguramente, tanto o más peligroso.
Primero, el cruce, a nado, de la frontera del Tarajal junto a los 80.000 migrantes que asaltaron la ciudad autónoma de Ceuta entre el 30 y el 31 de julio pasado. Luego, el mes y mes y medio largo, larguísimo, de penurias y acampada al raso en una playa, en un monte.
Hasta que vio la oportunidad que estaba esperando. Era un autobús Volvo, pintado en blanco y morado, los colores del club de fútbol de Valladolid que el pasado domingo, 20 de septiembre, jugó contra el AD Ceuta, en el estadio Alfonso Murube de la ciudad autónoma.
José María y Diego, los conductores del club, esperaban fuera del estadio con el autobús, vigilando por si acaso porque ya les habían advertido de que existía el riesgo de que algún migrante intentase colarse.
En un momento dado, a Diego empezó a dolerle la cabeza y su compañero fue a buscarle un espidifén, como ellos mismos han contado estos días a distintos medios de comunicación. Sospechan que en esos minutos en los que dejaron de vigilar el autobús, Driss corrió hacia el vehículo, estacionado en las inmediaciones del campo de fútbol ceutí, se arrastró debajo del chasis y se metió en un estrechísimo hueco junto al eje de las ruedas traseras.
Un agujero de apenas 155 por 70 centímetros, junto a la suspensión del autocar, que puede alcanzar temperaturas por encima de los 70 grados en algún instante y en el que pasó varias horas, cerca de tres según los cálculos de Jorge Santiago, vicepresidente del Valladolid, que viajó a Ceuta con el equipo el domingo y que vivió en primera persona el hallazgo del polizón.
«Te avisan de que estas cosas pueden suceder, pero de ahí a que te pase…», cuenta Santiago, aún conmocionado pese a que han pasado días desde que los golpes de Driss y sus gritos de ayuda pararon la expedición del club de regreso de Ceuta.
Cuenta que cogieron el ferry hasta Algeciras a las 21 horas -el partido se disputó a las 16:30 horas, empataron por cierto- y que no atracaron en el puerto algecireño hasta 45 minutos después. Pasaron otros 30 minutos antes de que reemprendieran la marcha y sobre las 23:30 horas circulaban a la altura de Jerez de la Frontera.
Fue entonces cuando Latasa y otros jugadores que intentaban descabezar un sueño en la parte trasera del autobús advirtieron de que se escuchaban golpes que venían del chasis del vehículo. En concreto, de debajo de una trampilla desde la que se accede, desde el interior del autobús, al compartimento del eje posterior.
«Vino Latasa y nos dijo que estaba escuchando golpes», relató José María García a El Norte de Castilla. Al principio pensó que estaba bromeando, pero Diego Fernández, su compañero, sí se lo tomó en serio. Poco antes habían estado hablando de la posibilidad de que se les metiese algún polizón.
El vicepresidente del club dio aviso entonces a las autoridades, a la Guardia Civil, pidiendo consejo de cómo actuar. Decidieron parar en la primera zona adecuada para ello, en un área de servicio de la petrolera BP, y enseguida lo vieron salir, ayudado por los conductores.
«Era un chaval delgado, vestido con unas calzonas, una camiseta y chanclas», recuerda Santiago. «Estaba totalmente desorientado y no entendíamos nada de lo que decía», añade.
Driss, como pudo, les dijo que tenía hambre y frío. Le dieron chocolatinas que tenían los jugadores y uno de los miembros de la expedición le dio su sudadera, con los colores del Valladolid, que el chaval aún conserva en su habitación del centro de menores de Jerez.
«Intentamos preguntar por él, hablamos con la Guardia Civil, pero como es menor no nos pudieron decir nada, pero nos gustaría volver a verle, saber de él, que está bien», dicen desde el equipo pucelano.
Mientras ese momento llega (o no), Driss está al cuidado de la Administración autonómica, pendiente de que se compruebe, para empezar, que tiene 17 años, como él mismo asegura, porque fuentes policiales -fue conducido a la comisaría aquella misma noche para su identificación y después al hospital- dudan de que sea menor de edad. Si se comprueba que no lo es, que es mayor de edad, a Driss le espera otro viaje de vuelta a la peor de sus pesadillas.
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