La muerte del profesor de Cambridge Jason Arday resucita la guerra cultural en la universidad británica

La triste historia de Jason Arday, el exprofesor de Sociología de la Educación de la Universidad de Cambridge hallado muerto el pasado viernes en su apartamento londinense de Battersea, es una fábula que destapa varias capas de conflicto moral, ético y político.

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 La derecha reaccionaria denunció sus supuestos plagios y falsedades para atacar las políticas de diversidad en el ámbito académico  

La triste historia de Jason Arday, el exprofesor de Sociología de la Educación de la Universidad de Cambridge hallado muerto el pasado viernes en su apartamento londinense de Battersea, es una fábula que destapa varias capas de conflicto moral, ético y político.

Es la prueba de la desesperación de las instituciones académicas británicas por incorporar a su profesorado celebridades que las hagan más atractivas, rebajando su nivel de exigencia. Es también una muestra del irracional afán de revancha de una derecha reaccionaria contra lo que considera años de injusto wokismo (la promoción de la igualdad y avance de las minorías en el ámbito laboral o académico). Es un despliegue de racismo mal disimulado por parte de esa derecha. Y es, sobre todo, la confirmación de que una determinada prensa del Reino Unido sigue viviendo de la carroña y es maestra en el cinismo.

Fue el legendario Kelvin MacKenzie, director del tabloide The Sun, quien se inventó la consigna Reverse Ferret (Marcha Atrás al Hurón), cuando era necesario dar un giro drástico a la línea editorial del periódico. Los mineros de Yorkshire competían entre ellos metiéndose en los pantalones un hurón, un mamífero pequeño, flexible y ágil como una descarga eléctrica cuando entra en agujeros o madrigueras, para comprobar quién resistía más sus sacudidas. MacKenzie aseguraba que la tarea de todo periodista es meter un hurón en la entrepierna de cada personaje público. Hasta que la presión social da un giro y se vuelve en contra del medio. Entonces toca sacar al bicho.

Este domingo, el tabloide Daily Mail destacaba los más de 150.000 euros recaudados ya por la familia del profesor para combatir el racismo, y la bandera a media asta que ondea en el Jesus College, donde Arday daba clases. El diario, que se mofó de él estos días con crueldad, presentaba ahora al profesor, con un tono condescendiente, como la víctima de un sistema que lo colocó en una posición por encima de sus capacidades, “hasta que el mundo se le vino encima”.

En las semanas previas, el Mail había ridiculizado hasta el absurdo los supuestos plagios académicos, y exageraciones o falsedades biográficas de Arday, en un tono que muchos críticos, como Simon Woolley, director del Homerton College de Cambridge, han denunciado como una “caza de brujas racista”.

Una historia exagerada

Arday fue un niño diagnosticado con autismo que —según él mismo contó— no empezó a hablar hasta los once años, y aprendió a leer y escribir a los dieciocho. A los 37 años, fue nombrado el profesor titular de raza negra más joven en la historia de la Universidad de Cambridge. La revista estadounidense The Atlantic llegó a definirle como “el sociólogo más famoso del mundo”.

Su vida era un modelo de esfuerzo y superación, un póster de la escalera social del mérito. Nacido en 1985, en el barrio londinense de Clapham, Jason Atta Kwei Arday era hijo de un chef y una cuidadora de pacientes de salud mental procedentes de Ghana.

Aunque empezó sus estudios universitarios con ambiciones modestas, preparándose en Educación Física (el deporte se le dio bien desde pequeño) en la Universidad de St. Mary, en Twickenham, el mundo académico estimuló su curiosidad y sus habilidades de escritura. Un máster en Educación y Pedagogía le permitió ingresar en el claustro de la Universidad de John Moores, en Liverpool, donde logró finalmente su doctorado.

Su progreso académico ascendente era paralelo a su popularidad como deportista especializado en recaudar fondos benéficos, a base de maratones sobrehumanos y objetivos casi imposibles. El tenista Andy Murray llegó a declarar su admiración por Arday, que en 2012 fue uno de los portadores de la antorcha olímpica de los Juegos de Londres.

Con escritos centrados en la raza y la neurodiversidad racial en el mundo universitario, el joven profesor ascendía escalones en distintas instituciones (puestos en las universidades de Roehampton, Durham o Glasgow), y el pináculo de su carrera fue el salto a Cambridge, contratado por el Jesus College.

Llegó a recibir más de 200.000 correos de felicitación procedentes de todo el mundo, pero también miles de cartas cuajadas de odio que ponían en cuestión sus méritos y señalaban el color de su piel como la razón de tan vertiginoso ascenso.

Ya debía intuir la tormenta que le esperaba más adelante, cuando en abril de este año, durante una conferencia en la celebración del 75º aniversario de la Asociación de Sociólogos Británicos, Arday denunció las maniobras de una “derecha activista” que usaba espuriamente los mecanismos diseñados para proteger la integridad académica en una campaña contra los profesores de raza negra.

Plagios y falsedades

Las primeras acusaciones se centraron en su tesis doctoral. El diario conservador The Daily Telegraph señaló hasta cien pasajes del texto muy similares a la publicación que había realizado seis años antes Paula Zowzdiak-Myers, una estudiante de la Universidad de Brunel, en Londres. Aunque la John Moores de Liverpool, donde Arday obtuvo el doctorado, rechazó las acusaciones de plagio y atribuyó esos pasajes a “errores honestos y razonables”, la cacería contra el profesor comenzó a fraguarse en la derecha mediática y académica.

Tenían ganchos a los que aferrarse. Arday había presumido de puestos universitarios honorarios falsos o exagerados, que los medios británicos fueron incapaces de confirmar, o de libros que nunca fueron realmente publicados.

Su vida y su pasado fueron escrutados con microscopio. Las hazañas deportivas de las que presumía, como los 30 maratones en 30 días, o las 600 millas (965 kilómetros) en seis días, todo cuestionado por médicos y expertos en la materia. O sus historias de los abusos racistas sufridos en el ámbito académico (que realmente sufrió), exagerados con la denuncia de ataques con cuchillo y hasta el envío a su casa de una cabeza de cerdo que la policía nunca confirmó.

Todos aquellos que han hecho estos años bandera de la lucha contra el wokismo se frotaban las manos. El profesor estadounidense Nathan Cofnas, promotor de infames teorías de racismo científico que llegó a afirmar que la Universidad de Harvard no tendría ni un solo profesor negro si fuera solo por mérito académico, fue expulsado del Emmanuel College de Cambridge por sus desvaríos, y la semana pasada celebraba como una “venganza cristiana” la caída de Arday, y se proclamaba responsable de sacar a la luz las falsedades del profesor.

Según los datos publicados el año pasado por la Agencia de Estadísticas de Educación Superior, solo 75 de las 6.180 personas que componen el claustro de Cambridge se definen como de raza negra. Profesores titulares, como Arday, solo había cinco, incluido él mismo. La realidad niega los prejuicios.

La Universidad de Cambridge, señalada por esa derecha como uno de los ejemplos de instituciones liberales decadentes, víctimas de la diversidad e integración, comenzó defendiendo a Arday. Pronto, sin embargo, viró de rumbo y abrió una investigación.

El profesor dimitió el 5 de agosto. Diez días después, la policía halló su cadáver en su domicilio. Estaba casado y tenía dos hijos. Hasta el final de sus días rechazó las acusaciones de plagio. “Jason Arday fue la víctima de una perniciosa campaña de deshonra que otros en su posición no habrían sufrido. Su muerte es una tragedia, y debe ser una llamada de atención para todos”, ha dicho el alcalde laborista y musulmán de Londres, Sadiq Khan, uno de los muchos que ha denunciado el inmenso racismo, amparado por las exageraciones y medias verdades de Arday (como tantos otros), que ha revelado este caso.

El primer ministro de Reino Unido, Andy Burnham, lamentó el sábado la muerte de Arday, que todavía está siendo investigada como un posible suicidio, y realizó un llamamiento a la calma. “No es momento para juicios precipitados. Es un momento para la reflexión, diría yo, para reflexionar sobre cómo se llegó a esta situación”, dijo.

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