El próximo 6 de septiembre, se inaugurarán y consagrarán las pinturas que Ibáñez, el pintor que junto con Antonio López mejor representa la figuración artística en España, ha realizado para el Santuario del Saliente de Albox, en Almería, inspiradas en el libro más complejo y enigmático de la Biblia Leer El próximo 6 de septiembre, se inaugurarán y consagrarán las pinturas que Ibáñez, el pintor que junto con Antonio López mejor representa la figuración artística en España, ha realizado para el Santuario del Saliente de Albox, en Almería, inspiradas en el libro más complejo y enigmático de la Biblia Leer
Resulta inevitable ver en la intensa mirada del Cordero Pascual que Andrés García Ibáñez ha colocado en el ábside central de la ermita del Saliente de Albox (Almería), aquella otra que hipnotiza a cualquiera que contemple uno de los retablos más bellos de cuantos hicieron los primitivos flamencos durante el siglo XV: el que Jan Van Eyck colgó en la antigua Iglesia de San Juan Bautista de Gante y en cuya tabla central se encuentra una inquietante representación del Cordero Místico, una encarnación del cuerpo degollado de Cristo. Y esta es ya la primera señal de que acabamos de entrar en un espacio cuyas pinturas han sido realizadas, como diría el filósofo, sub especie aeternitatis, esto es, que han sido concebidas para la intemporalidad y realizadas de forma sentida. Y monumental. En apenas dos años, el pintor almeriense ha pintado la superficie de una cúpula de 81, 4 m2; 36, 6 m2 del ábside central, 40, 1 m2 del ábside lateral izquierdo y 40,7 m2 del ábside lateral derecho.
«Mientras estaba con las pinturas del ábside», nos explica García Ibáñez durante una visita privada a la ermita para contemplar en primicia el impresionante ciclo pictórico con el que ha iluminado un templo que permanecía en blanco desde su construcción a finales del siglo XVIII, «no paraba de escuchar el quinto y último movimiento de la grandiosa Missa Solemnis en re mayor de Beethoven: Agnus Dei, dona nobis pacem (Cordero de Dios, danos la paz). Y me conmovía con la música de las trompetas, que son el anuncio de un tiempo de esperanza».
No es la primera vez que Andrés García Ibáñez (Olula del Río, Almería, 1971) utiliza la música del compositor alemán como fuente de inspiración artística. A él dedicó una serie que tituló Del corazón al corazón, que se pudo ver en la Serrería Belga de Madrid hace un par de años. Pero este ciclo de ahora es distinto. Como es distinto también al resto de pintura religiosa que ha realizado a lo largo de su prolífica carrera, tanto en España como en Latinoamérica. Y no exageraríamos al afirmar que estamos ante su gran obra maestra, obra de madurez, y ante su consagración como artista, por lo que este ciclo tiene de único y grandioso. Un ciclo que, además, supone un prodigio de destreza técnica y de creación conceptual y simbólica, a partir de uno de los textos sagrados más problemáticos desde el punto de vista teológico de la Biblia: el Apocalipsis.
Pero por qué precisamente un libro de cuyo origen y significado no existe un consenso entre los investigadores. «Enseguida lo entenderás». Y, amenazados por el calor de un agosto asfixiante, detenemos el coche a la izquierda de la carretera que conduce desde la localidad de Albox hasta el altozano del monte Roel, situado a más de 1.000 metros de altitud, en cuya explanada, como un grandioso altar de aspiración ascética, desde el que se domina el lacerante paisaje del valle de la rambla del Saliente, se construyó en el siglo XVIII un santuario como lugar de culto a una enigmática virgen conocida en la provincia como La Pequeñica, una talla en madera de tilo, de la que se desconoce su procedencia, su año de elaboración y su autoría.
Junto a la carretera, anticipando lo que el visitante podrá contemplar a partir del próximo 6 de septiembre, cuando se inauguren y consagren oficialmente las pinturas del santuario realizadas por Andrés Ibáñez, (con la más que probable presencia del presidente andaluz, Juanma Moreno Bonilla), hay un panel que reproduce uno de los quince grabados en madera que Alberto Durero compuso en Nürenberg a finales del siglo XV sobre el Apocalipsis. Aquel que, inspirado en el capítulo XII del texto, representa a un dragón de siete cabezas y 10 cuernos acechando a «una mujer vestida de sol, y con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Está embarazada y grita por el dolor del parto y el tormento de parir».
En un artículo que nos ha dado a leer, defiende Andrés Ibáñez que la talla podría ser obra de una de las principales iluminadoras del Barroco español, Luisa Roldán, conocida como La Roldana, que llegaría a ser escultora de cámara de los reyes Carlos II y Felipe V. Es muy probable, explica, que la artista andaluza conociera la muy popular obra de Durero y se inspirase en él para la elaboración de la talla.
«La solución formal está calcada literalmente del grabado de Durero», escribe. «Todo coincide: la postura general de la señora, la postura de las manos, la cara redondeada, la caída y rizos del cabello, el vestido y su plegado que marca el vientre y su caída hasta los pies, que apoyan en la luna. Hasta el cordel que ciñe su cintura tiene la misma lazada, con una punta más larga». Y a partir de esta imagen girará el ciclo pictórico diseñado por García Ibáñez, que supone un hito en la Historia del arte cristiano, ya que «es la única iglesia en toda la cristiandad», nos asegura García Ibáñez, «cuyas pinturas están dedicadas al ciclo entero del Apocalipsis«.
Quizá fuera eso lo que deslumbró también al obispo Claudio Sanz y Torres, que llegó destinado a la diócesis de Almería en 1761. Además de la necesidad de ampliar un pequeño templo para atraer cada vez a más personas que vivían diseminadas en los entornos rurales de la sierra de las Estancias, Sanz y Torres invirtió grandes cantidades de dinero (incluso parte de su patrimonio personal y familiar), para construir un portentoso santuario en el que, junto a un palacio episcopal, se edificaron estancias para ermitaños y estudiosos y un patio con forma de claustro con dieciocho arcos. «Su particular Escorial», como dice Andrés.
La idea de Sanz y Torres era transformar aquel paraje casi desértico en un centro de retiro, de estudio e interpretación del Apocalipsis, algo así como una escuela teológica o seminario para misioneros (la idea del fin de los tiempos era muy recurrente en la evangelización), además de convertirlo en uno de los espacios de peregrinación mariana más importantes de la provincia, en un momento en el que la figura de la Virgen se convirtió en un elemento de confrontación con el protestantismo.
Su muerte en 1779, a los 75 años, interrumpió el proyecto durante 250 años y dejó sin empezar el programa decorativo, que seguramente existió, pero que no nos ha llegado.
Y quien decidió retomar el impulso de Sanz y Torres no fue otro que Andrés García Ibáñez, pintor y escultor realista de largo recorrido y fundador de la La Ciudad del Arte en su pueblo natal (compuesta, entre otros, por el museo que custodia su propia obra, un centro que alberga el legado del fotógrafo Carlos Pérez Siquier y una completísima Colección de Arte Almeriense). Es, además, presidente de la Fundación de Arte Ibáñez-Cosentino, impulsora hace dos años y medio del Museo del Realismo Español Contemporáneo (Murec), el primero en España dedicado exclusivamente al arte realista nacional. Una idea surgida de la amistad que durante años lo mantiene ligado a Antonio López, con el que cada verano imparte un curso de pintura en Olula del Río (este año celebran la X edición) y con quien ha realizado varias obras, entre ellas la primera escultura en bronce a tamaño real de los Reyes don Felipe y doña Letizia y un Goya de bronce que preside la casa natal del pintor aragonés en Fuendetodos.
«Curiosamente», nos comenta, «Antonio y yo hemos estado haciendo una obra religiosa al mismo tiempo, él las puertas de la Catedral de Burgos y yo las pinturas del Saliente. Y los dos, de forma honesta y responsable, lo que no es frecuente, pues la pintura religiosa hoy o no existe o es ajena por completo al mundo del arte contemporáneo, y lo poco que se hace es convencional y estereotipado. Ambos hemos intentado, al menos, aportar algo en ese campo, lo que hoy resulta muy difícil». En su caso ha logrado realizar una Capilla Sixtina del siglo XXI.
En cuanto recibió el encargo por parte del Obispado de Almería en 2019, que se formalizó en noviembre de 2022, se puso manos a la obra. Lo primero fue realizar un retrato a tamaño natural de Sanz y Torres (que se puede ver en el atrio de entrada) y preparar la escultura en bronce que ya preside la explanada del Santuario, elevada sobre un portentoso pedestal de mármol blanco de Macael donado por Cosentino, que también se ha hecho cargo del coste del enlosado en damero de mármol blanco y negro del interior del templo.
Si a Sanz y Torres no le dio tiempo a comenzar el ciclo pictórico de la ermita, comenta Andrés, sí pudo ver la colocación de las puertas de madera labrada, plagadas de símbolos marianos y apocalípticos, y la preparación de las paredes del templo para la realización de frescos. Eso es lo que se encontró Andrés García Ibáñez cuando decidió enclaustrarse en el Santuario durante casi dos años.
Tenía como referencias ineludibles a Durero, por supuesto, y el Comentario al Apocalipsis de San Juan, del Beato de Liébana, el primero que ya en el siglo VIII se atrevió a crear una sismología apocalíptica, en un momento de ataque a la cristiandad y de convulsión religiosa similar al que reflejan las visiones que tuvo San Juan en Patmos, donde estaba prisionero, a finales del primer siglo de nuestra era y que dejó escritas en el Apocalipsis.
A ambos, los homenajea con sendas pinturas colocadas a cada lado de las puertas de entrada. Pero estudió también a Memling y su propia interpretación del Juicio Final («los cuatro jinetes del Apocalipsis están inspirados en su pintura», explica) y por supuesto a Goya, una de las referencias intelectuales de Andrés G. Ibáñez, que ha copiado sus alas de mariposa para algunos ángeles, en homenaje a los que el pintor aragonés hizo en la ermita de San Antonio de la Florida.
Al Greco le debe, comenta, «una luz de verdad y sencillez y unos colores vivos como los de sus pinturas toledanas» o los que utiliza Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. No hay ni barroquismo ni expresionismo, sólo la desnudez de la forma, el color y la figura. Unas figuras que destacan por su monumentalidad, corporeidad y por mantener todo lo que de humano tienen gracias al exactísimo nivel de detalle, especialmente en los desnudos del Juicio Final, en los que cada una de las figuras, a pesar de permanecer en un grupo, tanto de los condenados como de los salvados, mantienen su individualidad, en los rasgos corporales y en los gestos.
Los paisajes son también reconocibles, son los de su infancia, la sierra de los Filabres, las canteras de mármol de Macael, los pozos de cal de Tabernas o los espacios de Cabo de Gata: el Playazo de Rodalquilar, San Ramón o la Isleta del Moro.
El resultado final es el de un conjunto pictórico construido con orden, coherencia y claridad, que permite que el complejo y enigmático relato teológico quede perfectamente nítido. Y también una reivindicación de un realismo innovador que hoy supone una reivindicación inconformista como el que en su día tuvieron las vanguardias. «El Apocalipsis ibañiano», comenta el Obispo de Almería, don Antonio Gómez Cantero, «ilumina de esperanza los desafíos de nuestro tiempo, marcado por las profundas transformaciones sociales y culturales. Es un atrevimiento iconográfico y artístico, envuelto en la dulzura de María, que cuestionará al peregrino de hoy y de mañana«.
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