El memorable ‘tour’ por la España del siglo XIX de un grupo de pintoras americanas

Anna Parker Dixwell describía así su entrada a la Península desde Francia el 17 de septiembre de 1880: “Por fin llegó el momento y, por supuesto…, ¡un momento bien español! En mi vida había visto tantos hombres apuestos y bronceados juntos, todos alegres, con grandes sombreros, satisfechos de poder observar a las señoritas a su antojo con el mismo estilo infantil y desenfadado de los italianos”.

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 ‘Viajeras bostonianas’ rescata el diario de las aventuras que Anna Parker Dixwell emprendió con un grupo de amigas en 1880  

Anna Parker Dixwell describía así su entrada a la Península desde Francia el 17 de septiembre de 1880: “Por fin llegó el momento y, por supuesto…, ¡un momento bien español! En mi vida había visto tantos hombres apuestos y bronceados juntos, todos alegres, con grandes sombreros, satisfechos de poder observar a las señoritas a su antojo con el mismo estilo infantil y desenfadado de los italianos”.

Miembro de la alta burguesía cultivada de Boston, formada como artista, Dixwell tenía 33 años cuando emprendió su viaje por España acompañada por su amiga, la también pintora Anna Cabot Putnam, y el hermano de ésta, médico pediatra, investigador, filántropo y profesor en Harvard, quien, tras visitar Levante y Andalucía con ellas, las deja en Madrid. Allí se había sumado al grupo la artista y escritora Madeline Yale Wynne. Fueron dos meses, hasta el 11 de noviembre de 1880, cargados de descubrimientos, encuentros y aventuras que Dixwell registró en una suerte de diario de viaje escrito a modo de larga carta, al que fue añadiendo plantas secas como la que cogió en la Alhambra, bocetos o boletos de entrada a los toros. Seis meses después de su primera incursión en España, en abril de 1881, la intrépida artista regresó con un grupo, ya solo de mujeres, al que se sumaron la pintora Lizzie Boott y la esposa del doctor Putnam, Lucy Washburn. “Entramos en España en la estación de las flores”, escribe entonces. “¡Una gloriosa aventura en todo su esplendor!“. Este segundo viaje duró poco más de un mes.

“Más que un diario es un álbum de recuerdos con ideas, billetes de tranvía y cosas que va encontrando y guardando”, explica al teléfono Cristina Morales Segura, coeditora junto a Cristina Doménech Romero de Viajeras bostonianas (Siruela). El volumen presenta la primera edición y traducción de las notas del viaje, con un prólogo y un epílogo que contextualizan a la autora y a sus amigas. Hija del presidente del Massachusetts Bank, Dixwell heredó una considerable fortuna y viajó por primera vez a Europa, para continuar su formación como pintora, seis años antes de llegar a España. En las salas del Louvre conoció a Lizzie Boott, la hija del compositor Francis Boott, quien pasó su infancia entre Florencia y Roma en el círculo de artistas y escritores que su padre frecuentaba, y entre los que se encontraba Henry James. Así, en las novelas La copa dorada y Retrato de una dama parece que hay un eco de la historia de ese padre y esa hija. Tiempo después de su viaje por España, Lizzie se casó con el pintor Frank Duveneck en contra del parecer de su familia y falleció unos meses más tarde, a los 41 años. Sus cuadros, a diferencia de los de Dixwell, que no se conocen, se encuentran en la colección del Smithsonian.

Por su parte, Anna Cabot Putnam y Madeline Yale Wynne jugaron un papel importante en el movimiento de Arts & Crafts en Massachusetts y formaron una sólida pareja. Eran lo que en la época se conocía como “matrimonios bostonianos, formados por mujeres de clase social acomodada, muchas de ellas artistas, que compartían afectos, proyecto de vida y finanzas bajo el velo de amistad respetable”, detalla el prólogo de Viajeras bostonianas. “Se trataba de relaciones conocidas y consentidas por la sociedad”, explica Cristina Doménech, y subraya el carácter “íntimo y sincero” de las notas de Dixwell, quien falleció en 1885 en París, donde estaba integrada en los círculos artísticos del momento.

El cuaderno original con sus notas del viaje lo encontraron al norte del estado de Nueva York, en el archivo del pintor Norbert Leo Heermann, que fue discípulo de Frank Duveneck, el esposo de Lizzie Boott, y las editoras quedaron impresionadas por el hallazgo. “Hubo una relación muy fecunda a nivel artístico entre España y Estados Unidos en el siglo XIX. A través de Francia, lo español se pone de moda y hay mucha literatura de viajes, pero estos diarios son bastante únicos porque el punto de vista que ofrecen es muy diferente. No están escritos para ser publicados, parece más bien que iban dirigidos a la madre de Dixwell, pero no nos consta que llegara a verlos”, añade Doménech.

Cuatro días después de cruzar la frontera por primera vez, Anna ya anuncia orgullosa: “Por cierto, ¡ahora como aceitunas en cuanto tengo ocasión! Intenta imaginarme toda vestida de negro, con mantilla en vez de sombrero, con una rosa o un ramillete de jazmines prendido en mi encaje, comiendo en cualquier parte, en el mercado, en las esquinas de las calles o en cualquier lugar, granadas, higos chumbos, uvas y ese tipo de frutas”. Visita casas de baño en la costa de Levante, acude a tres corridas de toros, disfruta de la comida (“Es siempre de primer orden, el ajo no es excesivo”) y hace acopio de souvenirs diversos, desde semillas con las que pretende plantar “un jardín español en casa” hasta una daga de Albacete que quiere usar como abrecartas.

Desde Valencia escribe: “Con las flores en los ojales, continuamos el paseo haciendo gran variedad de pequeñas compras, observando a la gente, pero, sobre todo, dándoles a ellos la oportunidad de observarnos a nosotros”. Divertida y cercana, Dixwell no pierde ocasión de ensalzar la belleza de los paisajes y reivindicar la monumentalidad del país frente a otros lugares de Europa. “Aunque diferente, Italia no tiene un ambiente más bello que España”, escribe desde Granada, y unos días después apunta: “Las guías de viaje mienten cuando dicen que Ronda es la Tívoli española. No. Ronda es única”. También se muestra crítica con la situación de Gibraltar. “El diario va mucho más allá de los estereotipos de Carmen. Se nota el fin del romanticismo. Anna mira España en igualdad con Estados Unidos, un país joven que salía de la Guerra de Secesión”, explica Cristina Morales Segura.

Las inquietudes artísticas son el motor de la aventura de Dixwell y así se detiene a comentar las obras de Murillo, Velázquez, Zurbarán o Goya que va encontrando, y también las reliquias que halla en las catedrales. Las lecturas de Lord Byron o Washington Irving informan su viaje, y el grupo aprovecha para pintar. “La tarde la pasamos enteramente en la Alhambra como en un sueño, dibujando, paseando, aprendiendo alguna palabra en español”, anota el 28 de septiembre de 1880. Y unos días después llega al Prado: “Madrid es, para mí, su gran museo. Cuando no estoy en él, sueño con él”, explica Dixwell, que pasó muchas horas en la pinacoteca con sus amigas copiando obras de Velázquez.

En la capital también hubo tiempo también para ir a la ópera, ver un desfile por el nacimiento de una infanta (“nunca he visto nada tan parecido a la actividad y a la prisa en España hasta ese día”), recibir clases de español con Hermenegildo Giner de los Ríos o socializar con la sofisticada escritora y traductora Emilia Gayangos de Riaño (“una mujer única, encantadora”), quien las lleva a un taller de bordado.

“Aquel fue un momento muy fértil y los viajes de estadounidenses a España eran continuos. Hubo muchos intercambios entre la intelectualidad de Boston y la de España”, enfatiza Doménech, quien ha trabajado durante ocho años en la Hispanic Society de Nueva York. “Es probable, por ejemplo, que el nexo de las bostonianas con Emilia Gayangos fuera Isabella Gardner porque sabemos que se conocían. La española fue madre del primer embajador de España en EE UU, que en el diario de Dixwell aparece mencionado como un niño”.

Instalada en la Puerta del Sol con sus amigas, Dixwell describe una ciudad cosmopolita, donde se encuentran con otros ilustres estadounidenses como los botánicos Asa Gray y Joseph Dalton Hooker y gente de otras muchas nacionalidades. “¿Cuántas lenguas se hablaron en esa estancia durante esa tarde? Cada uno hablaba todos los idiomas que sabía”, anota el 22 de octubre. “Éramos un grupo de personas de casi todos los países que se me pueden ocurrir, pero resultó un éxito social fascinante”.

Plenamente integradas en la vida madrileña, Dixwell y sus amigas aprovecharon al máximo su estancia: “Como mujeres mundanas que somos, no paramos quietas en Madrid, nos divertimos, aprovechamos nuestro tiempo lo más posible y siempre terminamos por ir a la cama muy tarde”. También en 1880 los viajeros trasnochaban y marchaban arrebatados por España.

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