Me recuerda Bárbara Arena uno de los momentos definitorios de Carmina Ordóñez, diva de divas. En uno de esos platós de televisión a los que la Ordóñez iba a llevárselo crudo, Karmele Marchante se enzarza con ella: “Es que yo, Carmen, nunca te vi trabajando”, le suelta. Y Carmina, abofeteándose el pelo: “Ni me verás”. Me recuerda de forma instantánea a otro fulgurante instante, este más famoso protagonizado por Lola Flores. Un periodista le preguntó si sabía inglés y La Faraona, estupefacta, contestó: “No, ni Dios lo permita”. En fin, hay asuntos que aparentemente pueden estar muy bien, como trabajar y saber idiomas, pero si uno se conoce lo suficiente sabe de qué puede prescindir. A cuento de qué va currar Carmina Ordóñez Dominguín con esos apellidos (“a mí plim, soy Ordóñez Dominguín”) y por qué va a tener que hablar Lola Flores inglés si la entendía medio planeta con un berrido.
Esa templanza, esa sangre fría, esa paciencia desquiciante, ese cálculo tortuoso de la situación no es una cosa específicamente española, no estamos jugando de acuerdo a nuestro carácter
Me recuerda Bárbara Arena uno de los momentos definitorios de Carmina Ordóñez, diva de divas. En uno de esos platós de televisión a los que la Ordóñez iba a llevárselo crudo, Karmele Marchante se enzarza con ella: “Es que yo, Carmen, nunca te vi trabajando”, le suelta. Y Carmina, abofeteándose el pelo: “Ni me verás”. Me recuerda de forma instantánea a otro fulgurante instante, este más famoso protagonizado por Lola Flores. Un periodista le preguntó si sabía inglés y La Faraona, estupefacta, contestó: “No, ni Dios lo permita”. En fin, hay asuntos que aparentemente pueden estar muy bien, como trabajar y saber idiomas, pero si uno se conoce lo suficiente sabe de qué puede prescindir. A cuento de qué va currar Carmina Ordóñez Dominguín con esos apellidos (“a mí plim, soy Ordóñez Dominguín”) y por qué va a tener que hablar Lola Flores inglés si la entendía medio planeta con un berrido.
En ellas pensaba yo (pienso a menudo, en realidad, sobre todo cuando el país se estremece por motivos patrióticos; en ellas dos y en Paquirri) cuando veía el España-Bélgica. Las cosas que la selección se permite no hacer dueña de una impresionante confianza en sí misma. No hubo, en todo el partido, un momento en que los jugadores estuviesen más ansiosos o nerviosos que los aficionados; no hubo, ni en los últimos minutos, una llamativa exhibición física de presión, de estajanovismo febril, de chicos a caballo de la desesperación o de las ganas vaciándose enteros.
No, España va de otra cosa y la sensación es desconcertante: esa templanza, esa sangre fría, esa paciencia desquiciante, ese cálculo tortuoso de la situación no es una cosa específicamente española, no estamos jugando de acuerdo a nuestro carácter. Con la tecnología Xavi, que responde a las esencias, que obedece a los dioses sumarísimos de la pureza, incluso podrían quitarnos la victoria alegando traición a nuestro ADN. ¿Pero qué es el ADN? ¿La furia o el tiki-taka? ¿Carmina, cuyo talento para no dar un palo al agua le dio una gran vida, o Lola, que tenía talento hasta buscando un pendiente? ¿Qué es España?
Esta España, la España Delafuente, es nueva. No se parece a la España de 2010, no digamos a la de 1994. Hay asuntos hermosos que podría atender –un preciosismo, un malabarismo, un lujito– y no lo hace; hay cuestiones más de supervivencia en las que podría caer –una carrera a ninguna parte, un alocado bloque alto de presión, una presión divina y hasta populista– y no cae. Tampoco ha ido, en todo el Mundial, por detrás en el marcador.
Es una selección que podría hacer muchas cosas, como trabajar y hablar inglés, y ha decidido ser ella misma, como una diva. Antes que perder la paciencia, se la hace perder al contrario (ese Nuno Mendes exigido por Lamine al punto de romperse los músculos en la repetición de los esprints; ese Courtois que saca en largo una y otra vez, saltando la valla española, hasta quedarse tieso). Le dice al adversario tantas veces al oído que le va a ganar, que cuando se acerca el minuto 90 el adversario ya solo está pensando por dónde le va a venir la hostia. Si se te lesiona el mejor portero del mundo y sale su suplente, Bélgica, ¿qué crees que va a hacer un mocoso de 19 años, defensa central, cuando pasa la línea de centro del campo? Disparar (qué Mundial llevas, Cubarsí). Meterle un viaje al balón en ese césped seco y caliente para que le bote antes el balón al portero; echar a correr a los galgos a coger el rechace, meterte en semifinales como un rey.
Poco ADN en el fútbol, reinventándose, pero mucho en esta suerte nueva española, la que merecíamos después tantas adolescencias traumadas. Ya lo cantó Lola:
Cuando a mi me bautizaron sucedió
lo que nunca volverá ya a suceder.
Que la agüita estaba escasa por entonces
y la pila la llenaron con vinillo de Jerez.
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